sábado, 14 de marzo de 2015

¿Por qué (aún no) soy cinéfilo? Parte II: Mis películas favoritas.

Antes de que empiece a discutir mis películas favoritas, debo aclarar ciertos puntos: 

  1. No puedo con El Padrino, la que muchos consideran que es la mejor película jamás realizada. Sin embargo, me fascina Ciudadano Kane, otra que también ostenta el título. Otras películas universalmente aclamadas, como Pulp Fiction o The Schindler´s List, también me gustan muchísimo, pero no por ello están entre mis favoritas. Las películas que están en este listado son las que más me han impactado en un nivel personal; siento que me hablan y me escuchan, desarrollan temas que siempre me han preocupado o simplemente provocaron que se me hiciera chinita la piel o incluso llorara, ya sea de gocé estético o emoción pura. 
  2. No he visto muchas películas clásicas, como The Seventh Seal o On the waterfront. Por lo mismo, esta lista muy probablemente se haga más larga con el paso del tiempo. Eso sí, son las películas que sé que siempre me van a gustar.
  3. No las pondré en orden jerárquico porque nomás no puedo, me es imposible. Es más, no pongan sus gustos en orden jerárquico. Después se arrepentirán. 
         Ahora sí, aquí están mis películas favoritas: 

THE TRUMAN SHOW 




Durante mi niñez, siempre tuve la sospecha de que mi vida estaba siendo "vista" por alguien más: no necesariamente dios, sino algún ente, o varios, que veían mi vida como una película más. La sensación persiste pero con menos aires de grandeza; ahora sé que todas las vidas humanas tienen potencial para convertirse en mejores películas que El Padrino. Boyhood, la "perdedora" en la pasada entrega de los Óscares, me confirma esta teoría. 
         The Truman Show es lo más parecido que he visto, en la ficción, a esta sensación que sospecho tenemos todos: una paranoia disfrutable, un delirio de grandeza que nos coloca como protagonistas del universo; es un tema principal en varios de los cuentos que he escrito y seguro me "perseguirá" toda la vida. Poco a poco he descubierto que es un tema ya viejo en la literatura; y el mismísimo Marcel Proust lo explora mejor que nadie. 
         La película hiperboliza la situación y la coloca en un terreno que apenas estaba poniéndose de moda a finales de los 90s: los reality shows. Jim Carrey está en su mejor elemento (y les aseguro que no será la última vez que lo verán en mi lista, dado que es mi actor favorito) e interpreta al típico norteamericano que lo tiene todo en la vida: una casa acomodada, una esposa agradable, e incluso vive a carne propia un milagro: el retorno a casa de su papá que ya creía muerto. Sin embargo, su mayor anhelo es viajar a Fiji, que es el sitio más lejano del mundo según él; pronto descubre que lo que él cree que es un pueblo común y corriente, es en realidad un escenario colosal que sólo fue construido para él. Truman (o True man, el único hombre verdadero rodeado de hombres y mujeres falsos) tiene que tomar ahora una decisión: ¿quedarse en un paraíso hecho a su medida o salir de ahí para conocer el "mundo verdadero"? 
         Me chocan las personas que creen que esta película es una comedia o algo parecido. Es de las películas que más me han hecho pensar; es la caverna de Platón hecha película, es la humanidad encarnada en un solo personaje, es la crítica más feroz que he visto no solo contra los reality shows sino contra la televisión en general; para acabar pronto, es una película filosófica disfrazada de "comedia protagonizada por Jim Carrey". El final cuando INICIA SPOILER Truman vence su miedo al agua y golpea la pared del escenario enorme de Seaheaven, una pared pintada como si fuese un cielo azul FINALIZA SPOILER siempre me conmueve, porque sé que estoy viendo, en una metáfora visual, la historia de la civilización humana.  

PD: El soundtrack de esta película es la perfección misma. 

NETWORK



Hablando de películas que critican a la televisión, ésta es probablemente la más excelsa de todas ellas, pero, como la buena película que es, no sólo se limita a ser una crítica. Network es probablemente la película cuyo guion me ha enseñado más sobre escritura del guión que cualquier otra (más, mucho más que El Padrino; que se note que no soporto esa película). Bueno, también las películas de Tarantino me enseñan sobre guión, pero... El estilo del guión de Network es el del cine clásico, norteamericano, setentero. Network no sólo es una crítica a los medios de comunicación en general; es una crítica contra la hipocresía humana. 
        La imagen que puse debajo del título es la de mi escena favorita: la de Howard Beale, el carismático conductor que ha empezado un cambio de pensamiento en la sociedad americana, es citado por el jefe de la cadena y éste le dice: "¿Crees realmente que vives en un mundo de naciones? No. Vivimos en un mundo de IBM, de AT&T, de Exxon". Estamos hablando de una película hecha en plena guerra fría, en el permanente estado de alerta que el gobierno norteamericano tenía contra todo lo que huela a comunismo. La escena sigue manteniendose en un mundo que ahora se fragmenta en conflictos que son consecuencia directa de la segunda guerra mundial y la caída del comunismo: el conflicto con ISIS, Corea del Norte, Ucrania y Rusia, etc... Ya no creo que hagan películas tan valientes como Network, la verdad. Lástima; justo en el momento cuando más las necesitamos. 

BRAZIL



Hablando de películas valientes, sin duda ahí está Brazil. Una "adaptación modificada" de la novela de George Orwell, 1984, la obra maestra de Terry Gilliam no sólo es una gozada visual, sino también un enorme "fuck you" contra el cine hollywoodense de finales felices e historias fáciles; no, Brazil es una película difícil porque lidia con varios de los temas delicados que perturban al ser humano: ¿cómo consigue el ser humano la felicidad? ¿Qué es la libertad? Brazil es una película completamente influenciada por el pensamiento pythonesco. El absurdo total: una mosca es la catalizadora de todos los conflictos de la película. Las sociedades distópicas son un subgénero de la ciencia ficción; en Brazil, el concepto de distopia es tomado a la ligera e incluso ligeramente parodiado. Todo el concepto de la película puede resumirse con "un hombre enamorado es perseguido por todas las autoridades", pero es a la vez tan compleja y vasta que da para debates filosóficos, lo mismo que The Truman Show. Al igual que ésta última, el protagonista es un hombre que no está satisfecho con su realidad opresora; quiere ver más allá, a toda costa. 

DANCER IN THE DARK 



Y hablando de protagonistas que no están conformes con su realidad, ahí está Selma de Dancer in the Dark: una trabajadora casi ciega en una fábrica de un pueblito norteamericano que reúne todo el dinero que pueda ganar para pagar una operación que evitaría que su hijo se vuelva ciego como ella. Ah, y también le gustan los musicales; le gustan tanto que imagina que su vida es un musical; incluso en los momentos más oscuros siempre logra evadirse para crear una canción y una coreografía completas. 
         Ésta es una tragedia griega. Dolorosísima. Larsvontrierísima. Y sin embargo, los segmentos musicales (joyitas compuestas por Björk) son como oasis de esperanza y color en una obra que en manos de cualquier otro director, sería una grosera y mórbida parodia de los musicales. Ah, no hay género más repudiado que el género musical; un género que a veces me gusta mucho y a veces no lo soporto. Dancer in the Dark es un "antimusical". Donde otros musicales brillan por sus glamorosos sets, aquí la iluminación es casi natural y no hay ningún decorado: la realidad es fea, y es aún más fea para Selma, acusada por un crimen que sí cometió... La fotografía que tiene la película, casi como de documental, crea la ilusión de que estamos viendo una historia basada en hechos reales. ¿Y quién no ha imaginado un número musical en cierto momento de su vida? Yo sé que todos, no se hagan. 

MISHIMA: A LIFE IN FOUR CHAPTERS 



Hablando de películas basadas en hechos reales, sin duda la primera que llega a mi cabeza es ésta: un día en la vida de uno de mis escritores favoritos, Yukio Mishima; y no cualquier día en su vida; es el día en que decide morir. 
         Estamos ante una biografía extraña: no trata de vanagloriar a su protagonista, (bueno, quizás sí un poquito), tampoco explora minuciosamente su vida, sino sólo vemos unos cuantos fragmentos en blanco y negro. Narrativamente, esta película siempre me ha fascinado, porque su estructura me parece la estructura más eficaz para narrar, al menos, la vida de un escritor: intercalando escenas de sus libros más aclamados. En Mishima, no sólamente somos testigos del día en que Mishima decidió hacerse el harakiri (no es ningún spoiler, os juro), sino también observamos, en versiones brevísimas, los argumentos de algunas de sus novelas más famosas (El color prohibido no, desafortunadamente :( )
        Otra cosa inolvidable de esta película son sus sets. Como si fuesen escenarios de obra de teatro, los sets se despliegan de manera minimalista, mostrando en escena sólo los elementos más indispensables. Y, ah, ese soundtrack... Ya he hablado de él en mi post "¿Por qué soy melómano? Parte II" y podría seguir hablando de él aquí. Si no van a ver la película, mínimo escuchen el soundtrack. Tal vez les parezca familiar, porque lo han usado en infinidad de comerciales y tráilers...


AMADEUS


Siguiendo con las películas biográficas, ésta diametralmente opuesta a la película de Mishima; sobre todo porque no está narrando hechos reales. Es algo así como "ficción biográfica". Salieri y Mozart no tuvieron una relación como la retratada en la peli, pero ése no es el punto. Tomaron una vida tan interesante como la de Amadeus Mozart y la modificaron lo suficiente para hacerla aún más interesante y provocadora.
         Los que no saben ver cine dirían que esta peli habla de la envidia. Tampoco sé ver cine pero creo que la envidia no es el tema principal de la película: es uno de tantos. ¿Quién es el genio? ¿Qué es el genio? Éstas son preguntas que se hace el filme; para los tiempos cuando vivía Mozart, el genio era el don divino que sólo a algunos elegidos les cae del cielo. Salieri creía firmemente en eso, y se creía elegido; pero como en cualquier disciplina, sabía que debía prácticar hasta el cansancio para llegar a la perfección. A base de esfuerzo, Salieri logró ser el músico de la corte; pero irrumpe Amadeus en escena. ¿Y quién es Amadeus? Es un chicuelo que no parece tener ni una pizca de elegancia, hace chistes vulgares y no respeta los buenos modales. También es el más grande genio que ha dado la música en su historia; Salieri admite oír la voz de Dios en sus composiciones. Amadeus parece haberlo conseguido sin haber sacrificado nada; al menos, eso es lo que Salieri cree.
        Si con el argumento no los convenzo para ver la película, no sé que haré entonces. Para los que la han visto, saben que no sólo se trata de la envidia que Salieri le tiene a Amadeus. Trata sobre la relación que tiene el hombre con Dios. 

