domingo, 21 de junio de 2015

Reseña: "El color prohibido" de Yukio Mishima.

No me gusta ser de los que se empeñan en dividir al universo en binomios morales, como bueno/malo u caliente/frío,  pero siempre he sospechado que la literatura debe abordarse desde dos ángulos: la de los libros ligeros que sólo buscan entretenernos, o los libros pesados –tanto física como espiritualmente- que nos exigen tiempo, disciplina y entereza de espíritu para acabarlos. Hay también, como en cada binomio respetable, una tercera categoría que mezcla las dos anteriores: los libros hermafroditas (o intersexuales, para los políticamente correctos) que nos suben y bajan en la escala de las emociones como si estuviésemos sentados en el tren de una montaña rusa; pero, cuando el tren frena, cuando doblamos la última página, nos percatamos de que ahora nos embarga una nausea existencial, un vértigo que nace desde el espíritu, muy diferente al vértigo corporal que nos provocan las verdaderas montañas rusas. Los libros de esta categoría son mis favoritos, y El color prohibido de Yukio Mishima es uno de ellos.   
         No es un libro perfecto. Su autor, Mishima, tampoco es un artista perfecto; es más parecido a un sociópata a quien se le ocurrió la irreverente idea de tomar una pluma y ponerse a escribir. Suerte para él que sus libros resultaron ser de una belleza inequívoca. El primero de ellos, Confesiones de una máscara¸ se lee mejor si primero uno se entera de que el autor sólo tenía 18 años cuando la escribió. Es un retrato casi costumbrista de un joven japonés que descubre su atracción por los hombres en un país donde la homosexualidad está peor vista que los asesinatos. “Es una autobiografía”, dijo Mishima. Nadie se alarmó; quizás creyeron que sólo se trataba de una irreverencia suya. El libro fue un best-seller.



Si me lo daba.

         Mishima tenía veinticinco años cuando escribió El color prohibido, durante la época más fructífera de su carrera.  El color prohibido no fue un best-seller.  Al menos no en Japón. Me da la impresión de que allá les da vergüenza que uno de sus mejores autores del siglo XX –a lado de Kawabata y Oé… a Murakami ni me lo mencionen- sea homosexual. Prefieren ver de reojo esa parte de su obra y quedarse con lo más solemne y auténticamente tradicional. Ese estigma persiste en nuestros días; lo curioso es que, en occidente, las obras más famosas de Mishima sean las de temática homosexual.
         No estamos hablando de un autor para las masas. ¿Se imaginan a Julio Cortázar mostrando sus pectorales en una sesión de fotos? ¿O a William Faulkner posando como el San Sebastián, atado a un árbol y con flechas en el torso? Sólo Mishima podía hacer tales cosas sin que su prestigio literario se comprometiera. Se convirtió en un fisiculturista obsesionado por la belleza del cuerpo, aprendió a pilotar aviones de caza y contrató a varios hombres y los entrenó para convertirlos en su ejército privado. Un hombre que decidió quitarse la vida a través del seppuku (perforar las tripas con una espada) después de haber secuestrado al comandante de un cuartel militar. No extraña, así las cosas, que cuando su madre se enteró de su suicidio, dijo: “No me entristece. Fue el momento más feliz de su vida”.




Sí me dejaba dar


         La premisa de El color prohibido es tan rica en posibilidades que la historia se cuenta sola: Shunsuké, un viejo escritor resentido con las mujeres, se hace amigo de un joven homosexual llamado Yuichi, quien es quizás el chico más guapo de todo el Japón y está comprometido con una mujer a la que no ama. El escritor elabora un plan para zanjar la situación de ambos: le dará dinero suficiente a Yuichi para que pueda vivir a sus anchas una doble vida homosexual, a cambio de que lastime sentimentalmente a las mujeres que en su momento hicieron sufrir al escritor.
       Alguna vez le preguntaron a Mishima cuál era su escritor favorito contemporáneo, a lo cual él respondió que Thomas Mann. Es obvio que Mishima leyó Muerte en Venecia, y seguro, tras terminarla, se preguntó: ¿qué hubiera pasado si Aschenbach se hubiera hecho amigo de Tadzio? Mientras que la novela de Mann es contemplativa, la de Mishima es un thriller espiritual: hay muchos giros inesperados, cliffhangers al final de cada capítulo y varias escenas dignas de película de suspenso, a lado de discursos y deliberaciones sobre la naturaleza del deseo y de la belleza que Mishima coloca en bocas de los personajes. Lo curioso es que aquellas divagaciones son tan absorbentes y placenteras de leer como las escenas de suspenso.
         El “color prohibido” es el eufemismo con el que los japoneses se referían al erotismo gay; es casi como si titulara “Homosexualidad” a la novela. Con semejante título, ¿Mishima hace un retrato fidedigno de la sociedad gay japonesa? Se parece tanto al actual movimiento del ambiente gay en México que me da escalofríos. El lugar protagónico de la obra es el club Rudon, un bar por y para homosexuales tan bien descrito y tan actual que bien podría caber en Zona Rosa. Aquí aparecen los lugares comunes de la mitología gay: el jovencito cobijado por su maduro mecenas, el cruising, los sitios clandestinos para encuentros sexuales, el casado con una doble vida, el poderoso empresario que cede ante los encantos de un joven Adonis, el miedo a la vejez, ¡en fin!, todas las “reglas del juego homosexual” que hasta el día de hoy muchos siguen creyendo que aún son vigentes y deben respetarse. Pero no sólo ahí radica la universalidad de la novela; también está retratado el Japón de la posguerra, la sociedad oriental que poco a poco ve transformada su fisonomía para convertirse cada vez más en occidental. Como representantes de la sociedad japonesa están los demás personajes: Yasuko, la prometida y posterior esposa de Yuichi, que está ilusionada por empezar el recorrido de la típica vida cotidiana de la madre japonesa; el matrimonio Kaburagi, un par de aristócratas de buenos modales; Kyoko, una mujer madura enamoradiza; Kawada, el hombre de negocios que renunció a sus aspiraciones literarias; todos estos personajes sucumben de alguna forma ante la intriga y la desgracia que la vida secreta de Yuichi desencadena, y, sin embargo, todos y cada uno de ellos también llevan una doble vida y se aferran a ella de la misma forma que Yuichi lo hace.
         Yuichi no es un Dorian Gray, como veo que muchos otros lectores de la novela afirman. Yuichi jamás llega a los grados de perversión de Dorian; además, los personajes de Wilde siguen moviéndose en el  rango moral de lo bueno/malo, mientras que los personajes de El color prohibido son más… coloridos –ba dum tss-, en el sentido de que no sólo toman en cuenta a la moral para su toma de decisiones. Son personajes que sufren sin duda la crisis del siglo XX: el tedio de la vida cotidiana y el triunfo de la pasión por encima del intelecto. Tienen una especie de “síndrome Madame Bovary” que les impide acercarse a su auténtica realidad.
         Tenemos, por ejemplo, al enfrentamiento de dos personajes opuestos: Shunsuké y Yuichi. Uno es un hombre que sólo puede aspirar a la belleza a través del pensamiento, y el otro es un hombre que sólo puede aspirar a la belleza a través de su cuerpo. Podrían haber sido enemigos en una realidad paralela, pero decidieron unirse contra un enemigo común: las mujeres. Como podemos ver, estos personajes tienen su propia moral; estaríamos leyendo mal la novela –y en general, a toda la literatura- si creemos que Mishima nos está aleccionando. Ambos hombres son deleznables, pero seguimos leyendo acerca de ellos porque queremos saber qué es lo que ocurre a las personas que sostienen aquel tipo de moral. Ninguno de los dos está en contacto con su propia realidad; Shunsuké es un idealista, la realidad le parece analizable como una obra de arte, y su manera de manipular a Yuichi es su manera de enfrentarla. La “tragedia de enredos” –por decirlo de una forma- que realiza a través de Yuichi es resultado de creer que puede moldear a la realidad como el argumento de una novela. Shunsuké de alguna manera ya está “muerto”; sólo vive a través de Yuichi. Éste último, que se supone debe ser el personaje más vivo de la novela por sus constantes aventuras amorosas, en realidad es incapaz de sentir y, por ende, está tan muerto como su “creador”.   
         El color prohibido es el bildungsroman de un homme fatale. Asistimos al nacimiento, el auge y la decadencia de un complejo Narciso. Yuichi es la representación de la belleza misma. Shunsuké, como el artista que es, trata de controlar y aprisionar esta belleza, pero pronto comprenderá que es una tarea destinada al fracaso. Los demás personajes no son artistas, entonces sólo reaccionan ante la belleza de la única manera que conocen: deseándola. Trataré más a fondo esto en mi “Terreno minado de spoilers”.  
         La prosa de Mishima derrocha poesía por todos sus costados. Hay una frase que me golpeó de una manera inexplicable, la cual dice:
 “[…] el recogimiento religioso que comporta la espera de un milagro puede saborearse de una manera más pura y directa entre el humo de tabaco de un club de homosexuales que en una iglesia”. No estoy seguro de qué significa –quizás sí sea palabrería retórica, como otros critican-, pero creo que Mishima sólo quiere determinar la seriedad del tema que trata: en un club de homosexuales puede encontrarse tanta vida como dentro de una iglesia. Reconozco que la novela pudo haber sido más corta y que Mishima se pasa de divagador en algunos pasajes, pero eso, al menos en mi caso particular, no me molestó en lo absoluto. Las divagaciones de Mishima son siempre deliciosas de leer.
         Quizás si hubiese leído esta novela durante mi adolescencia se hubiese convertido en mi libro de cabecera. Qué bueno que no fue así. Es un libro peligroso en las manos equivocadas. Me he topado con gente que de verdad cree que este libro es misógino, misántropo, promueve el vicio y la hipocresía. No creo que sea así. Estoy casi seguro que Mishima se basó en su propia experiencia para elaborar este libro, pero estoy convencido de que no quería hacernos creer que su moral –o más bien, su amoralidad- era la norma correcta de vivir. Más bien creo que quería pintarnos la estampa cotidiana del ambiente gay, del Tokyo de posguerra, y, sobre todo, de todos aquellos que viven una vida secreta. Algo que Mishima seguro conocía muy bien. Es más; estoy convencido que el hecho de que el libro sea ajeno a toda moralidad lo hace más enriquecedor.