TONARI NO TOTORO 


Ésta película me devuelve a la infancia. Tiene quizás el argumento más sencillo que he visto en el cine: ¿y qué? Totoro no es una película que se vea por el argumento, los giros inesperados y esas cosas. Es una película tan amada porque nos pone en un estado de bienestar y calma que no se logra con ninguna otra película. Al menos es lo que me pasa a mí cuando la veo. 

THE DARK KNIGHT


Esta película seguro se encuentra entre las favoritas de medio mundo; de hecho, yo podría poner cualquier película de la filmografía de Nolan, porque todas me gustan tanto... Pero elijo ésta. ¿Por qué?
         Porque jamás olvidaré las sensaciones que tuve cuando salí del cine tras verla por primera vez. Esa sensación de haber presenciado una película perfecta. Los personajes, el argumento, las actuaciones, los efectos, la música... Todo está en su lugar. Es la película más redonda de Nolan; hasta mucho después me di cuenta que, más que una película de superhéroes, en realidad es una peli de cine negro. 

GONE GIRL 


La misma sensación que tuve tras ver The Dark Knight la tuve tras ver Gone Girl. De hecho podría decirse que fue mejor: yo sabía, antes de entrar al cine, que The Dark Knight me iba a gustar. Cuando entré a ver Gone Girl, no esperaba nada. 
        Después de verla, se convirtió enseguida en una de mis películas favoritas. Tiene varios de los componentes que hacen que me guste una historia, ya sea en novela o película: un villano que perturba tu modo de ver al mundo (al igual que el Joker), giros inesperados que te quitan el aliento, una crítica velada a los medios de comunicación (justo como en Network), una aún más feroz crítica contra la idea del matrimonio y un final ambiguo que sigo recordando por no ser un final fácil de asimilar. 
       Me choca la gente que sólo ve esta película como una apología del feminismo, o como una declaración antifeminista. Me chocan de veras. Esta peli ni siquiera habla de eso; es una parodia mórbida de la idea que tenemos del matrimonio feliz. Nick y Amy parecen la pareja perfecta: jóvenes, guapos, y con dinero... al menos al principio. ¿Qué tal si quitamos uno de esos factores? ¿Seguirá siendo perfecta? ¿Qué tal si uno de ellos no está bien... mentalmente hablando? ¿Qué tal si... ambos están mentalmente psicópatas? ¿Qué tal si lo que los une no es amor? La idea central de la película es navegar en el lado del amor del cual no nos gusta hablar: la idea definitiva de que, por más que intentemos, jamás vamos a conocer todo sobre la persona con la que aceptamos compartir nuestra vida. Una idea que me aterroriza y me provoca escribir mucho, mucho. 

        Ahora bien, aunque sé que dije que no haría un orden jerárquico, hay tres películas en particular que han cambiado mi forma de ver la vida que tengo que separarlas del resto. Son algo así como mi trinidad. Antes de comentarlas, quiero hacer una lista de mis menciones honoríficas; películas que también me encantan pero por una cosa u otra, no me en-can-tan: 

Whiplash: Una mezcla entre Kubrick, Aronofsky y jazz. 
Paprika: La animación japonesa se mete al tú por tú con Dalí. 
Donnie Darko: Existencialismo en una película para adolescentes
Billy Elliot:A todos los gays del mundo les gusta esta película. 
Her: La película perfecta para los que se han enamorado a distancia, sobre todo por internet.
Eyes Wide Shut: Kubrick jamás fue tan terrorífico. 
Mujeres al borde de un ataque de nervios: Almodóvar jamás volvió a ser tan divertido. 
Las locuras del emperador: Mi película Disney favorita.
Harry Potter y el prisionero de Azkaban: La mejor, y no porque Cuarón la haya hecho. 
Shawshank Redemption: Lo mejor que ha dado Stephen King al cine. 
Fight Club: Es mejor que el libro. 
Where the Wild Things Are: Existencialismo en la adaptación fílmica de un libro infantil. 
Fargo: Tiene uno de los mejores personajes que he visto en una película: Marge Gunderson

       Ahora sí, mi trinidad: 

ETERNAL SUNSHINE OF THE SPOTLESS MIND


Se me ocurrieron tantas historias tras ver esta peli... Más allá de eso, creo que en verdad cambió mi perspectiva de ver al amor mismo. Si me dieran un peso por cada vez que he escuchado a un chico o a una chica decir que "el amor no existe" sólo porque en sus relaciones les ha ido mal, seguro me puedo costear un viaje por todo el mundo. Es tan triste; a todos ellos, a los ateos del amor, les recomiendo esta película. No tiene un final feliz, se los advierto. ¿Por qué debería? ¿El amor está obligado a tener un final feliz? 
        Otros que han visto la peli dicen que si tiene un final feliz: no, no se engañen, el final de esta peli es un final triste. Pero a la vez, esperanzador. Es una manera de ver el eterno retorno de Nietzsche como algo bueno en vez de algo malo; pero sigue siendo triste.
         Muchas de los diálogos son parte ya de mi educación sentimental, y las recuerdo de vez en cuando para hacerme sentir bien. Una vez vi esta película con uno de mis novios. Fue catártico. Si tienen una pareja, véanla con ella/él. Es una experiencia. 

LE FABULEUX DESTIN D'AMÉLIE POULAIN 




Me he enterado que mucha gente odia esta película. Creo que sé por qué. Creen que es una típica película romántica que no le pide nada a las películas norteamericanas, y que retrata a un Paris que los turistas siempre buscan y nunca encuentran. Lo segundo es cierto. Lo primero no. 
        A la mejor malinterpreto las películas; tal vez The Truman Show sí es sólo una comedia; tal vez Gone Girl sólo es un thriller y ya. ¿Qué es Amelie para mí? Es una película sobre qué fácil es alcanzar la felicidad en la vida, y cómo las personas casi siempre se complican la vida. 
        Amelie no se complica la vida; es más, ni siquiera piensa en su propia felicidad; piensa en la felicidad de los otros. ¿Lo hace por vanidad? Tal vez. Pero hacer el bien, aunque sea con motivos cuestionables, siempre es mejor que hacer el mal; o peor aún, hacer nada. 
       Hay gente que cree que el personaje de Amelie es un personaje psicópata. ¿En serio? Es la misma gente que cree que Gone Girl es una película profeminista. Es gente que sólo ve la superficie y no les gusta pensar tras haber visto una peli. Me parece muy triste; quiere decir que todas las personas que buscan hacer felices a las personas son psicópatas. Amelie me parece uno de los personajes mejor construidos en el cine, y casi un modelo a seguir. Casi, digo, porque mucho de lo que hace es bastante malo. Sí, ¿a qué creían que Amelie es sólo una chica adorable? Pero no, tampoco es psicópata. 
       Es una película sobre la gente introvertida. Sí, esa gente a la que preguntas "¿Por qué andas tan callado?" (no hay pregunta más grosera que esa, de veras) en una fiesta o en cualquier situación social. ¿Es Amelie una apología de las personas introvertidas? Muy probablemente sí. Pero también las crítica. El discurso final del viejo "con huesos de cristal" es revelador. Es la única escena "seria" de toda la película. 
        Amelie es casi una película surrealista. No se la tomen tan en serio; París se ve así porque así es como lo ve Amelie. El "realismo mágico" de la película es la manera en que Amelie ve al mundo; pero varios personajes se lo advierten: no puedes ir por la vida pensando que todo es felicidad. Pero tampoco ir por la vida pensando que todo es mierda. El papá de Amelie es la contraparte de ella: no hace nada para ser feliz ni hacer feliz a nadie. 
       El mensaje subterráneo de Amelie es un mensaje que ojalá más gente en el mundo entendiera: la felicidad no es una meta. Deja de pensar que sólo conseguirás la felicidad si consigues dinero, salud, una casa nueva, un auto nuevo, la pareja que siempre soñaste y el trabajo de tus sueños. No es cierto. La felicidad es disfrutar una tarde con los amigos, pasear a solas, jugar con tu perrito, ver alguna película buena, divagar en internet, no sé... Ah, y que nadie te diga qué es la felicidad. Nadie debe juzgarte por tu manera de conseguir la felicidad. Nadie. Esto último puede ser malinterpretado de la manera que quieran. 


THE END OF EVANGELION 


 No vi esta película en el cine pero es uno de mis sueños en la vida. Tras verla, quedé devastado, nulo, destruido, aniquilado. Sentí todo el peso de mi vida sobre mí. A la mejor estoy exagerando. Pero nunca es fácil ver una peli que todo el tiempo te está diciendo "la vida no tiene sentido" para al final decirte "todo está jodido pero no importa, hay que vivir"
        Podría llenar mil y un posts sobre Evangelion y aún así no acabar de explicar por qué me gusta. Se trata ya de cosas sentimentales. Los personajes me afectan como si se tratasen de personas que conozco cercanamente; y todos sus conflictos me duelen, porque, aunque son tan distintos, tienen la misma causa. Es el conflicto de la incomprensión humana.
       Alguna vez le presté esta película a una psicóloga que alguna vez tuve y me dijo que, aunque el anime le gustó mucho, la película no, porque tiene muchas "imágenes violentas". Sorry, not sorry, la vida es así: y es cierto, toda la película está tan llena de imágenes tétricas y situaciones perturbadoras que casi roza el género del gore. La película no quiere que te sientas cómodo en ningún momento, porque se lo cuestiona todo; incluso tu propia existencia. 
        Para ciertas personas, la filosofía de Evangelion les parece mucha palabrería hueca. No lo creo. De todas formas, afortunadamente no se centran tanto en la "filosofía" como lo hicieron en los últimos capítulos del anime. En realidad, tras haber leído algo de filosofía, me entero que en realidad no; los diálogos filosóficos son más bien un estudio de personajes, y a veces rozan cosas que Kierkegaard y Sartre han dicho con otras palabras. 
       Visualmente es muy distinta a Amelie; y sin embargo, ambas películas me dicen lo mismo a nivel emocional. La felicidad es fácil de conseguir, se los juro. "Mientras la Tierra, el Sol y la Luna existan, todo estará bien" 