La edición donde la leí. El libro mismo tiene un significado muy especial para mí, :)




TERRENO MINADO DE SPOILERS

¡Cuidado! Estás a punto de leer detalles reveladores del argumento y del final de El color prohibido de Yukio Mishima. Si no has leído la novela, te recomiendo encarecidamente que omitas esta parte. Si ya la leíste, bienvenido, agarra una silla J
          Como dije en la reseña, Yuichi no es el único que lleva una doble vida. En realidad, todos los personajes –excepto la mamá de Yuichi-, la tienen. El matrimonio Kaburagi es el ejemplo más claro. En el desarrollo de la novela, Yuichi se convierte en el amante de Nobutaka, mientras que la señora Kaburagi vive enamorada de él. Cuando descubren la vida secreta del otro, ocurre un comprensible desmoronamiento; pero, después, pareciera que ambos han encontrado su paz interior y han logrado sobrellevar su matrimonio bajo sus propios términos. La destrucción de la vida secreta provocó que se acercaran más, que incluso apareciera un equilibrio entre ambos. Su matrimonio se convirtió en una fachada; la señora Kaburagi logra salir del aprieto de manera incluso más airosa que el mismo Yuicho. Alcanza una independencia financiera y sentimental que la revitaliza. 
         El personaje al que parece que le va peor es a Yasuko. ¡Qué personaje más trágico! Su vida interior es tan compleja como la de los otros. Cuando se “entera” –aunque ella ya sabía desde el principio- sobre la doble vida de Yuichi, casi podría uno pensar que no le afecta en lo absoluto. Yasuko es una mujer que ha aprendido a vivir sin una pizca de sentimiento, lo cual es paradójico porque es exactamente lo contrario que quiere su esposo. Uno podría pensar que es la típica mujer abnegada que se consuela con el amor de su recién nacida hija.  Sin embargo, Yasuko no es una mujer desdichada; en realidad parece estar feliz porque ella sí abraza a la realidad con todos sus colores.
         ¿Yuichi salió vencedor después de todo? Parece que sí. Recibió la fortuna de los bienes de Shunsuké y se quedó con el millón de yenes que Kawada le dio sin chistar. Siente –o cree sentir- un verdadero amor hacia Yasuko e incluso empieza a sentir verdadero amor por las mujeres, pero está implícitamente dicho que no abandonará su estilo de vida homosexual. Su acto redentor es cuando devuelve el dinero que Minoru le había robado a su tío. En ese momento su belleza es más que puramente carnal; es una belleza espiritual. Es irónico que hasta el tío de Minoru se enamore en ese instante de él, como si, en realidad, Yuichi fuese más bien una especie de Medusa que enamora a todo quien lo vea.
         Justo cuando Yuichi creía que sus dos vidas habían colisionado, la señora Kaburagi viene para salvarlo. El incidente sólo afecta a la familia durante unos días, pero después es olvidado a propósito porque siempre es más cómodo que las vidas interiores de uno permanezcan en su lugar: ocultas, lejos de las miradas de otros.
         Mishima aparece desdoblado en la novela; por un lado él es Shunsuké, el escritor que desprecia al romanticismo pero que no puede evitar caer en él; y por el otro él es Yuichi, o por lo menos deseaba ser Yuichi, la efigie de la belleza. El juego final de ajedrez es el enfrentamiento metafórico del intelecto contra la belleza, del artista contra su propia obra. Es evidente que Shunsuké debía perder; como todo mundo sabe, los artistas mueren pero sus obras de arte son inmortales. Su posterior suicidio, ¿es acaso una premonición del propio suicidio posterior de Mishima? Es un suicidio menos teatral, eso sí. Shunsuké acaba con su vida por varias razones: para completar definitivamente una muerte que ya estaba empezada desde hace tiempo; para, al fin, unir al espíritu con el cuerpo como él tanto dice; y, sobre todo –a mi parecer, claro-, porque su obra estaba terminada. Su última obra era un ensayo biográfico donde examina su literatura, pero el público no conocerá a su obra maestra: Yuichi. No por nada Mishima cita aquella famosa frase de Wilde: “[…] Es en mi vida donde puse mi genio”. O algo así. ¿Serán acaso las mismas razones por las cuales Mishima se quitó la vida? Son inútiles las comparaciones. Mishima quiso que al final la Belleza resultase triunfadora por encima de todo, quizás como él mismo lo deseó en su vida. 


sábado, 30 de mayo de 2015

El amor en los tiempos del "visto".

Hace poco... qué digo, hace casi dos meses, me dejaron de tarea hacer un artículo sobre la procrastinación. La verdad es que pareciera que ese tema me quedaría como anillo al dedo, y los lectores de mi blog -¿tendrá lectores mi blog?- lo deben saber más que nadie. Pero dije "ni madres, voy a hacerlo de algo que sé mejor”, y entonces decidí hacer un artículo sobre lo que más me movía en ese momento: la infidelidad. 
            Les iba copiar y pegar el artículo en cuestión, pero en realidad no creo que sea tan bueno. Mejor les hago un artículo sobre el artículo porque así de mamón soy puedo. Se supone que tenía que hacerlo con un español culto y, aparte, sobre un rasgo de los mexicanos que defina a todos en general. La verdad es que esto fue bastante difícil de hacer porque no creo que tengamos un rasgo que nos defina a TODOS los mexicanos. Fue tan difícil que estoy seguro que no lo logré. Esto digo en el primer párrafo: 

“El corazón tiene razones que la razón no conoce”. De entre todas las frases que recorren Facebook como si esta red social paso a paso se convirtiese en una versión en línea del libro de superación personal más barato,  no existe, a mi criterio, frase más malinterpretada que ésta. Quienes la malinterpretan les parece la justificación más acertada para cometer estupideces en nombre del “amor”. Investigué el origen de la frase en algunos libros de proverbios y citas y descubrí que el autor es nada menos que Blaise Pascal, un filósofo respetado aquí y en China. Pascal pretende dejar en claro que el racionalismo no puede responder a todas las preguntas de la vida; nosotros, los mexicanos, nos comemos esta y otras frases con la misma actitud conformista y manipuladora  con las que tratamos de responder nuestras preguntas existenciales, y de paso, solemos deformar sus verdaderos significados para que se adecúen a nuestra conveniencia. Por mi parte, una de las preguntas existenciales que más me aqueja es justamente esa: ¿qué es el amor? Pero no, hoy no tengo ganas de hablar del amor; del amor se habla todo el tiempo; porque los mexicanos, enamorados del amor, procrastinan y restan prioridad a los asuntos importantes de la vida con tal de sentirse amados y sentir que aman “apasionadamente”; no, hablaré sobre uno de los pilares sobre cual los mexicanos basan sus relaciones amorosas. 