¿Por qué aún no soy cinéfilo? Porque me faltan muchas películas por ver. Pero las pocas que he visto me han marcado tanto que podría hablar sobre ellas un post de chorrocientas páginas; pero no, aquí acaba éste. Alguna vez haré un post sobre las películas que todos aman pero a mí no me gustan. De una vez les digo, son muchas :( 










domingo, 1 de marzo de 2015

¿Por qué (aun no) soy cinéfilo? Parte I

Voy a escribir una entrada sobre los Óscares una semana después que se hayan entregado. Qué loser. 
         Pero me vale. Es muy fácil escribir una entrada criticando a las películas nominadas y después adivinar cuáles resultarán ganadoras. Quiero ir más profundo que sólo eso; quiero saber qué es lo que está mal en la industria del "award season" y en sí, el criterio de todas las premiaciones. Porque sí, algo está mal. 
        Tampoco quiero caer en el lugar común de que los Óscares están sobrevalorados... bueno, sí, si caeré, pero quiero al menos argumentarlo un poco antes de caer en el manido comentario de "aish, ando completamente Kaurismaki por el momento y ninguna película nominada me interesa". El problema con ésta y con prácticamente todas las premiaciones del "award season" es que se nota, a kilométros de distancia (literalmente, del DF  a LA) lo complacientes y comodinos que son estos premios. Hay excepciones, claro, pero los premios que más reciben la atención mundial, los Óscares, cada vez son más estándar, aburridos y bueno... cada vez los espero con menos ansía. 
         Si quiero hablar de las películas que fueron nominadas este año porque por ahí quiero empezar a mentar madres la discusión.

THE THEORY OF EVERYTHING




 Lo bueno que esta película no ganó más que lo que merecía: la actuación de Eddie Redmayne  me provocaba torticolis al ver cómo ponía su cuello de la misma manera que Hawking. Más allá de esta excelsa actuación, la película no ofrece nada y sigue el mismo patrón de las películas biográficas: vidas destacables que son ligeramente modificadas para ser vendidas como "basadas en hechos reales" sin ser tan aburridas. La película es inofensiva y es de hecho más benéfica que perjudicial: al menos Stephen Hawking recibe un homenaje en vida, más de lo que muchos científicos en la historia han recibido. 

THE IMITATION GAME





Es la misma película que la anterior, sólo que con más juegos de azar y mujerzuelas. En los últimos años la Academia se interesa por nominar películas que defiendan los derechos de los homosexuales; ninguna ha ganado, claro, ¡pero qué bonito es defender las causas de las minorías! Bueno fuera si al menos resultaran buenas películas; pero no nos engañemos, The Imitation Game es un bonito telefilme y ya. Aún no puedo creer que ésta peli haya ganado en Mejor Guion Adaptado; un guión lleno de trampas, lugares comunes, y lo peor de todo: afirma que Alan Turing se suicidó, cuando ni siquiera se sabe a ciencia cierta si es verdad. Se supone que por hablar de un homosexual me debería gustar, pero ni de eso. Si tengo que elegir entre una de las dos películas de científicos raritos, elijo la anterior. 

THE GRAND BUDAPEST HOTEL




Ésta sería mi favorita sino fuese porque en general, fue un año divertido y variado para el cine. Quizás, en una realidad alterna, donde los Óscares no son facilones ni autocomplacientes, hubiese ganado a mejor película. Tiene todo para ser un "crowd-pleaser": una historia entretenida, coqueta, lo suficientemente convencional para ser nominada por la Academia y lo suficientemente hipsteril para ser ovacionada por los que sólo ven "cine de arte" (¡me caga esa etiqueta!). 

BOYHOOD



Tengo algunas problemas con esta película. Sé que es mucho mejor que muchas nominadas, sé que es atrevida, pero también creo que algo le falta. Consiguió hacerme emocionar mientras que la veía, y es extraño porque incluso es más predecible que todas. Porque juzgar esta película es como tratar de juzgar a una vida ajena: "oye, me gusta el argumento de tu vida, pero a la vez es tan aburrida, necesitas alguna tragedia o yo qué sé". Me recuerda a esas personas que no gustan de ciertas películas porque las crítican de "exageradas". Yo creo que si viesen esta peli la tildarían de "best movie ever" ¿O no es lo que querían? Sólo conozco a una persona que le gusta esta película y es alguien a quien respeto mucho por su increíble conocimiento fílmico; vaya, que el público promedio la detesta. ¿Quiere decir que sólo a los "aish, intelectuales que sólo ven de cine arte", les gustará esta peli? Lo dudo. A mí me gustó y yo no sé nada de cine. Un consejo: no la vean como si fuese una película. Veanla como si en verdad fuesen testigos de la vida de un chico real. La cosa mejora mucho. 

BIRDMAN




Pensé que sería mi película favorita de las nominadas, pero no. Ni siquiera me gusta más que The Grand Budapest Hotel. Pero vaya que es una buena película, y me alegra que haya sido la ganadora, aunque me hubiese alegrado más si hubiese ganado Whiplash, pero de esa ahorita hablo. Lo que quiero destacar aquí es que de nuevo ganó la película que habla sobre Hollywood. Argo, The Artist, son alguno de los ejemplos de esto. Pero ésta es mucho mejor que esas dos, lo juro. ¿Pretensiosa, aburrida, cínica? No lo entiendo. Es divertida, innovadora y muy colorida, no se toma a sí misma en serio y puso a Michael Keaton (el mejor Batman, y se los dice alguien que ama la trilogía de Nolan) de nuevo en el mapa. Eso sí, es una película que no le puede gustar a todo mundo porque es muy, como decirlo... poco complaciente. Y por eso me sorprende que haya ganado. Realmente parece una película hecha por amor y no por negocios o para ganar Óscares. The Imitation Game, The Theory of Everything, Selma, American Sniper, todas estas películas parecen hechas por gente que quiere ganar Óscares a toda costa. Ésta no, y es de agradecer. 

WHIPLASH




La palabra whiplash se ha convertido en mi nueva palabra inglesa favorita. Ésta película también es ya una de mis favoritas... bueno, esto último no lo sé. Pero vaya que la disfruté como un niño. ¿Alguna vez se imaginaron que una película que trate de música los puede emocionar tanto como un thriller o una película de acción? Éste es el caso. Tal vez no es ninguna apuesta cinematográfica nueva, como Birdman o Boyhood, pero vaya que el director supo contar bien su historia; una historia que en manos de cualquier otro hubiese sido la típica historia del músico que quiere superarse. La película es un duelo entre dos personajes psicóticos, pero en vez de tener armas, tienen baquetas. El jazz nunca se había visto tan bien. ¿Y qué opino sobre los músicos que afirman que esta película es lo peor que le ha pasado al jazz y en realidad todo lo que sucede en ella es más exagerado a más no poder? Bueno, tengo una noticia para ustedes, chicos. El cine es ficción, y no está en su deber la fidelidad exacta a la realidad. Tal vez por eso Boyhood no le gustó a muchos. 

         No voy a hablar de Selma ni de American Sniper porque no las vi. Bueno, Selma la vi a medias pero la quité porque me aburrió horriblemente. Me han dicho que American Sniper es buena, pero nada más. 
         Este año creo que nominaron mejores películas, pero en general, ¿cuál es el miedo de la Academia? Siempre se va a lo seguro, como si temiese por su vida si alguna vez nominase a, no sé, Guardianes de la Galaxia en Mejor Película y no solamente en Efectos Especiales. ¿No ésa era la razón por la cual habían expandido el número de nominadas a Mejor Película? El primer año que hicieron eso nominaron a Inception, District 9, Inglorious Basterds y Toy Story 3, y me dije, ¡vaya, hasta que no le hicieron el feo a películas "mainstream"! Aunque bueno, de todas maneras ese año ganó la película más aburrida y convencional (The King´s Speech)
        Pero tampoco nominan a las películas "poco convencionales", por llamarlas de alguna forma. Dicen que Nymphomaniac mínimo se merecía una nominación; igual y sí, pero, ¿cuántas veces hemos visto que las películas más normalitas y moralizantes son las que siempre ganan la estatuilla? No pienso enumerar cada uno de estos errores (para eso está internet) pero, ¿a poco a Lars von Trier le interesa ganar Óscares? Por supuesto que no. El tipo jamás hará películas moralizantes, Dios mediante. 
        Pero no hagamos mucho alboroto y veamoslo mejor así: las películas son un negocio, y las premiaciones también lo son. A veces, muy a veces, premian a la película con mayores meritos artísticos; la mayoria de las veces premian a la película que más les conviene que gane desde el punto de vista seguro para sus intereses (políticos y económicos, qué sé yo). Es más; deberíamos evitar que las premiaciones moldeen nuestro criterio filmico, porque muy pocas veces le atinan. No confien en ninguna premiación, ni siquiera en Cannes ni en Sundance; vean películas sin fijarse en las criticas o en los premios que trae encima. Sólo confíen en su criterio, y así, solitos, se irán formando su propio gusto. 
         Por mi parte, seguiré viendo los Óscares porque me entretienen el espectáculo de una manera un tanto culposa, y porque, bueno... es el equivalente al Super Bowl para la comunidad LGBTTTTT. En la parte 2 de este post comentaré mis películas favoritas. Así se darán cuenta de que todo lo que acabo decir vale pa puro queso y tengo el peor gusto filmico del mundo.    


PD: Interstellar minimo debió haber ganado a Mejor Score. Manchados. 
PD 2: Vuelvan a poner a Ellen Degeneres como conductora, plis. 

domingo, 15 de febrero de 2015

México (des)conocido

Los astros han sido favorables conmigo y me han permitido vivir, en distintas épocas, en probablemente las dos ciudades más turísticas de México: Cancún y Ciudad de México. No existen dos ciudades más distintas entre sí: una fue concebida en un proyecto empresarial y la otra carga la mayoria de los eventos históricos más importantes del país. Ambas han sido escenario de muchos recuerdos míos, pero, objetivamente, ¿cómo es vivir en ambas ciudades? ¿Es Cancún el paraíso prometido? ¿La Ciudad de México es realmente un infierno? 

            Unos cuantos datos biográficos: nací en el Estado de México en 1991. Al año siguiente o algo así, mi familia se mudó a Cancún, donde vivimos hasta el 2004; ese año  nos mudamos a la Ciudad de México, donde estudié la secundaria; el 2008 regresamos a Cancún, y en el 2012 yo regresé solitariamente a la Ciudad de México para estudiar la universidad. Como ven, mi vida es un ir y venir entre ambas ciudades, y a ambas las considero como mi casa; por eso mismo considero que puedo hablar de ambas ciudades porque las conozco bien; quizás conozco más a Cancún porque he vivido más tiempo en ella, pero aún así. Hace poco unos amigos provenientes del Perú visitaron la Ciudad de México y los hospedé en la casa donde vivo con mi abuelita; ir con ellos a varias partes de la ciudad fue como redescubrirlo todo y, de paso, ver con nuevos ojos los lugares que he visitado toda la vida. 

CIUDAD DE MÉXICO



Alguna vez tuve el placer de hablar con un chico ruso que me dijo que en Moscú no hay los rascacielos que existen aquí. Lo mismo me dijeron los peruanos. Yo volteé a mi alrededor y me pregunté: ¿Rascacielos? ¿Dónde? Fue hasta que visité por tercera vez el Castillo de Chapultepec que pude tener una vista que le hacía justicia a Paseo de la Reforma y de paso entender porqué comparaban a esta ciudad con Nueva York. 
         ¿Pero qué significa vivir aquí? Un amigo cancunense que visitó la ciudad me dijo que me notaba cambiado. "Esta ciudad te amachina". Lo que a él le asustaba; el tráfico y los automovilistas irrespetuosos, los borrachos dormidos en la calle, las mentadas de madre, los vendedores ambulantes y la fauna entera de personas que caminan en las aceras hace de caminar en la ciudad de México una experiencia semejante a la de un safari, sólo que sin coche o alguna otra protección que te ampare de los animales. A mí me parecía de lo más normal lo que a él le parecía llamativo. 
          Vivir aquí es menos peligroso de lo que la gente piensa. Mi amigo peruano me dijo que se sentía más seguro aquí que en Lima. La Ciudad de México no es una Ciudad Juárez o un Acapulco; mentiría si dijera que no hay inseguridad, pero hasta en la villa más alegre de Holanda hay asaltos. Parece que los jefes de gobierno anteriores realmente se interesaron aunque sea un poquito en invertir sabiamente en lo que más necesitaba la ciudad; el actual jefe, Mancera, se ha dedicado a arruinar los pequeños avances que la ciudad tenía, pero bueno, no todo es perfecto en México.  
         Ya podemos ir derribando algunos estereotipos: 

  1. Caminar a las 3:30 am en el centro histórico es una experiencia inolvidable y más segura de lo que cualquiera podría imaginarse. En otras palabras: salir a la calle no es un asalto seguro. 
  2. "Amores perros" ha hecho más daño que bien: la ciudad no se ve así de oscura y caótica.
  3. Es una ciudad aún más gay-friendly que la gran mayoría de las ciudades europeas (cof cof, Moscú, cof cof). 
  4. Hay menos basura en las calles que en Cancún, aunque no me crean.
  5. El cielo no está cubierto de smog; abundan los días soleados y puedes respirar hondo con la tranquilidad de que no tendrás cáncer de pulmón; también puedes tener hijos sin que tengan plomo en el cerebro, como aquel mito urbano te hizo creer. 

Gracias por nada, Iñárritu. 


         No se crean, muchos estereotipos sí son ciertos: 

  1. ¿Querías llegar temprano a una cita? Olvídalo: la puntualidad aquí es más rara que una moneda de cuatro pesos. Toda la gente llega de 10 a 20 minutos tarde, si les va bien: el puto tráfico tiene la culpa. Y ya ni en el metro puedes confiar...
  2. Los microbuseros sí van escuchando música grupera, de cumbia, o reggaetón. 
  3. La ciudad de México es la ciudad con más museos del mundo; ¿saben qué otro record debería tener? La de mayor número de marchas y manifestaciones POR DÍA. Pero qué les digo, la mayoría de esas marchas son tan necesarias... 
  4. ¿Te gusta vivir en paz y armonía? Olvídalo: esta ciudad es violentamente ruidosa: si no es música, son gritos, mentadas de madre, vendedores gritándole "llévele, llévele, a cinco pesitos" o los chicos de los micros que gritan "súbale, súbale"... 
  5. HAY MUCHA GENTE. MUCHA. Caminar en Madero, la calle más famosa del Centro Histórico, en los fines de semana, es desesperante. Un tramo que no te lleva más de cinco minutos, lo caminas en media hora, LO JURO.     
         Y desde el punto de vista turístico, ¿qué hay de bonito en esta ciudad? 

Bellas Artes: No se emocionen demasiado; el museo sólo vale la pena si vas los domingos o si hay alguna exposición interesante, porque unas cuantas pinturas no vale pagar ninguna entrada. Los eventos sí que valen todo lo que cuesta. By the way, caminar a lado de Bellas Artes garantiza una ceguera parcial, porque todo el blanquísimo edificio BRILLA UN CHINGO. 



Torre Latinoamericana: La vista del mirador es bonita pero no es la mejor. ¿El Restaurante-Bar? Pésimo servicio. 



Zócalo: Impresionante. Sólo estar ahí te revitaliza. La Catedral, Palacio Nacional, el Templo Mayor... Lo malo es que hay eventos en la plancha del zócalo a cada rato y no se puede apreciar bien. 



Museo del Templo Mayor: Está descuidado, sin duda lo mejor son los vestigios que están al aire libre. 



Calle Madero: Esta calle es una atracción por sí sola. Ah, no olviden comer los tacos de canasta que están a una cuadra del zócalo: están baratos y bien bonitos. 

¿Ven esto? Es Photoshop. La calle nunca está así de vacía. 

Frikiplaza: ¿Qué? Sigue siendo el mejor lugar para ligar divertirse en el Centro con menos de cincuenta pesos. Los videojuegos y la comida son la onda. Además, los Totoros que abundan en el lugar hacen feliz a mi corazoncito. 



Garibaldi. No vayas de día o te deprimirás. De noche tampoco es la gran cosa.



Alameda: Está muy bien, pero para caminar con tu pareja, hay muchos parques más bonitos, como el Parque Hundido. 



Centro de Coyoacán: Me encanta; el ambiente de feria, la comida, los helados, las artesanías, los museos... Es todo lo que la Alameda quiere ser y no puede.



Xochimilco: Perfecto para comidas en familia y pedas de amigos... Pero, no vayas si buscas un paseo relajante, no hay, no existe.




Museo Dolores Olmedo: El mejor museo de la ciudad de México, punto. No sólo por las obras; el ambiente tan tranquilo, los pavorreales, los xoloescuintles... Bellísimo. 



Museo de Antropología: Me caga la palabra "sobrevalorado", pero aquí aplica un poquito. De todas maneras, sigue albergando muchas de las piezas prehispánicas más hermosas jamás. Pero juro que le falta una remodelación...

Ojalá siempre sirviera esta fuente. 

Zona Rosa: Está muy bien para divertirse, pero los antros del Centro Histórico me gustan mucho más. 



Chapultepec: Hay zonas caóticas y llenas de gente; pero juro que hay zonas tranquilas donde puedes disfrutar del silencio como se debe. El Lago, aunque horriblemente verde, se disfruta con un paseo en lancha. El Castillo sigue siendo una belleza inconmensurable. 



Museo Soumaya: El segundo mejor museo de la ciudad. La única cosa buena que Carlos Slim ha hecho en su vida.



Basílica de Guadalupe: Visítenla aunque sean ateos, no se van a quemar si entran. 



Teotihuacán: No está técnicamente en la ciudad pero está muy cerca. Bello lugar, eso es todo. 



Cineteca Nacional: La amo, nunca cambies Cineteca, chocho. 



CANCÚN



No nací en Cancún pero hagan de cuenta que sí; la amo, ¿y saben en qué consiste el verdadero amor? Consiste en amar los defectos. Y Cancún tiene muchos, muchos...
         Olvídense de los siguientes estereotipos: 
  1. Vivir en Cancún no significa tener vista al mar.
  2. Vivir en Cancún no significa que sabes nadar ni que vas a la playa todos los días. 
         Jaja, ¿pero qué creen? Hay mucho más estereotipos que sí son ciertos:
  1. Los antros aquí son la locura.
  2. Los turistas las prefieren morenas/morenos. If you know what I mean... 
  3. Hace mucho calor. MUCHO. UN PUTERO. SÁLVESE QUIEN PUEDA. 
  4. Los hombres andan sin playera en la calle, las mujeres tampoco. 
  5. Las cosas sí son más caras, y los dólares se aceptan en todas las tiendas. 
        Tengo un problemita con Cancún; no se puede disfrutar a menos que cagues dinero. Y como yo no sufro diarrea monetaria, no conozco ni los mejores hoteles, ni los antros más famosos... Bueno, sí, sí los conozco: conozco las oficinas, las cocinas y esos lugares que sólo los trabajadores ven. Es como ver lo que hay detrás del glamour, detrás de bambalinas. Ver esta perspectiva me ha hecho conocer un Cancún que poca gente conoce, uno más sombrío y triste. :( 

Pero no sólo conozco esas ciudades, ¿qué otras cuántas he conocido, aunque sea un poquito? 

PLAYA DEL CARMEN



Es la hermana menor de Cancún. Sólo que está más tranquila, menos transitada, con más áreas verdes y AÚN MÁS CALOR, VÁLGAME DIOS. Amenaza con hacerse más grande, la muy perra. 


NAUCALPAN, ESTADO DE MÉXICO. 

La Ciudad de México vista desde Naucalpan. Naucalpan es tan feo que no merece una foto. La foto es viejita porque ahí sigue el famoso Toreo, y así siguen llamándole al metro.  

Este sí es el infierno, valedores. Aquí vivo; no quería decirles desde un principio, porque es tan chic decir que uno vive en el DF. Bueeeno, no es taan malo vivir en Naucalpan; es el menos pior de los municipios mexiquenses (tengo un amigo ecatepense que discutiría sobre esto conmigo). Olvidense; aquí si suelen asaltar, malditos sean. Hasta lo más bonito, Satélite, es feito de noche. ¿Y qué puedo decir de Los Remedios? Dicen que pronto será nombrado Pueblo con Encanto; nel, a Pueblo Mágico no llega ni aunque se diga mil veces que la Virgen de Los Remedios fue la primera Virgen de América y que probablemente el verdadero árbol de la Noche Triste está colina abajo de la Iglesia y no donde se supone que está. 