            Si no leíste el párrafo, no importa, yo tampoco lo leería; lo que básicamente digo es que los mexicanos somos tan conformistas y manipuladores que podemos tomar frases como "el corazón tiene razones que la razón no conoce" y usarlo a nuestra ventaja para defendernos en eso del amor. Estoy parcialmente de acuerdo, pero... ¿Por qué generalizar? Me choca generalizar. La profesora me obligó a hacerlo porque lo puso en sus requisitos, pero... Yo no me siento capaz de valorar las emociones de otros. Podré valorar sus intelectos, ¿pero sus emociones? ¿Qué tiene de malo que los seres humanos -que no los mexicanos, que eso es muy estúpido- vivamos enamorados del amor? Depende también a qué entendamos por amor. Hace poco he hablado con un amigo que se autodenomina “la madre Teresa del sexo”, y de que está convencido de que no es una persona promiscua, sino todo lo contrario: lo suyo es convicción hacia el amor. Podríamos juzgarlo, decirle oye, no mames, cuídate, ¿qué tal si te infectas o algo así? Pero simplemente podríamos tratar de entenderlo. ¿Qué si alguien no está haciendo su tarea porque sufre un desamor? Podemos quizás aconsejarle que oye, recapacita, no llores por un pendejo que no vale la pena. Pero, ¿cómo nos hemos portado nosotros cuando eso nos pasa? Pues de la verga, obviamente. ¿Y qué hacemos? Todos reaccionan distinto. ¿Por qué generalizar?

Yo también soy una Madre Teresa del sexo. A veces me pongo en la esquina para orar. 

            Aquí va la parte del artículo que me gustó:

Hace poco platicaba con un amigo muy querido (y tengo que enfatizar que lo quiero para que no se ofenda) que me comentaba que se sentía muy culpable por algo que acababa de hacer. Yo, quien ya preveía por donde iban a parar los tiros, le pregunté lo que ocurría. Entonces comenzó a narrarme una historia que ocurre en el sitio donde ocurren la mayoría de los dramas adolescentes y juveniles: las fiestas (ay, me cuesta trabajo decirle “fiesta” a algo que tiene un nombre muy específico en el argot mexicano, pero ni modo). Mi amigo, a quien llamaremos Alfredo por razones periodísticas, me contó que su mejor amiga tiene un primo que, desde que lo vio, siempre le ha gustado, pero que sólo puede verlo casi cada tres meses o más. Alfredo tenía sus esperanzas en cuanto al primo pues, cuando le confesó sobre su homosexualidad a su mejor amiga, ésta le dijo que su primo le había dicho que creía ser bisexual; pero sólo seis meses antes de la fiesta, César (a quien llamaremos así sobre todo porque ni recuerdo su nombre) le contó a su prima que creía que todo había sido una confusión y que sí le gustan las chicas. Un poco descorazonado, Alfredo terminó encogiéndose de hombros; total, para cuando sucedió la fiesta, él ya tenía un novio a quien quería mucho, sin duda.
       Como en cualquier fiesta que se respete, -donde las personas que se acaban de conocer terminan besándose entre sí-, César, quien tiene diecisiete años y tiene la mirada, terminó besándose, en el cenit de la borrachera, con la chica más fea del lugar. Como en cualquier borrachera, después del cenit viene el descenso en espiral hacia la decadencia: la hora muerta, entre las seis y siete de la mañana, en la que todos ya están dormidos, excepto un individuo que, como el sujeto asqueroso que es, seguía tomando; en el caso de esta fiesta, el individuo en cuestión se trataba de mi amigo Alfredo. César se despertó y vio a Alfredo quien seguía tomando, y ambos se acercaron para platicar en susurros; algo que ciertamente es visto como algo sensual para el noventa por ciento de la población entera. Alfredo le contó a César que éste se había besado con la chica más fea de la fiesta, a lo que César respondió:
       -¿Y por qué no nos separaste?
       Alfredo no podía reprimir su emoción; si algo no pueden hacer los borrachos es disimular sus emociones. Esto da para un tema en otro artículo, pero de todas maneras me plantearé aquí la pregunta a manera de que no se me olvide: ¿de verdad todas las personas se vuelven impulsivas al estar borrachas, o sólo aprovechamos que el estado de ebriedad es visto socialmente como un estado para perder las inhibiciones y así desahogarnos para que, al día siguiente, nos excusemos diciendo: “discúlpenme, estaba borracho”? Más allá de que no creo en la palabrería sin fundamentos de Freud y su idea del subconsciente,  creo firmemente que las borracheras son como un ritual, una especie de microcarnavales donde todos los deseos que normalmente no expresamos en voz alta ahora se manifiestan, auxiliados por el supuesto desenfreno que provoca el alcohol. Que no me vengan con tonterías: todos recuerdan lo que hicieron en las borracheras, y fingieron no recordarlo porque, si aceptaran lo que hicieron en estado de ebriedad, no sólo serían mal vistos y padecerían una enorme vergüenza, sino también descubrirían que todos los demás están siendo hipócritas y usan la excusa del alcohol para poder actuar de manera libertina sin culpas. Ya desde aquí estoy empezando a vislumbrar el camino de la doble moral, que es el tema que me preocupa; pero, volviendo a Alfredo, si algo tengo que reconocerle, es que por lo menos no bebe alcohol sólo como parte de un rito social, sino por el mero placer de hacerlo –aunque, ya que lo pienso, eso podría tener peores consecuencias-. En cuanto a César, quien seguramente también estaba borracho, quizás se estaba aprovechando de la situación. Transcribo el siguiente diálogo tal y como me lo contó Alfredo, aunque ligeramente modificado para no perder la elegancia del español:
       -Amigo, la verdad es que… me gustas.
       -No seas, Alfredo, ja ja ja.
       -Ja ja. No es broma. Hasta me puse celoso de que te besaras con esa chica.
       -Ja ja. Si hubieras sido tú no me sentiría como me siento ahora.
       -¿Es en serio?
       -Pues sí.
       -Oye… ¿Te gustan los hombres? –puedo casi imaginarme la ansiedad en la voz de Alfredo; nótese también la lentitud intelectual de César. Amo su inocencia, (diecisiete años), amo sus errores…
       -La verdad no –responde César.
       -Ah, perdón. No te lo vayas a tomar mal, pensé que sí.
       -No, amigo.
       -¿Pero nadita?
       -¡Nada, nada!
       -Ja, está bien.
       -Sí, no hay problema.
       Un silencio incómodo se manifiesta. Si los órganos sexuales masculinos manifestaran un sonido cada que tuvieran una erección, no habría habido silencio alguno en aquel momento; pero afortunadamente Dios nos diseñó con el sentido de la discreción… bueno, al menos un poco. 
       -Oye, tengo unas ganas bien intensas de besarte –dijo Alfredo.
       -No mames, Alfredo –perdone usted, querido lector, pero era imposible transcribir esta respuesta en español culto.
       -Lo siento, sólo las tengo. Pero nunca voy a besar a nadie a la fuerza.
       Cuando mi amigo me contó esta anécdota -que no es tan divertida, ya lo sé, pero por lo menos es real-, me decía sentirse culpable, ¡y cómo no! Si no solamente había transgredido una de las leyes de la borrachera -“Deberás fingir que no recuerdas nada aunque lo recuerdes todo”-, sino, principalmente, porque le había sido infiel a su novio.
       -Ya, pero eso no significa que no quieras a tu novio –le dije yo-. Sólo significa que te ganó el deseo.
       -Más bien fue la curiosidad… -dijo Alfredo.
       -La curiosidad es la prima del deseo.
       O también es su nombre comercial, ya que lo pienso. Para consolarlo, -y en el buen sentido-, le conté otra anécdota; es más, ni siquiera es una anécdota, es sólo una pequeña anotación al margen que me perseguía desde que una amiga me lo contó. La situación es ésta: chico es novio de chica, la chica es de pensamiento un tanto liberal pero el chico es del pensamiento de la vieja escuela; o al menos eso aparenta. La chica le dice al chico:
       -Si tú quieres puedes besar a una chica que te guste.
       -¡Ay, no, como crees! –responde el chico.
       Mi amiga se sintió un tanto confundida, porque ella se sentía muy propensa a besar a un chico si es que le gusta. Ella tiene una idea muy definida, y su idea me es tan poderosa que no me ha dejado tranquilo en semanas:
       -La fidelidad absoluta no existe.
       Lo mismo le dije a Alfredo, pero no se lo dije como si yo lo creyera fervientemente, sino como “me lo dijo una amiga, ahí te lo dejo para reflexionar”. Desde ese entonces he entrado en un limbo –y quizás Alfredo también- donde lo único que puedo pensar es justamente en eso: ¿qué es la fidelidad y porqué sigue siendo importante en una relación amorosa? Y, ¿nosotros, los mexicanos, somos diferentes en este aspecto si nos comparamos con cualquier otra nacionalidad? Es curioso que piense esto en un momento en que no estoy comprometido con nadie, pero, si lo estuviera, ¿pensaría de la misma manera que mi amiga?
       Este tema es más relevante del que parece a simple vista. A veces no sé qué papel ocupan las relaciones amorosas en la mentalidad mexicana: ¿le damos importancia de más, o no le damos la suficiente importancia? No existe una “escuela del amor”, por mucho que Beatriz Escalante lo proponga en su horripilante novela del mismo nombre; pero, ¿en verdad necesitamos una educación sentimental? Sí, y urgentemente, pero también debe ser de prioridad bajo qué condiciones ya tomamos esta educación sentimental, y si lo analizamos bien, la situación es grave: nuestra educación sentimental está formada por lo que escuchamos en las baladas románticas, lo que vemos en la televisión y lo que observamos al ver la mecánica romántica de nuestros padres, ya sea si estos están juntos o divorciados. Pero eso no es todo: la contradicción de nuestros sentimientos es vasta, y es bastante paradójico someter a reglas a los sentimientos cuando estos siempre han tenido y tendrán una naturaleza caótica. Es por eso que, al final, terminamos construyendo nuestras relaciones sentimentales en una especie de doble moral que va muy acorde con el pensamiento mexicano: en una sociedad donde lo importante es protestar pero no proponer, donde está bien visto tener muchas posesiones materiales pero no intelectuales, donde se cree que ser extrovertido te abrirá las puertas y ser introvertido te las cerrará, donde tener un carácter fuerte y enojón es visto como una virtud y no como un vicio, ¡en fin!, una sociedad que prefiere preocuparse antes de ocuparse, ¿en qué situación podemos inferir que se encuentra la dinámica de las relaciones amorosas?    
       -Oye, tengo unas ganas bien intensas de besarte.
       -No mames, Alfredo.
       -Lo siento, sólo las tengo. Pero nunca voy a besar a nadie a la fuerza.
       ¡La contradicción en acción! Alfredo se acerca pausada, armoniosa y parsimoniosamente a César. Éste no se aleja. Se besan. Alfredo me juró que el beso no duró más de cuatro segundos. Yo sospecho que fueron más.
       -¿Y le gustó? –le pregunté a Alfredo.
       -No sé. Ya después lo quise besar de nuevo pero no me dejó. Pero, después de media hora, no se despegaba de mí. Andaba detrás de mí a todos lados y hacía bromas acerca del beso, y yo de “ya, tranquilo”.
       -¿Y a ti te gustó?
       -Pues me siento culpable pero no me arrepiento. ¿Se puede eso?
       Ay, claro que se puede. Ahora Alfredo y su novio siguen estando juntos, ¿pero después? A Alfredo no le preocupa mucho eso -¡bravo por él!- y entonces fue mi turno de contarle cierto aspecto de mi vida sentimental donde también queda demostrado no sólo la doble moral en la que vivimos inmersos sin darnos cuenta, -¡ah, pero qué peligroso!-, sino también nuestra ansiedad para quedar bien ante la sociedad:
       -En pocas palabras, he tenido una relación que va de la amistad al noviazgo durante siete años, y sólo hasta ahora me he propuesto no ponerle ninguna etiqueta.
       -¡Qué bien! –respondió Alfredo.
       La verdad es que de principio no está tan bien, pero por lo menos mi intento de no poner una etiqueta social al asunto es, de alguna manera, mi respuesta al “qué dirán” de la sociedad, y también al dilema sobre si la fidelidad o no existe; o, más aun, mi respuesta a la doblemoralina –sí, ya ni siquiera es doble moral, es doblemoralina- que infecta al “amor”: no nos gusta la idea de que nos sean infieles pero caemos ante insinuaciones mínimas, llegamos a poner los celos como indicadores del amor de la otra persona -¡qué enfermizo!-, justificamos la infidelidad porque siempre el “instinto” nos rebasa -¿qué diría Pascal de esto?-, o también la justificamos porque “somos jóvenes”. Y ay, aquí viene la tragedia de esta generación: ¿cuántas veces hemos justificado nuestras decisiones morales a favor de frases tan banales como “YOLO”, “carpe diem” (desvirtuando totalmente su significado), “a coger que el mundo se va a acabar”, y demás ejemplos de que la sociedad, mexicana, tailandesa, española; en fin, ¡la humanidad entera!, completamente inmersa en la posmodernidad enfermiza, está ahora revalorizando al cuerpo, al instinto, poniéndolos en un pedestal; ah, si antes la humanidad se preocupaba por la espiritualidad, ahora parece preocuparse más por la carnalidad, el placer instantáneo, la hipersexualidad, ¿en qué lugar caerá el amor en toda esta orgía?  

Escribí esto hace ya tiempo: Alfredo ya no tiene novio, y la cuestión que tengo con mi supuesto mejor amigo es ahora peor: ya no lo considero como tal. ¿Pues qué pasó? Sigo de acuerdo en muchos de los puntos de vista que dije en el desarrollo de mi artículo: sigo creyendo que las borracheras son pequeños ritos donde el libertinaje es socialmente aceptado y de que, en general, vivimos en la era del desmadre. ¿Pero qué pedo con eso de la educación sentimental? Qué bazofia.
            Lo que pasó conmigo y con Alfredo es básicamente lo mismo: nos quitamos el velo de los ojos y descubrimos a la realidad en su crudeza. No puedo hablar por él, eso sería muy grosero de mi parte; pero sé que, en mi caso, la persona que yo creí mi mejor amigo durante 6 años, se ha descubierto como una persona que acumula los mismos vicios que enlisto en mi artículo. Una mejor amistad nunca sería la relación tan siniestra, desventajosa y manipuladora como la que tuve con él. Cuando escribí el artículo aún tenía esperanzas de que, oye, si ha sido mi mejor amigo por tanto tiempo, por algo ha de ser. Pero no. Y bueno, ¿qué tiene que ver esto con mi tema?
            Durante mucho tiempo fui como el típico chico “yoloista” que, basado en la doblemoralina y la pésima educación sentimental que recibí, hice cosas tan estúpidas que dejaban mi dignidad por los suelos y sacrificaban cosas que eran más valiosas.
            ¿Pero saben qué? No me arrepiento ni un segundo de lo que viví. Disfruté cada segundo de aquel amor obsesivo, y lo volvería a vivir. Me enseñó más que todos los libros que he leído en mi vida. A veces me siento arrepentido de haber hecho tal cosa, o de lo que no hice; pero de todas maneras, ¿de qué sirve arrepentirse? Mis sentimientos en ese entonces, aunque ahora los veo estúpidos, eran valiosos. Lo siguen siendo.
            Mi artículo concluye de esta manera:

¿Está sobrevalorado el amor? Lo que está sobrevalorado es la palabra “sobrevalorado”. Pero creo que no. Creo que la sociedad mexicana tiene una idea de “amor” bastante alejada de su eje; el mexicano tiene razones que la razón no conoce, y termina siempre malinterpretando a la idea romántica del amor; y cuando viene el duro golpe de la realidad, cuando el amor nos impacta con toda su dureza, es cuando hacemos uso de la deshonestidad y la hipocresía, ¡antivalores tan inmersos en la idiosincrasia mexicana!, para sobrevivir, para salir airosos del juego. ¿Cómo, si yo mismo no he sido deshonesto e hipócrita! He sido infiel más veces y me he sentido más culpable que Alfredo se sentiría orgulloso de su fidelidad casi absoluta; he tenido más amoríos y he salido de muchos aprietos amorosos haciendo uso de la doble moral más mezquina; y, en este mismo artículo, he dicho que investigué en libros de proverbios el origen de la frase de Pascal, cuando, en realidad, no me bastó ni un minuto averiguarlo en internet. ¡Y cuántas veces habré utilizado la excusa del alcohol para deshacerme de mis pudores! Este artículo debe servirme no sólo como una llamada de atención a quienes lo lean, para que revisen un problemática que nadie le presta atención –o al menos a mí me lo parece-, sino también para mí, porque últimamente me cansan mucho las relaciones sentimentales de cualquier tipo; y ah, cómo me dan ganas de mandar todo al carajo y seguir siendo un conformista, aceptar cualquier persona que pase frente a mí, todo con tal de no estar solo… Pero como no quiero tener una vida patética en ese aspecto, prefiero poner un límite a partir de ahora. Sí, sí se puede tener una vida sentimentalmente sana. Sí se puede ser fiel, sí se pueden controlar los impulsos, sí se puede tener una larga vida amorosa con una sola pareja; y no, no lo digo porque quiera creerlo, lo digo porque lo sé. No es inherente la infidelidad al ser humano, así como tampoco lo es la deshonestidad y la doble moral. En este artículo me concentré sólo en un aspecto de la doble moral mexicana –quizás el que más conozco y el que está más apegado a mi realidad ahora-, pero pude haber profundizado en otros aspectos, como la corrupción, las familias desintegradas, las supersticiones, la pseudociencia, los valores tradicionales que más bien parecen antivalores; ¡es para nunca acabar!. Todos hemos caído en la deshonestidad y la doble moral; hasta tú, querido lector, no necesitas mentirme. Pero el primer paso es aceptarlo. Yo, que he tenido una juventud más que doblemoralina, empezaré, por lo menos, a no mentirme a mí mismo;  ah, pero como bien dicen por ahí, -y si empecé este artículo con una frase común, la terminaré con otra-: “lo bailado nadie me lo quita”.

            Ay, díganle que no mame. Empiezo diciendo que mi artículo hablará de la infidelidad, y termino hablando de la “doble moral mexicana”. ¿Qué? ¡La doble moral es universal! Además, ¿de qué sirve acusar a la gente enamorada de deshonesta e hipócrita? Realmente yo creía eso cuando escribí este artículo; ah, cuánto puede cambiar uno en cuestión de meses. La gente enamorada tiene todo el derecho de equivocarse; es más, ¿qué gente no vive enamorada? No, no estoy excusando a la deshonestidad o a la hipocresía; éstas siempre permanecerán en nuestro código de conducta, no nos hagamos mensos; y siempre las condenaré. Pero también creo que no hay autoridad en esto del amor. Si una persona quiere hacerse novio de otra en el mismo día que se conocieron, ¿yo porque lo voy a regañar? Si un chico se la pasa diciendo en su muro de Facebook lo mucho que ama a su novio, ¿por qué me voy a burlar de él por su cursilería? Podríamos recomendarle que mejor no lo haga, que no se emocione tanto, y aun así, esta noche en la que escribo esta entrada, creo que me dan ganas de decirle a ese chico hipotético: “sé todo lo cursi que quieras”. No me siento con la altura moral ni ética de decirle a otra persona cómo debe amar.
            Para rematar, quiero contar una segunda anécdota, aunada a la de Alfredo. Ésta la viví yo, hace casi ya dos años. Es la historia que tuve con mi último ex, a quien llamaremos Eduardo, tal y como se llama, porque 1) no creo que lea esta entrada, y 2) si llega a leerla, creo que no se molestaría. 
            A Eduardo lo conocí por internet –como al 80% de mis amigos gays-, y nos conocimos en un plan “carnavalesco”, por decirlo de una forma. Pero nos pusimos a platicar. Y empezamos a salir en otro plan. Y nos terminamos enamorando. Al menos sé que yo me prendí de él. Eventualmente nos hicimos novios.
            Pero yo seguía también enamorado de mi mejor amigo –ya desde ese entonces la etiqueta de “mejor amigo” ya no cuadraba-. Eduardo se dio cuenta y comenzó a portarse más frío, y más, y más… Y a mí me extrañaba, porque, según yo, nunca le había contado sobre mi relación extraña con mi mejor amigo. Él acostumbraba venir seguido a mi casa –y yo nunca fui lo suficientemente cortés para decirle que yo podía ir a la suya-, y una vez que le pedí –por Facebook- que viniera, él me respondió que no.
            -¿Por qué? –le pregunté yo.
            -Porque no quiero seguir yendo a una casa donde me sienta como si fuera mi hogar, para terminar saliendo herido.
            Me enojé, porque Eduardo siempre fue muy críptico. Me preguntó sobre lo que estaba haciendo yo en ese momento.  Yo, estúpidamente, respondí:
            -Estoy hablando con mi mejor amigo por videollamada.
            A los cinco minutos, Eduardo me preguntó:
            -Entonces, ¿ya no iré a tu casa mañana?
            -No, Eduardo –dije yo-. No quiero verte.
            Eduardo llegó a mi casa a las doce de la tarde del día siguiente. Le valió madres y vino. Y a mí me hizo el hombre más feliz del mundo, al menos por ese día. Volvimos a ser novios de nuevo, novios de verdad. Claro, no mencioné nada sobre mi mejor amigo. Fui un hipócrita. En ese entonces yo estaba próximo a irme de vacaciones a Cancún, a donde vive mi mejor amigo; sabía que lo iba a ver y seguramente iban a pasar cosas subidas de tono cuando lo viera. Entonces, para no sentirme culpable cuando eso pase, decidí romper con Eduardo.
            -No me siento cómodo teniendo un novio a distancia mientras me vaya –le dije.
            Y sólo hasta hace poco me di cuenta de lo hiriente que fui, de lo valemadrista, de que prácticamente le estaba diciendo: “quiero tener la libertad de coger con quien yo quiera mientras esté de vacaciones”. Eduardo no es tonto. Lo notó. Lo lastimé mucho. Él mismo me lo dijo.
            Pero me perdonó. Después de esas vacaciones y de seis meses perdidos en el limbo, me dieron ganas de volver a hablarle. Nos vimos de nuevo. Cuando vi de nuevo su sonrisa, me enamoré de nuevo. Ah, qué proceso tan curioso, el de enamorarse. Quise conquistarlo de nuevo. Quise, desesperadamente, enmendar mi error. Pero, ¿cómo enmendar un error de la magnitud del que yo hice? No se arregla de un día para otro. Y yo, como siempre, tan desesperado, quise verlo, quise decirle enseguida que me gustaba. Cuando en realidad sólo era un capricho. Él me dejaba verlo de vez en cuando, pero seguro olió mis intenciones. Fui tan cobarde y desesperado que terminé confesándole mis sentimientos en Facebook, en el mismo medio donde nos conocimos y donde habíamos roto nuestra relación antes. No me contestó. Me dejó en “visto”.
            Dejó de hablarme, yo dejé de intentar. Era obvio que no quería hablar conmigo. Pasaron meses. Entraba a veces a su Facebook para asegurarme de que estaba bien –sí, claro-. Hace poco vi su foto de perfil donde sale con un chico al que está abrazando. Hace unos días fue su cumpleaños, y me atreví a mandarle un mensaje de felicitación. Me respondió a los cinco minutos:
            -Muchas gracias.
            Después de una breve plática, le dije:
            -Oye, una pregunta indiscreta…El chico de tu foto de perfil, ¿es tu novio?
            -Sí, si lo es.
            Tuve la oportunidad de ser el Luis de toda la vida: sentir celos, mandar todo a la mierda, entrar en una minidepresión y no hacer bien mi tarea. Pero le dije:
            -Te ves muy bien con él.
            -Gracias –respondió Eduardo.
            De pronto me sentí muy feliz. Mucho. ¿Por qué? Cualquiera pensaría que yo estaba siendo un hipócrita, que claramente se lo decía por quedar bien, ¡quizás el mismo Eduardo piensa que dije una mentira! Pero lo dije en serio. Quizás se ve mejor con ese chico que si anduviera conmigo; o quizás no, pero, vaya, Eduardo me había perdonado y yo me había perdonado a mí mismo por mis ingenuidades. Cualquier otro que viera la situación pensaría que hay mucha doble moral en el asunto y que yo soy un cínico y él también. Pero no.
            ¿A qué conclusión llego? A que la profesora que me encargó el artículo de tarea es bastante pésima y yo terminé escribiendo un ensayo en el cual dije muchas mentiras para tener una calificación aprobatoria. Pero ahora me siento feliz, casi pletórico; y en este momento, tres de la mañana con cincuenta y un minutos, a sólo horas de la conversación pasada que acabo de tener con Eduardo, puedo aceptar y decir: sí, cometí muchos errores, pero ah, cuánto gocé, ¡incluso en el sufrimiento, cuánto gocé!