MÉRIDA



Lo poco que conozco de esta ciudad se veía hermoso. Espero ir de nuevo para reafirmar que es mejor ciudad de lo que aparenta. Pero eso sí, PINCHE CALOR, SU PUTA MADRE. 

PACHUCA Y REAL DEL MONTE. 



Pachuca está bien equis, a decir verdad. No hay mucho que decir más que lo que se dice siempre de otras ciudades: el centro está retebonito y la gente es bien retelinda ¡Pero Real del Monte es la onda! Es el Pueblo Mágico por antonomasia: requetebonito y con los pastes más ricos de la vida. Eso sí, PINCHE FRÍO, SU REQUETEPUTA MADRE. 

QUERÉTARO. 



Jamás pensé que lo diría pero amé con todo mi corazón esta ciudad: tiene el pasado colonial de la Ciudad de México y la modernidad de Cancún. La Plaza de Armas es la cosa más linda de la historia y la comida es deliciosa. El clima es taan equilibrado y templado; y bueno, la familia que nos acogió a los peruanos y a mí tendrá siempre un lugar en mi corazoncito. 

SAN MIGUEL DE ALLENDE.



Está bonito, hay helados ricos y está lleno de norteamericanos. Pero Querétaro se robó mi corazón; una vez más, te amo, Querétaro, my BFF 


¿Seguirán siendo favorables los astros conmigo? ¿Visitaré de nuevo Mérida? ¿Conoceré alguna vez Perú? ¿Los tacos de canasta en la calle Madero seguirán siendo tan ricos como siempre? ¿Guitar Hero y Yu Gi Oh seguirán jugándose en la Frikiplaza? ¿Seguirá siendo gratis el Museo Soumaya? ¿Zona Rosa se convertirá en Zona Roja? ¿Es Playa del Carmen mejor que Cancún? No se pierdan la siguiente entrada de mi blog; donde discutiré de estos temas y otros aún más irrelevantes, ¡viva México y muera Peña Nieto, cabrones!




PD: Cancún es obviamente mejor que Playa del Carmen, eso hasta un playense lo sabe. 

sábado, 7 de febrero de 2015

Los mandamientos de los estudiantes de Lengua y Literatura Hispánicas.


  1. Amarás al majestuoso, soberano, ilustre y magnánimo Alfonso Reyes por sobre todas las cosas.
  2. No tomarás el nombre de Saussure en vano.
  3. Santificarás las pedas.
  4. Honrarás a tu padre y a tu madre... sobre todo cuando te miran raro cada vez que tratas de explicarles (de nuevo) porque estudias lo que estudias.
  5. No matarás... a menos que sean los personajes de tus cuentos; de ser así, mátalos a todos. 
  6. No doblarás a la mitad la página donde te quedaste. Usa separadores, culero.
  7. No prestarás libros.
  8. De verdad, no los prestes.
  9. No robarás los libros que ya te prestaron. Devuélvelos, perra.
  10. No levantarás falso testimonio, sobre todo cuando te pregunten si has leído tal libro.
  11. No consentirás pensamientos ni deseos impuros hacia tus profesores. Déjate ahí, sucio.
  12. No codiciarás los libros ajenos.
  13. No sabrás responder con exactitud cada vez que te pregunten de qué vas a trabajar. 
  14. Rezarás "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí" todas las mañanas. 
  15. Aceptarás a José Revueltas como el Chuck Norris de la literatura mexicana. 
  16. No entrarás a las librerías El Péndulo o a Ghandi para pasear tus frivolidades. Mejor compra en los tianguis, pinche poser. 
  17. Retacarás tu librero personal con ediciones de "Sepan Cuántos"
  18. No te saltarás las notas a pie de página de Cátedra. Sobre todo las que ocupan la mayor parte de la página.
  19. Te preguntarás si la literatura es lo tuyo después de haber leído el Mio Cid en español antiguo.
  20. No sabrás traducir del latín al español por mucho que hayas memorizado las cinco declinaciones. 
  21. Mirarás feo a todos los que lean a Paulo Coelho, Carlos Cuauhtémoc Sánchez, Stephanie Meyer y a todos los escritores de best-sellers, manteniendo en secreto que tú los leíste en el pasado (o los sigues leyendo)
  22. No participarás en clase si vas a repetir lo mismo que acaba de decir el profesor, sólo que en otras palabras
  23. No declamarás poesía con el mismo tono de voz de Sabines, Benedetti o Cortázar. 
  24. No desdeñarás a la lingüística. 
  25. No citarás libros que ni siquiera has abierto en tus investigaciones y trabajos finales.
  26. No presumirás de haber leído un libro si solamente leíste las primeras treinta páginas. 
  27. No despreciarás los prólogos.
  28. No entenderás los libros de teoría literaria.
  29. Tampoco entenderás al signo linguistíco del todo. 
  30. No podrás definir a la literatura. Nunca. 

*El autor de estos mandamientos no se jacta de haberlos cumplido todos al pie de la letra. 

martes, 27 de enero de 2015

Los niños y la muerte: Negación y Rabia

[Vuelvo a mis raíces. Ésta es la primera parte de la novela que comenté el otro día, en la entrada "¿Por qué melómano? Parte II". Subiré la segunda parte sólo si leo uno o dos o más comentarios; para saber si alguien se tomó la molestia de leer, pues. Si no recibo comentarios, pues no subiré la segunda parte. Me lean o no, los amo :) ]


Los niños y la muerte




Negación



Entran los creyentes a la iglesia, uno por uno agachando la cabeza, apiñados, evitan las miradas férreas de los santos y las vírgenes de piedra. Casi no caben por las puertas; se abanican con sus ropas negras, sudan, respiran, parpadean. Los vitrales que relatan los misterios de Jesús iluminan de azules y amarillos a la nave. Los asustados monaguillos cantan y unas manos caen sobre las teclas; los tubos del órgano, torres de un castillo musical, se estremecen con el temblor de los pasos y la música lúgubre; elegíaca.
Un hombre, a la cabeza de la fila, se derrumba sobre el piso de baldosas.
            Los hombres detrás de él lo levantan mientras se queja. Se llama Ezequiel. Atrás de él está su esposa, Epifanía. Más atrás, con sus doce años intactos, Servando; el hijo que les queda.
            La oscura muchedumbre se sienta y el joven sacerdote se levanta. Frente a él, un círculo de velas ilumina a la urna de metal. El silencio de los creyentes tranquiliza al sacerdote en su primer réquiem. Su sermón está colmado de ademanes enérgicos y sonrisas patéticas.     
La mirada nauseabunda de Ezequiel no enfoca bien; cuando mira de reojo a su mujer, percibe sus rasgos como si los cubriera la neblina. Epifanía lo ve con nitidez, más su garganta y sus labios se hallan cerrados como si ella también fuese de piedra. Ninguno de los dos mira a Servando, quien aprieta la mano de su padre como si pendiera de la orilla de un precipicio. Servando puede ver a sus padres sin dificultad. Pero todos sus sentidos están encauzados hacia la urna de metal.
¿Por qué hicieron cenizas a mi hermano?, se pregunta, mientras las luces y las sombras se entremezclan en las paredes y los arcos de la iglesia. ¿Por qué lo hicieron cenizas?, repite, mientras el joven sacerdote sonríe. ¿Por qué?; y unas risitas, pueriles, secretas, femeninas, brotan del silencio del santuario. Servando mira al sacerdote pero éste ahora habla de las almas con una seriedad apabullante. De nuevo se escapan las risitas; se escurren por debajo de las bancas, se deslizan en medio de los pies, se alzan sólo para hacer cosquillas en los pequeños oídos de Servando; le duelen como un duro puñetazo, cierra los ojos hasta llorarlos. Las sombras y las luces se confunden como el día y la noche en el reloj; Servando sólo puede abrir los ojos cuando siente una mirada acosadora.
Vestido de negro, como todos, el hombre observa al niño como a un hijo. Huérfano a lado de sus padres, Servando siente más escalofríos. Desaparecen los azules amarillos; el cielo se hace opaco y diamantino, el presente y el pasado se mezclan en un tiempo de cenizas; el joven sacerdote sonreía y sonreía. 



Rabia

  
Acérquense, niños del mundo; debo contarles una historia. Si Dios tuviese que escoger a su persona preferida, ¿a quién elegiría? Éste es un fuerte candidato: un hombre que esparce rosas sobre la cama que comparte con su novia, Virginia, mientras tararea una canción y piensa en su futuro con ella: la boda, los hijos, la seguridad económica, la aprobación de los padres y la satisfacción tras cumplir todos los objetivos que la sociedad posmoderna exige con su mirada inquisitorial. ¿Saben qué es lo mejor de este hombre? No es capaz de predecir que en menos de veinticuatro horas morirá. Un revólver está escondido en uno de los cajones del dormitorio, ¿será en los cajones del ropero, del tocador, o en los cajones viejos debajo del colchón? En otro de los rincones de la habitación está escondido el papeleo burocrático de la compra del revólver, a nombre de Virginia Suárez. La mujer en cuestión entra al dormitorio sin tocar la puerta y sorprende a su novio, quien seguía lanzando pétalos hacia la cama con los mismos ademanes infantiles que le conoce.
            -¿Qué haces? –ella sonríe y alza las cejas.
            -No sé, pero me gusta –dice él. Se acerca a ella y la abraza; él es tan alto que la punta de sus cabellos le llega a la barbilla.
            -Tú y tus cursilerías –el hombre también se ríe de sí mismo tras escuchar el comentario de su novia.
            -¿Te acuerdas lo que te dijo tu amiga? ¿Eso de que nadie conoce a nadie? –pregunta él.
            La mujer le responde con un beso. La bala sigue latiendo en el interior del revólver.
            Pero éste no es el hombre favorito de Dios. Éste hombre se llama Gael, niños, y sé que a él también le gustan los juegos de mesa tanto como a nosotros. Si salimos del dormitorio y nos alejamos lo suficiente, podemos alcanzar una vista panorámica del tablero. Una ciudad llamada Cancún. El escenario perfecto para su noviazgo.
            Las luces del dormitorio se apagan. En las calles de Cancún los faroles permanecen encendidos pero no pueden contra la oscuridad. ¿Alguna vez han estado en la playa a las dos de la mañana? Virginia opina que es así como se vería su mente si un psicólogo se adentrara en ella. Los susurros de la espuma entremezclada con la sal. La mirada de la noche. La boca del mar.
            En aquel momento, un psicólogo se adentra en Virginia y no en una manera poética. Cuando terminan, se quedan dormidos al instante. En la mañana, a Virginia le toca recoger cada uno de los pétalos de rosa.
            Tres de enero del 2015, a las siete de la mañana: la rutina de este día es diferente. Gael no está alistándose para irse al trabajo. Virginia tampoco está preparando el desayuno. Mientras Virginia limpia de rosas al dormitorio, Gael está esculcando el bote de basura del baño. No le importa ensuciarse las manos. Está recopilando trizas de papel. Cada pedazo roto contiene fragmentos de una letra descuidada y temblorosa, palabras como: besos, conejo Tim, enfermedad y ultrasecreta brillan entre la mierda.
            Trece de enero del 2014, a la misma hora: Gael observa su rostro en el espejo del baño. La piel tersa de éste hombre se estira en un rostro cuyas facciones se han quedado estancadas en la pubertad. Se demora hasta quince minutos para conseguir el peinado deseado: un cabello de estilo alborotado y casual. Se coloca la vestimenta que regularmente usa desde que Virginia lo conoce: tenis deportivos, pantalones de vestir, camisa blanca, saco y corbata. 
            Cuando Gael termina el desayuno y sale de casa para irse a trabajar, ella se lanza a sus brazos y le susurra:
            -¿Te vas a ir sin pedirme perdón?
            -¿Qué?
            -Sigo enojada.
            El tono serio en la voz de su novia le indica que debe borrar su sonrisa. Toma el rostro de ella con ambas manos y acerca sus labios hacia su boca. Los vecinos pueden observar el prolongado beso que Gael y Virginia se dan en el umbral.
            -Ya sé qué hacer cada vez que te enojes –Gael recupera su sonrisa.
            -¿Están en las instrucciones que venían cuando me compraste?
            -Estoy tratando de resetearte pero no puedo –Gael interrumpe cada palabra con un beso.
            -Vas a tener que hacerlo mejor.
Ella se queda en el umbral para ver a su novio tras el volante, en un automóvil compacto que se desliza en un vecindario de clase media; y, como todos los barrios de Cancún, tiene un nombre relacionado con lo caribeño: Villas del Mar. Gael atraviesa la calle Cangrejos, donde las familias Cetina, Pech, Sánchez, Alcántara y Ramírez habitan en una contaminación sonora propiciada por los ladridos de sus perros, la algarabía musical compuesta por reggaetón, música ochentera y boleros, los gritos de las amas de casa, las risas de los niños que juegan futbol con una botella de plástico y los llantos de los bebes nacidos en un año caracterizado por el baby boom. Es el turno de Virginia para verse en el espejo y tratar de componer lo que a ella le parece que no tiene arreglo: las cicatrices tenues de su piel láctea, su nariz respingada, las ojeras provocadas por los libros que lee durante las madrugadas y su cabello rebelde que ella alisa con una plancha. Mientras tanto, Gael conduce su Volvo en las calles tiznadas de un Cancún en estado de putrefacción. Ha salido por fin de los laberintos de Villas del Mar, donde todas las casas, exceptuando algunas mínimas diferencias, son idénticas. En quince minutos se detiene en el estacionamiento de su lugar de trabajo: un colegio privado donde se desempeña como psicólogo.
¿Acaso Gael recopila el historial psicológico de todos los pacientes que han visitado su consultorio durante los últimos siete años? ¿De todas los alumnos inconformes, los padres furiosos, las madres nerviosas, los profesores hartos? En un lapso de siete años podemos encontrar la expulsión de tantos alumnos, la dimisión de tantos profesores y las quejas de tantas familias; y todos esos archivos caben en una simple carpeta que se esconde en uno de los cajoneros de su consultorio, de la misma manera que, un año después, un revolver de calibre 38 SP se esconderá en su dormitorio. ¿Habrá alguien que aprecie el valor de los documentos privados que un psicólogo guarda en sus cajones? Sí. Virginia Suárez, escritora amateur, nunca ha reconocido que la mayor fuente de inspiración para sus cuentos proviene de las secretas tragedias que muchas familias lidian en el interior de sus casas, tragedias documentadas por su novio. La pregunta siempre ronda en el blog donde Virginia sube sus cuentos: ¿cómo obtienes inspiración para tus historias? La respuesta es siempre un espacio en blanco.   
El pacto, si podemos llamarlo así, entre Virginia y Gael, es más bien como el movimiento estratégico de un juego de ajedrez.
-No me vas a dejar nunca, ¿verdad? –le susurra Gael a su novia cuando se encuentran debajo de las sábanas.
-Déjame en paz –una risa socarrona se escapa de la nariz de ella.
-Pero yo soy tu paz interior, una vez me lo dijiste.
-También puedes ser mi guerra interior, así que aléjate… No se supone que debas saber esas cosas –el punto final de su oración es un leve beso en el cuello de su novio.
-Pero soy psicólogo, quieras o no las sabré –Gael adopta un tono burlón-; además, yo quiero saber todo sobre ti…
-Yo no quiero saber todo de ti –la voz de ella se amortigua en el abrazo que le da él.
Gael y Virginia son novios desde el 14 de diciembre del 2011, tras un año de lágrimas de él y un año de regalos para ella. Gael afirmaba que la mayor parte de sus ingresos no proviene de su sueldo como psicólogo en un colegio privado, sino como prestanombres para su padre, uno de los dueños de la cadena hotelera más exitosa de Cancún. Se sentía en la necesidad de aclararlo cada vez que Virginia le preguntaba si los regalos que le compraba no le resultaban muy costosos: aretes de oro, fragancias importadas, tratamientos para la piel y entradas a Xcaret.
-Mi papá conoce a casi todas las personas importantes de Cancún –decía Gael.
-Yo conozco a todos los escritores importantes de Cancún, ¿eso cuenta? –decía Virginia.
-¿…Hay escritores en Cancún?
 Cuando Gael le pidió que viviera con ella, lo hizo regalándole un automóvil Volvo.        -¡Pero yo no sé manejar, tonto! –las lágrimas de Virginia rodaban hasta llegar a su sonrisa. Gael la tomaba de la mano mientras revisaban cada esquina del automóvil recién comprado y estacionado afuera de la casa de ella.
-¡Pero te puedo enseñar! –dijo él.
Virginia nunca aprendió. Pero aceptó a vivir con él sólo si aceptaba una condición.
-¿Cuál? –preguntó Gael.
-Quiero ser escritora –dijo Virginia-. Desde niña; y te prometo que voy a ser escritora. Sólo necesito tiempo. Sólo necesito…
-No te preocupes, mi amor. Está bien.
Mientras Gael atiende a familias disfuncionales durante su jornada laboral de ocho horas, Virginia se queda en casa para hacer algunas labores domésticas; pero sobre todo, para acabar su primera novela, Las mujeres que no saben bailar.   
-¿Puedo leerla tantito? –preguntaba Gael cuando ambos cenaban en el comedor, con la mesa y las sillas más caras del supermercado.
-No, no, espérate a que la acabe –Virginia sonreía mientras masticaba el último bocado de lasaña que quedaba en el plato.
Así han trascurrido tres años. Gael le prometió a Virginia que dentro de poco vivirán en una enorme casa de la zona residencial más exclusiva de Cancún: La Isla.
-Sólo estoy esperando a que la terminen de construir –dijo Gael cuando Virginia le preguntó sobre la casa-. Sólo eso, y nos mudamos para allá.
-Es que ya estoy harta de los vecinos ruidosos; y aparte, ¡son unos chismosos! El otro día la señora de aquí a lado, ni me acuerdo cómo se llama, me preguntó cuánto ganas. ¡Son tan… ay!
Gael la calló con un beso. ¡Si todas las mujeres fuesen tan fáciles de besar como a Virginia, si todos los hombres besaran como Gael, si todos los besos de los hombres callaran todos los arrebatos de las mujeres… pero, ay, no vivimos en un mundo fabricado de buenas intenciones! Vivimos en un mundo donde Gael y Virginia son novios, donde él se deja desnudar por ella y no al revés; y cada vez que ella acepta hacerle sexo oral, él dice, con su característica sonrisa de súplica:
-Gracias.
Gael se ha interesado tanto en la literatura que incluso ha tratado de escribir varios cuentos. Cuando se enteró que los profesores del colegio estaban organizando un taller de creación literaria, Gael no tardó en recomendar a su novia como una muy buena cuentista que incluso ha alcanzado cierta fama en la blogósfera del internet. Permitieron que Gael y su novia entraran al taller como una pareja de escritores que funciona como una sola cabeza.