Luis "Thug Life" Montes de Oca


            La educación sentimental sólo se puede recibir mediante la experiencia. Ni aunque tus amigos te digan mil y un consejos para mejorar tu relación (o tu amor no correspondido, o infidelidad), creo que lo mejor es salir a la calle para que te destrocen el corazón, ¡porque va a pasar, tenlo por seguro! Pero también un día alguien te querrá como eres… ay, pero qué cursilería. Pero es cierto. Así que ni te preocupes por recibir clases de educación sentimental; tal cosa no existe, y si te dicen que existe, es que seguro son personas súper perfectas y fieles. Y nada de preguntarse cosas tan tontas como “¿qué es el amor?”. Responder tal pregunta es cómo arruinar la sorpresa final.

            Me salió largo este post porque quizás no vuelva a hablar sobre mi vida privada en este espacio. O quizás sí, y ahora este blog se vuelva en un espacio personal y cree otro blog para hacer reseñas de libros y películas. No lo sé. Mientras tanto, seguiré esperando la calificación que aún no sube la profesora que me pidió el artículo; ojalá me repruebe. Así mínimo no me volverán a pedir tareas tan malas.          

sábado, 14 de marzo de 2015

¿Por qué (aún no) soy cinéfilo? Parte II: Mis películas favoritas.

Antes de que empiece a discutir mis películas favoritas, debo aclarar ciertos puntos: 

  1. No puedo con El Padrino, la que muchos consideran que es la mejor película jamás realizada. Sin embargo, me fascina Ciudadano Kane, otra que también ostenta el título. Otras películas universalmente aclamadas, como Pulp Fiction o The Schindler´s List, también me gustan muchísimo, pero no por ello están entre mis favoritas. Las películas que están en este listado son las que más me han impactado en un nivel personal; siento que me hablan y me escuchan, desarrollan temas que siempre me han preocupado o simplemente provocaron que se me hiciera chinita la piel o incluso llorara, ya sea de gocé estético o emoción pura. 
  2. No he visto muchas películas clásicas, como The Seventh Seal o On the waterfront. Por lo mismo, esta lista muy probablemente se haga más larga con el paso del tiempo. Eso sí, son las películas que sé que siempre me van a gustar.
  3. No las pondré en orden jerárquico porque nomás no puedo, me es imposible. Es más, no pongan sus gustos en orden jerárquico. Después se arrepentirán. 
         Ahora sí, aquí están mis películas favoritas: 

THE TRUMAN SHOW 




Durante mi niñez, siempre tuve la sospecha de que mi vida estaba siendo "vista" por alguien más: no necesariamente dios, sino algún ente, o varios, que veían mi vida como una película más. La sensación persiste pero con menos aires de grandeza; ahora sé que todas las vidas humanas tienen potencial para convertirse en mejores películas que El Padrino. Boyhood, la "perdedora" en la pasada entrega de los Óscares, me confirma esta teoría. 
         The Truman Show es lo más parecido que he visto, en la ficción, a esta sensación que sospecho tenemos todos: una paranoia disfrutable, un delirio de grandeza que nos coloca como protagonistas del universo; es un tema principal en varios de los cuentos que he escrito y seguro me "perseguirá" toda la vida. Poco a poco he descubierto que es un tema ya viejo en la literatura; y el mismísimo Marcel Proust lo explora mejor que nadie. 
         La película hiperboliza la situación y la coloca en un terreno que apenas estaba poniéndose de moda a finales de los 90s: los reality shows. Jim Carrey está en su mejor elemento (y les aseguro que no será la última vez que lo verán en mi lista, dado que es mi actor favorito) e interpreta al típico norteamericano que lo tiene todo en la vida: una casa acomodada, una esposa agradable, e incluso vive a carne propia un milagro: el retorno a casa de su papá que ya creía muerto. Sin embargo, su mayor anhelo es viajar a Fiji, que es el sitio más lejano del mundo según él; pronto descubre que lo que él cree que es un pueblo común y corriente, es en realidad un escenario colosal que sólo fue construido para él. Truman (o True man, el único hombre verdadero rodeado de hombres y mujeres falsos) tiene que tomar ahora una decisión: ¿quedarse en un paraíso hecho a su medida o salir de ahí para conocer el "mundo verdadero"? 
         Me chocan las personas que creen que esta película es una comedia o algo parecido. Es de las películas que más me han hecho pensar; es la caverna de Platón hecha película, es la humanidad encarnada en un solo personaje, es la crítica más feroz que he visto no solo contra los reality shows sino contra la televisión en general; para acabar pronto, es una película filosófica disfrazada de "comedia protagonizada por Jim Carrey". El final cuando INICIA SPOILER Truman vence su miedo al agua y golpea la pared del escenario enorme de Seaheaven, una pared pintada como si fuese un cielo azul FINALIZA SPOILER siempre me conmueve, porque sé que estoy viendo, en una metáfora visual, la historia de la civilización humana.  

PD: El soundtrack de esta película es la perfección misma. 

NETWORK



Hablando de películas que critican a la televisión, ésta es probablemente la más excelsa de todas ellas, pero, como la buena película que es, no sólo se limita a ser una crítica. Network es probablemente la película cuyo guion me ha enseñado más sobre escritura del guión que cualquier otra (más, mucho más que El Padrino; que se note que no soporto esa película). Bueno, también las películas de Tarantino me enseñan sobre guión, pero... El estilo del guión de Network es el del cine clásico, norteamericano, setentero. Network no sólo es una crítica a los medios de comunicación en general; es una crítica contra la hipocresía humana. 
        La imagen que puse debajo del título es la de mi escena favorita: la de Howard Beale, el carismático conductor que ha empezado un cambio de pensamiento en la sociedad americana, es citado por el jefe de la cadena y éste le dice: "¿Crees realmente que vives en un mundo de naciones? No. Vivimos en un mundo de IBM, de AT&T, de Exxon". Estamos hablando de una película hecha en plena guerra fría, en el permanente estado de alerta que el gobierno norteamericano tenía contra todo lo que huela a comunismo. La escena sigue manteniendose en un mundo que ahora se fragmenta en conflictos que son consecuencia directa de la segunda guerra mundial y la caída del comunismo: el conflicto con ISIS, Corea del Norte, Ucrania y Rusia, etc... Ya no creo que hagan películas tan valientes como Network, la verdad. Lástima; justo en el momento cuando más las necesitamos. 