El taller dio comienzo a mediados del 2013, y desde ese entonces ha funcionado tan de maravilla que incluso se está gestando un trabajo editorial para lanzar una publicación que recopila las mejores obras. ¿Será acaso la oportunidad que Virginia buscaba para hacerse un hueco entre el ámbito editorial cancunense? Pero, ¿qué género de cuentos y poemas podemos esperar en un taller como éste? Escuchemos un ejemplo de las conversaciones que se suscitan en el taller:   
-Ya estamos muy grandecitos para seguir narrando asesinatos.
            -¿Entonces de qué vamos a escribir? ¿De desayunos? ¿Paseos en bicicleta? ¿Lunas de miel?
            -Bueno, entonces escribamos de sexo, como siempre. 
            -¿Es que a nadie le gusta la literatura infantil?
            -Me niego a escribir sobre niños y sexo. ¿Alguien, aparte de mí, no quiere escribir sobre sexo?
            -Levante la mano el que no incluya escenas de sexo en todos sus cuentos.
            El más callado en estas tertulias literarias es Gael, quien mantiene la boca cerrada mientras los ve hablar. Aquellos profesores aficionados a la escritura se la pasan dando vueltas sobre sus temas favoritos como las comadres que repiten una y otra vez el mismo chisme fingiendo que no lo habían escuchado antes. Cuando terminan de leer sus ejercicios literarios (reflexiones en prosa o haikus en su mayoría), les urge explicar cada una de las palabras que usaron en sus obras. Se explayan tanto que siempre terminan usando más palabras nuevas que les suscitan necesidades de explicación hasta que finalmente terminan usando palabras que no existen.
            Cuando a Virginia le toca el turno de leer, todos cruzan las piernas o apoyan sus cabezas en sus manos para darle a entender que la están escuchando.
            El cuento de Virginia narra las alevosas tácticas que traman ciertos profesores en una preparatoria para embaucar a ciertos alumnos e ingresarlos a orgías clandestinas y a negocios de prostitución y narcotráfico. Cuando Virginia termina de leer, ésta levanta la mirada y se da cuenta que todos permanecen en la misma posición con la que empezaron a escucharla, pero sus miradas se hallan ausentes y sus oídos apuntan a otras direcciones. Con las palabras más amables que pudieron encontrar, dicen:
            -¿Por qué escogiste ese tema?
            -Suenas como una periodista de nota roja.
            -Yo no creo que tus personajes tengan fundamento psicológico.
            Uno de los profesores se ha quedado callado mientras los demás exponen sus críticas. Es un hombre calvo que sufre obesidad mórbida, con ojos que parecen esconderse en sus cuencas, nariz gorda, labios pequeños y un mentón donde crece una barba incipiente. Gael se fija en él, pero no ve aquellas particularidades: se fija en sus manos regordetas, donde la mugre se esconde en sus uñas. Aquel hombre se llama Salazar.       
            En la semana siguiente, Gael y Virginia no llevan ningún cuento. Se excusan diciendo que no tuvieron tiempo para escribir, pero que escucharán encantados los cuentos de los otros. Cuentos como el de Salazar, quien decide ser el primero en leer. Se pone de pie como si fuera necesario y comienza. El círculo de profesores lo escucha atentamente, adoptando las mismas posiciones para dejar en claro que se le está poniendo atención.
            Salazar termina de leer, se sienta, reposa el texto en sus rodillas y entrelaza sus manos gordas.
            -¿Qué te pareció, Virginia? –pregunta.
            -Estoy sorprendida –responde ella-. Hace una semana decías que no querías escribir cuentos tan… sexuales.
            -Pero el sexo no es lo importante, ¿o sí?
            Virginia se queda tan callada como su novio.
            -¿Te pasa algo, Gael? –pregunta una profesora.       
La mirada de Gael es sombría a pesar de que el salón está inundado de luz. La seriedad es el comportamiento estándar de Gael en el trabajo; cualquier esbozo de emoción en su rostro sería visto como un evento inaudito. En ese momento, cuando una perturbación asalta a Gael de una manera tan visible que hasta ellos se dan cuenta, han descubierto que él posee emociones tan poderosas como las de cualquier otro y que el cuento de Salazar las ha despertado. 
Como todos tienen la mirada fija sobre el joven profesor, nadie se percata de que Salazar parece estar al borde de un ataque de pánico.
Los profesores ignoran que el cuento que Virginia había leído la semana pasada, titulado El odio de Dios, era en realidad el resultado de una investigación que le ha tomado seis meses.
Lancemos los dados de nuevo. Regresemos al principio del tablero: el trece de enero del 2014. El día que Gael conoce a la familia Cruz.
La cita de la familia Cruz ya estaba agendada en los archivos de Gael desde finales del 2013, pero fue hasta principios del año que lograron conseguir dos horas del tiempo del psicólogo. Son las diez de la mañana con siete minutos cuando la familia Cruz entra al consultorio sin tocar la puerta. Los cuatro miembros de la familia contemplan el decorado del consultorio: las paredes blancas que parecen absorber la luz del sol, el tablón donde están pegados los dibujos hechos por los pacientes de Gael, el televisor de cuarenta pulgadas donde una consola de videojuegos está instalada y las estanterías recatadas de libros, películas y juegos de mesa.
Mientras la familia Cruz se dirige al escritorio donde Gael se escuda como si se tratase de su trinchera, éste observa las características físicas más sobresalientes de cada miembro de la familia: la piel amarilla del padre, los ojos saltones de la madre, la piel blanquecina del hijo mayor, la dentadura imperfecta del hijo menor. Ezequiel, Epifanía, Esteban y Servando 
-No he podido dormir bien en más de un año –dice Ezequiel después de que su esposa haya explicado la situación general de la familia-. No hemos podido dormir, más bien, porque sé que mi esposa también… Es como cuando eran unos bebes, ¿verdad, amor? Como cuando eran unos bebes y lloraban todo el tiempo.
-Ahora los que lloran todo el tiempo somos nosotros –se ríe Epifanía pero borra su sonrisa al instante después de ver el semblante sombrío de su esposo.
Epifanía y Ezequiel hablaron sin cesar durante la consulta. Gael los escucha atentamente pero de vez en cuando deja que su mirada se desvíe para ver mejor lo que los niños hacen: Esteban se queda quieto en su silla y Servando se la pasa dando vueltas en el consultorio y tocando todo lo que está a su alcance.
-¡Estáte quieto, ya tienes doce años! –le grita su madre. Servando no hace caso.
La consulta duró más de dos horas. Cuando la familia Cruz sale del consultorio, Gael se siente tan cansado que decide postergar la siguiente cita para salir al aire libre y darse un respiro. Decide ir a la cafetería para comprar galletas; mientras se las come, observa el ir y venir de los niños de seis a quince años que estudian en aquel colegio. Un colegio donde se estudia la educación primaria y secundaria.
-Dime lo más sucio que has hecho en toda tu vida –Virginia trata de aguantarse la risa. Ella y su novio llevan a cabo su pasatiempo favorito: hablar de estupideces debajo de las sábanas mientras se acarician.
-Cuando tenía diez años –Gael habla lentamente, cada sílaba colmada de pena-, me gustaba masturbarme con mi primo.
Virginia explota en una carcajada tan escandalosa que Gael también empezó a reír.
-Todo este tiempo supe que eras un poquito gay –dice ella.
-No lo soy –Gael hace una mueca de asco.
-Cálmate.
Gael sonríe de nuevo -Me haces sentir mejor. Hoy creo que recibí a los pacientes más difíciles que he tenido en toda mi vida.
-Oh por Dios, ¿peores que Rocío y su hija?
-Infinitesimalmente peores –Gael extiende los brazos como si tratara de describir la grandeza de un monstruo salvaje.
-…No se dice así, mi amor, pero prosigue.
-Es en serio. Es que su hijo mayor, Esteban, pues siempre ha tenido problemas de salud desde que nació. Pero ahora resulta que los doctores ya diagnosticaron que tiene una esperanza de vida aún más corta de lo que creían. De hecho, apenas le dan unos meses más de vida.
-¡Ay, no! Pobrecito…
-Sí. Y los padres, por supuesto, están devastados. ¿Cómo le dices a tu hijo que se va a morir pronto?
-¿Y el niño cómo está?
-Se quedó callado todo el tiempo. Pero se veía tan raro, amor, como si… como si ya nada le importara. Sus padres lloraron casi todo el tiempo que estuvieron ahí.
-Qué horrible.
Cinco segundos de silencio fueron suficientes para que Gael entendiera la indirecta:
-Quieres escribir un cuento sobre ellos, ¿verdad?
-No, no; o sea, sí lo pensé pero…
-Qué horrible eres tú –Gael sonríe.
-¡Pero qué fea puede llegar a ser la vida! ¿Los vas a seguir viendo?
-Les dije que quería verlos dos veces por semana.
El mes de febrero transcurre con aquella rutina semanal: la cita de la familia Cruz son los martes y los jueves, y los miércoles y los viernes son los talleres de creación literaria. Los trabajos de edición del recopilatorio de cuentos se complican más y la familia Cruz cada vez se ve peor conforme pasan las semanas. Las ojeras de Ezequiel se engrandecen, los brazos de Epifanía enflaquecen, Esteban sigue viéndose más pálido y, para más catástrofe, Servando parece acumular todos los síntomas de la epidemia de influenza que está brotando en Cancún: estornudos incesantes, tosidos flemáticos, diarrea frecuente, ojos enrojecidos y fiebre inconstante que engaña a cualquier médico. La rutina en las mañanas sigue imperturbable: el desayuno de Virginia, la melodía tarareada, la absoluta ignorancia de la inminente tragedia. Cuando termina la jornada escolar Gael guarda su computadora en su mochila, sale de la escuela y se sube a su Volvo, tarareando la misma canción que tarareaba en la mañana. Su novia lo recibe con una mirada enternecedora y él intenta una sonrisa mientras la besa. Se acuestan juntos y él se queda dormido tan fácilmente como un niño que está exhausto de haber jugado tanto.
Cuando Gael no llega tan fatigado, él decide acostarse temprano para que Virginia comience a desnudarlo. Sus relaciones sexuales duran entre veinte y treinta minutos. Cuando terminan, continúan la misma conversación que tenían antes de que se acostaran. O a veces no, a veces simplemente se quedan callados, en un silencio que han aprendido a dominar. Atrás quedan los días de los silencios incómodos, esos silencios que sólo atacan a las parejas primerizas.
-Te vas a enojar con lo que te voy a decir ahorita–dice Gael
-¿Qué hiciste?
-Ya decidieron qué cuentos van a ser publicados en el recopilatorio.