BRAZIL



Hablando de películas valientes, sin duda ahí está Brazil. Una "adaptación modificada" de la novela de George Orwell, 1984, la obra maestra de Terry Gilliam no sólo es una gozada visual, sino también un enorme "fuck you" contra el cine hollywoodense de finales felices e historias fáciles; no, Brazil es una película difícil porque lidia con varios de los temas delicados que perturban al ser humano: ¿cómo consigue el ser humano la felicidad? ¿Qué es la libertad? Brazil es una película completamente influenciada por el pensamiento pythonesco. El absurdo total: una mosca es la catalizadora de todos los conflictos de la película. Las sociedades distópicas son un subgénero de la ciencia ficción; en Brazil, el concepto de distopia es tomado a la ligera e incluso ligeramente parodiado. Todo el concepto de la película puede resumirse con "un hombre enamorado es perseguido por todas las autoridades", pero es a la vez tan compleja y vasta que da para debates filosóficos, lo mismo que The Truman Show. Al igual que ésta última, el protagonista es un hombre que no está satisfecho con su realidad opresora; quiere ver más allá, a toda costa. 

DANCER IN THE DARK 



Y hablando de protagonistas que no están conformes con su realidad, ahí está Selma de Dancer in the Dark: una trabajadora casi ciega en una fábrica de un pueblito norteamericano que reúne todo el dinero que pueda ganar para pagar una operación que evitaría que su hijo se vuelva ciego como ella. Ah, y también le gustan los musicales; le gustan tanto que imagina que su vida es un musical; incluso en los momentos más oscuros siempre logra evadirse para crear una canción y una coreografía completas. 
         Ésta es una tragedia griega. Dolorosísima. Larsvontrierísima. Y sin embargo, los segmentos musicales (joyitas compuestas por Björk) son como oasis de esperanza y color en una obra que en manos de cualquier otro director, sería una grosera y mórbida parodia de los musicales. Ah, no hay género más repudiado que el género musical; un género que a veces me gusta mucho y a veces no lo soporto. Dancer in the Dark es un "antimusical". Donde otros musicales brillan por sus glamorosos sets, aquí la iluminación es casi natural y no hay ningún decorado: la realidad es fea, y es aún más fea para Selma, acusada por un crimen que sí cometió... La fotografía que tiene la película, casi como de documental, crea la ilusión de que estamos viendo una historia basada en hechos reales. ¿Y quién no ha imaginado un número musical en cierto momento de su vida? Yo sé que todos, no se hagan. 

MISHIMA: A LIFE IN FOUR CHAPTERS 



Hablando de películas basadas en hechos reales, sin duda la primera que llega a mi cabeza es ésta: un día en la vida de uno de mis escritores favoritos, Yukio Mishima; y no cualquier día en su vida; es el día en que decide morir. 
         Estamos ante una biografía extraña: no trata de vanagloriar a su protagonista, (bueno, quizás sí un poquito), tampoco explora minuciosamente su vida, sino sólo vemos unos cuantos fragmentos en blanco y negro. Narrativamente, esta película siempre me ha fascinado, porque su estructura me parece la estructura más eficaz para narrar, al menos, la vida de un escritor: intercalando escenas de sus libros más aclamados. En Mishima, no sólamente somos testigos del día en que Mishima decidió hacerse el harakiri (no es ningún spoiler, os juro), sino también observamos, en versiones brevísimas, los argumentos de algunas de sus novelas más famosas (El color prohibido no, desafortunadamente :( )
        Otra cosa inolvidable de esta película son sus sets. Como si fuesen escenarios de obra de teatro, los sets se despliegan de manera minimalista, mostrando en escena sólo los elementos más indispensables. Y, ah, ese soundtrack... Ya he hablado de él en mi post "¿Por qué soy melómano? Parte II" y podría seguir hablando de él aquí. Si no van a ver la película, mínimo escuchen el soundtrack. Tal vez les parezca familiar, porque lo han usado en infinidad de comerciales y tráilers...


AMADEUS


Siguiendo con las películas biográficas, ésta diametralmente opuesta a la película de Mishima; sobre todo porque no está narrando hechos reales. Es algo así como "ficción biográfica". Salieri y Mozart no tuvieron una relación como la retratada en la peli, pero ése no es el punto. Tomaron una vida tan interesante como la de Amadeus Mozart y la modificaron lo suficiente para hacerla aún más interesante y provocadora.
         Los que no saben ver cine dirían que esta peli habla de la envidia. Tampoco sé ver cine pero creo que la envidia no es el tema principal de la película: es uno de tantos. ¿Quién es el genio? ¿Qué es el genio? Éstas son preguntas que se hace el filme; para los tiempos cuando vivía Mozart, el genio era el don divino que sólo a algunos elegidos les cae del cielo. Salieri creía firmemente en eso, y se creía elegido; pero como en cualquier disciplina, sabía que debía prácticar hasta el cansancio para llegar a la perfección. A base de esfuerzo, Salieri logró ser el músico de la corte; pero irrumpe Amadeus en escena. ¿Y quién es Amadeus? Es un chicuelo que no parece tener ni una pizca de elegancia, hace chistes vulgares y no respeta los buenos modales. También es el más grande genio que ha dado la música en su historia; Salieri admite oír la voz de Dios en sus composiciones. Amadeus parece haberlo conseguido sin haber sacrificado nada; al menos, eso es lo que Salieri cree.
        Si con el argumento no los convenzo para ver la película, no sé que haré entonces. Para los que la han visto, saben que no sólo se trata de la envidia que Salieri le tiene a Amadeus. Trata sobre la relación que tiene el hombre con Dios. 

TONARI NO TOTORO 


Ésta película me devuelve a la infancia. Tiene quizás el argumento más sencillo que he visto en el cine: ¿y qué? Totoro no es una película que se vea por el argumento, los giros inesperados y esas cosas. Es una película tan amada porque nos pone en un estado de bienestar y calma que no se logra con ninguna otra película. Al menos es lo que me pasa a mí cuando la veo. 

THE DARK KNIGHT


Esta película seguro se encuentra entre las favoritas de medio mundo; de hecho, yo podría poner cualquier película de la filmografía de Nolan, porque todas me gustan tanto... Pero elijo ésta. ¿Por qué?
         Porque jamás olvidaré las sensaciones que tuve cuando salí del cine tras verla por primera vez. Esa sensación de haber presenciado una película perfecta. Los personajes, el argumento, las actuaciones, los efectos, la música... Todo está en su lugar. Es la película más redonda de Nolan; hasta mucho después me di cuenta que, más que una película de superhéroes, en realidad es una peli de cine negro. 

GONE GIRL 


La misma sensación que tuve tras ver The Dark Knight la tuve tras ver Gone Girl. De hecho podría decirse que fue mejor: yo sabía, antes de entrar al cine, que The Dark Knight me iba a gustar. Cuando entré a ver Gone Girl, no esperaba nada. 
        Después de verla, se convirtió enseguida en una de mis películas favoritas. Tiene varios de los componentes que hacen que me guste una historia, ya sea en novela o película: un villano que perturba tu modo de ver al mundo (al igual que el Joker), giros inesperados que te quitan el aliento, una crítica velada a los medios de comunicación (justo como en Network), una aún más feroz crítica contra la idea del matrimonio y un final ambiguo que sigo recordando por no ser un final fácil de asimilar. 
       Me choca la gente que sólo ve esta película como una apología del feminismo, o como una declaración antifeminista. Me chocan de veras. Esta peli ni siquiera habla de eso; es una parodia mórbida de la idea que tenemos del matrimonio feliz. Nick y Amy parecen la pareja perfecta: jóvenes, guapos, y con dinero... al menos al principio. ¿Qué tal si quitamos uno de esos factores? ¿Seguirá siendo perfecta? ¿Qué tal si uno de ellos no está bien... mentalmente hablando? ¿Qué tal si... ambos están mentalmente psicópatas? ¿Qué tal si lo que los une no es amor? La idea central de la película es navegar en el lado del amor del cual no nos gusta hablar: la idea definitiva de que, por más que intentemos, jamás vamos a conocer todo sobre la persona con la que aceptamos compartir nuestra vida. Una idea que me aterroriza y me provoca escribir mucho, mucho. 

        Ahora bien, aunque sé que dije que no haría un orden jerárquico, hay tres películas en particular que han cambiado mi forma de ver la vida que tengo que separarlas del resto. Son algo así como mi trinidad. Antes de comentarlas, quiero hacer una lista de mis menciones honoríficas; películas que también me encantan pero por una cosa u otra, no me en-can-tan: 

Whiplash: Una mezcla entre Kubrick, Aronofsky y jazz. 
Paprika: La animación japonesa se mete al tú por tú con Dalí. 
Donnie Darko: Existencialismo en una película para adolescentes
Billy Elliot:A todos los gays del mundo les gusta esta película. 
Her: La película perfecta para los que se han enamorado a distancia, sobre todo por internet.
Eyes Wide Shut: Kubrick jamás fue tan terrorífico. 
Mujeres al borde de un ataque de nervios: Almodóvar jamás volvió a ser tan divertido. 
Las locuras del emperador: Mi película Disney favorita.
Harry Potter y el prisionero de Azkaban: La mejor, y no porque Cuarón la haya hecho. 
Shawshank Redemption: Lo mejor que ha dado Stephen King al cine. 
Fight Club: Es mejor que el libro. 
Where the Wild Things Are: Existencialismo en la adaptación fílmica de un libro infantil. 
Fargo: Tiene uno de los mejores personajes que he visto en una película: Marge Gunderson

       Ahora sí, mi trinidad: 

ETERNAL SUNSHINE OF THE SPOTLESS MIND


Se me ocurrieron tantas historias tras ver esta peli... Más allá de eso, creo que en verdad cambió mi perspectiva de ver al amor mismo. Si me dieran un peso por cada vez que he escuchado a un chico o a una chica decir que "el amor no existe" sólo porque en sus relaciones les ha ido mal, seguro me puedo costear un viaje por todo el mundo. Es tan triste; a todos ellos, a los ateos del amor, les recomiendo esta película. No tiene un final feliz, se los advierto. ¿Por qué debería? ¿El amor está obligado a tener un final feliz? 
        Otros que han visto la peli dicen que si tiene un final feliz: no, no se engañen, el final de esta peli es un final triste. Pero a la vez, esperanzador. Es una manera de ver el eterno retorno de Nietzsche como algo bueno en vez de algo malo; pero sigue siendo triste.
         Muchas de los diálogos son parte ya de mi educación sentimental, y las recuerdo de vez en cuando para hacerme sentir bien. Una vez vi esta película con uno de mis novios. Fue catártico. Si tienen una pareja, véanla con ella/él. Es una experiencia. 

LE FABULEUX DESTIN D'AMÉLIE POULAIN 




Me he enterado que mucha gente odia esta película. Creo que sé por qué. Creen que es una típica película romántica que no le pide nada a las películas norteamericanas, y que retrata a un Paris que los turistas siempre buscan y nunca encuentran. Lo segundo es cierto. Lo primero no. 
        A la mejor malinterpreto las películas; tal vez The Truman Show sí es sólo una comedia; tal vez Gone Girl sólo es un thriller y ya. ¿Qué es Amelie para mí? Es una película sobre qué fácil es alcanzar la felicidad en la vida, y cómo las personas casi siempre se complican la vida. 
        Amelie no se complica la vida; es más, ni siquiera piensa en su propia felicidad; piensa en la felicidad de los otros. ¿Lo hace por vanidad? Tal vez. Pero hacer el bien, aunque sea con motivos cuestionables, siempre es mejor que hacer el mal; o peor aún, hacer nada. 
       Hay gente que cree que el personaje de Amelie es un personaje psicópata. ¿En serio? Es la misma gente que cree que Gone Girl es una película profeminista. Es gente que sólo ve la superficie y no les gusta pensar tras haber visto una peli. Me parece muy triste; quiere decir que todas las personas que buscan hacer felices a las personas son psicópatas. Amelie me parece uno de los personajes mejor construidos en el cine, y casi un modelo a seguir. Casi, digo, porque mucho de lo que hace es bastante malo. Sí, ¿a qué creían que Amelie es sólo una chica adorable? Pero no, tampoco es psicópata. 
       Es una película sobre la gente introvertida. Sí, esa gente a la que preguntas "¿Por qué andas tan callado?" (no hay pregunta más grosera que esa, de veras) en una fiesta o en cualquier situación social. ¿Es Amelie una apología de las personas introvertidas? Muy probablemente sí. Pero también las crítica. El discurso final del viejo "con huesos de cristal" es revelador. Es la única escena "seria" de toda la película. 
        Amelie es casi una película surrealista. No se la tomen tan en serio; París se ve así porque así es como lo ve Amelie. El "realismo mágico" de la película es la manera en que Amelie ve al mundo; pero varios personajes se lo advierten: no puedes ir por la vida pensando que todo es felicidad. Pero tampoco ir por la vida pensando que todo es mierda. El papá de Amelie es la contraparte de ella: no hace nada para ser feliz ni hacer feliz a nadie. 
       El mensaje subterráneo de Amelie es un mensaje que ojalá más gente en el mundo entendiera: la felicidad no es una meta. Deja de pensar que sólo conseguirás la felicidad si consigues dinero, salud, una casa nueva, un auto nuevo, la pareja que siempre soñaste y el trabajo de tus sueños. No es cierto. La felicidad es disfrutar una tarde con los amigos, pasear a solas, jugar con tu perrito, ver alguna película buena, divagar en internet, no sé... Ah, y que nadie te diga qué es la felicidad. Nadie debe juzgarte por tu manera de conseguir la felicidad. Nadie. Esto último puede ser malinterpretado de la manera que quieran. 


THE END OF EVANGELION 


 No vi esta película en el cine pero es uno de mis sueños en la vida. Tras verla, quedé devastado, nulo, destruido, aniquilado. Sentí todo el peso de mi vida sobre mí. A la mejor estoy exagerando. Pero nunca es fácil ver una peli que todo el tiempo te está diciendo "la vida no tiene sentido" para al final decirte "todo está jodido pero no importa, hay que vivir"
        Podría llenar mil y un posts sobre Evangelion y aún así no acabar de explicar por qué me gusta. Se trata ya de cosas sentimentales. Los personajes me afectan como si se tratasen de personas que conozco cercanamente; y todos sus conflictos me duelen, porque, aunque son tan distintos, tienen la misma causa. Es el conflicto de la incomprensión humana.
       Alguna vez le presté esta película a una psicóloga que alguna vez tuve y me dijo que, aunque el anime le gustó mucho, la película no, porque tiene muchas "imágenes violentas". Sorry, not sorry, la vida es así: y es cierto, toda la película está tan llena de imágenes tétricas y situaciones perturbadoras que casi roza el género del gore. La película no quiere que te sientas cómodo en ningún momento, porque se lo cuestiona todo; incluso tu propia existencia. 
        Para ciertas personas, la filosofía de Evangelion les parece mucha palabrería hueca. No lo creo. De todas formas, afortunadamente no se centran tanto en la "filosofía" como lo hicieron en los últimos capítulos del anime. En realidad, tras haber leído algo de filosofía, me entero que en realidad no; los diálogos filosóficos son más bien un estudio de personajes, y a veces rozan cosas que Kierkegaard y Sartre han dicho con otras palabras. 
       Visualmente es muy distinta a Amelie; y sin embargo, ambas películas me dicen lo mismo a nivel emocional. La felicidad es fácil de conseguir, se los juro. "Mientras la Tierra, el Sol y la Luna existan, todo estará bien" 

¿Por qué aún no soy cinéfilo? Porque me faltan muchas películas por ver. Pero las pocas que he visto me han marcado tanto que podría hablar sobre ellas un post de chorrocientas páginas; pero no, aquí acaba éste. Alguna vez haré un post sobre las películas que todos aman pero a mí no me gustan. De una vez les digo, son muchas :(