-¿Sí? ¿Y qué cuento me van a publicar?
-Vete al carajo.
-Ah. No es mi mejor cuento pero… ¿Y cuál cuento te van a publicar?
-Ninguno.
-¿Así se llama uno de tus cuentos?
-No. Ninguno me van a publicar.
-¿En serio? ¿Pero por qué?
-No sabes disimular tu sarcasmo, mi amor.
-Pero Gael, yo supervisé cada uno de tus cuentos, me aseguré de que fueran…
-La verdad es que me dieron a escoger. No había espacio para dos cuentos nuestros, además, ¿no se supone que éramos “dos escritores en uno”?
-Sí pero… Ah, entonces decidiste que a mí me publicaran pero a ti no.
-Pues es lo que querías, ¿no?
-En serio, no sabes decir que no, Gael.
-Pero…
Virginia se levanta de la cama y sale del dormitorio.
Gael aún sigue un poco malhumorado al día siguiente, a las diez de la mañana, cuando le toca recibir de nuevo a la familia Cruz.
-¿Siguen sin funcionar las pastillas contra el insomnio que le recomendé, señor? –pregunta el psicólogo.
-Puedes tutearme, Gael –dice Ezequiel mientras aprieta las manos esqueléticas de su esposa-. Y no las he comprado; la verdad es que no hemos tenido mucho dinero últimamente y…
-No se preocupe.
Para la sorpresa de Gael, en aquella consulta no hay ningún llanto; ni siquiera un berrinche de parte de Servando. La consulta se desarrolla de manera tan amena como si se tratase de una conversación de sobremesa. Epifanía y Ezequiel le relatan al psicólogo la manera como se conocieron (“Ya éramos pareja desde la prepa, ¿puede creerlo?”), la etapa de abundancia económica que gozaron a principios de la década pasada, los viajes que realizaron por Europa y Asia, (“tenemos por ahí un elefantito de porcelana que creo le podrá gustar, es de la India si no mal recuerdo”) y la membresía que poseían en un club de degustación gastronómica organizado por la empresa donde trabajaba Ezequiel.
-Teníamos veinte por ciento de descuento en casi todos los restaurantes, ¿verdad, Ezi?
-Pero acuérdate, Fani, que casi nunca íbamos…
-…porque David siempre nos invitaba a comer –dicen al unísono.
-¡Siempre hacía fiestas tan buenas! –dice Epifanía.
-Quisieron dejarte en claro que alguna vez fueron exitosos –dice Virginia durante la cena. Gael la escucha a la vez que bebe Coca Cola-. Como si les avergonzara sufrir…
-Pues yo no le veo lo malo en recordar las veces que uno fue feliz.
-¿Sabes qué pienso? Creo que en el fondo odian a su hijo...
-No puedo creer que pienses eso.
Gael se levanta de la mesa y comienza a recoger los platos y los vasos vacíos.
-Pues perdóname por no creer que todas las personas que sufren son buenas…
-No es eso, es que… -Gael pone los ojos en blanco y se dirige a la cocina.
Virginia lo abraza mientras él lava los platos.
-¿Te enojaste mi amor?
-Esa pobre familia está sufriendo y tú...
-¿Vas a llorar?
-Claro que no –Gael suelta una risa nasal.
-Porque parecía.
Virginia sigue abrazando a su novio mientras él continúa lavando trastes en el fregadero. La mujer observa las manos de Gael mientras frota con un estropajo cada cuchara, cada tenedor, cada vaso de cristal. 
-Es que me asusta, mi amor. ¿Cuándo nos vamos a mudar a La Isla?
-Aún no sé –la voz de Gael se escucha molesta.
-Tú me haces feliz a mí.  
Gael la mira de reojo. Finalmente sonríe y la abraza con sus manos enjabonadas.
La primera consulta de marzo es con la familia Cruz. Gael no percibe mejorías en la familia, así que decide abordarlos desde otra perspectiva. El archivo de la familia Cruz está lleno de anotaciones que revelan la naturaleza de todas las consultas habidas hasta ese momento: los padres hablan todo el tiempo, los niños se quedan callados. Sobre todo Esteban. A veces Servando habla para pedir permiso de ir al baño. ¡Pero ni siquiera conozco la voz de Esteban!, piensa Gael. En el borde de una de las páginas contenidas en la carpeta “familia Cruz”, aparece escrito la siguiente anotación: ¿Quién necesita más mi ayuda?
Gael intenta que Esteban y Servando se dibujen a sí mismos a la vez que Ezequiel y Epifanía siguen hablando de la riqueza que alguna vez acumularon en el banco. Cuando termina la consulta, los niños entregan sus dibujos a Gael. Servando había usado todos los colores que encontró en el baúl de juguetes. Esteban sólo utilizó el color negro. Su dibujo consiste en una simple silueta. Gael pega aquellos dos dibujos en el tablón de su consultorio, donde se encuentran los demás dibujos coloreados por otros niños que han pisado su consultorio. El cuatro de enero del 2015, cuando los agentes policíacos entren al consultorio de Gael para catear una de las escenas del crimen, encontrarán aquellos dos dibujos en perfecto estado. 
-Me gustaría tener una cita con Esteban –dice Gael al final de la quinta cita. Tanto Ezequiel como Epifanía miran a Gael como si fuese la primera vez que lo veían-. A solas.
-¿Estás seguro? –pregunta Ezequiel, quien ya no puede disimular el temblor de sus manos; un síntoma más de su insomnio.
-Si a Esteban no le molesta, claro. ¿Te gustaría que habláramos a solas, Esteban?
Esteban levanta la mirada. Es la primera vez que el psicólogo dice su nombre.
-¿Sí o no, mi amor? –pregunta Epifanía.
Esteban no contesta. Se limita a asentir con la cabeza.
Aquella noche, Gael es tan víctima del insomnio como lo es Ezequiel. Tan sólo están separados por unos cuantos kilómetros de distancia; Gael no se mueve demasiado en la cama porque teme despertar a su novia. Ezequiel se levanta dos o tres veces para ir al baño. Ezequiel logra dormir hasta las tres y media de la madrugada. Gael duerme hasta las cuatro con quince minutos.
Esteban toca la puerta del consultorio. Gael, a sabiendas que es él, se levanta y se toma su tiempo antes de abrirle: checa la hora del reloj (diez con cincuenta y seis minutos), se observa en el espejo colocado en el centro de la estantería y le da un último sorbo a su taza de café. Cuando Gael abre la puerta, encuentra a Esteban en el suelo, sentado sobre el piso de baldosas. 
Esteban levanta una mano. Gael mira hacia los lados y ayuda a Esteban a levantarse.
-Cierra la puerta al entrar.
Esteban obedece. Gael espera a que el chico se siente frente a él, para que pueda sentarse.
Ambos colocan sus manos sobre la superficie del escritorio.
-Llegas algo temprano –Gael señala su reloj de bolsillo: un Rolex con pedrería de plata.
-Perdón –dice Esteban.
Gael sonríe –No quise… ¿Qué es eso que tienes ahí?
-Son mis medicinas –Esteban alza la bolsa de plástico donde se encuentran varios medicamentos.
-¿Y por qué no los pones adentro de tu mochila?
-Porque si los meto se me va a olvidar metérmelos.
Gael se queda callado durante casi un minuto. Si fuera decisión de Esteban, la consulta se desarrollaría en el silencio más tranquilo, mientras él toma sus pastillas y Gael lo contemplase como los turistas contemplan las obras de un museo. Pero las manos temblorosas y la mirada apagada del psicólogo delatan su nerviosismo, ¿o es que también tiene insomnio?, se pregunta Esteban.
-¿Cómo te sientes? –pregunta Gael.
-Bien.
-¿Hay algo de lo que quieres hablar?
-Mmm… no.
El semblante de Esteban es de sencilla condescendencia, como si esperase a que Gael lo sometiese a cualquier otra prueba psicológica para mantenerlo ocupado. En espera de que el psicólogo se decida, Esteban le echa un vistazo a su alrededor. Siempre le ha parecido curioso aquel colorido consultorio. Cuando observa los juegos de mesa apilados en la estantería, los señala y le pregunta a Gael:
-¿Podemos jugar?
-…Sí, ¿por qué no?
Marzo es el mes prototípico de Cancún. El calor se encuentra en su medida justa: lo suficientemente bochornoso para que los hombres salgan a la calle sin camisa, pero también, lo más agradable posible para que a la sombra de los árboles aún pueda disfrutarse de la brisa marítima. La influenza que azota a la ciudad no ha tenido tan graves consecuencias cómo se vislumbraba y al parecer ha disminuido tanto que la alarma epidémica ha bajado sus defensas. Son buenas noticias para los empresarios cancunenses, quienes prevén más del 90% de ocupación hotelera debido a los springbreakers.
El calor que ahora disfrutan los turistas en las playas y las piscinas de los hoteles de cinco diamantes es el mismo que se encierra en el consultorio de Gael, donde las paredes blancas reflejan la misma luz áurea del exterior. Después de tres consultas, Gael ha logrado formarse una idea de las características físicas de Esteban más allá de su piel blanquecina. Todas las noches, antes de acostarse en compañía de su novia, Gael recuerda sus facciones femeninas, su cabello incipiente y desprovisto de color, el caminar arrastrado de sus pies, su voz ronca y a la vez aguda; y sus ojos, su nariz y su boca, ¡tan pequeños que Gael siente que puede apretarlos en un solo puño! Pero lo que más recuerda son sus manos. Sus delgadas manos, con sus aún más frágiles dedos. Sus uñas llenas de puntitos blancos.
Gael observa a su dormida novia. No puede dejar de sentir cierta desazón y cólera al recordar sus palabras.
-Yo también quiero ser escritor –dice Esteban cuando Gael le platica sobre su novia.
En la superficie del escritorio se encuentra el tablero de Serpientes y Escaleras. Gael detiene su intento de lanzar los dados tras escuchar las palabras de Esteban.
-¿En serio?
-Sí.
-¿Puedo leer algo tuyo?
Esteban sonríe. Es la primera vez que Gael lo ve sonreír. Es una sonrisa muy distinta a la de su hermano: su dentadura es perfecta y sus dientes son blancos. ¿De qué se supone que está enfermo este niño?, se pregunta el psicólogo.
-Te toca tirar. ¡Espera! –Esteban extiende los brazos-. Aún no tires. Mejor… bueno, si tira, pero si te toca serpiente, no lees nada mío.
-Pero si me toca escalera, ¿puedo leer algo tuyo?
Esteban no responde y observa los dados. Gael los recoge, los agita un poco y los lanza hacia el tablero: dan siete. Gael toma el soldado de plástico y lo mueve seis espacios; al llegar al séptimo, se da cuenta que es un espacio ocupado por una serpiente.
-Pues me voy a tener que quedar con las ganas –dice Gael.
Esteban sonríe.
Al término de la consulta, cuando Gael acompaña a Esteban hacia la salida, el chico susurra:
-Ay, está bien, puedes leerme.
En la siguiente consulta, el niño llega con su mochila al hombro, con su bolsa de medicamentos, y un cuaderno roído en los bordes y de páginas amarillentas que enseguida coloca en la superficie del escritorio.
-No leas enfrente de mí –dice Esteban cuando Gael se disponía a abrir el cuaderno.
-Es broma, ¿verdad? –Dice Virginia durante la cena de aquel día-. ¿El niño desahuciado es escritor?
-No le digas “niño desahuciado”, se llama Esteban. Apenas voy a leer sus cuentos ahorita.
-¿Puedo leerlos contigo?
La brisa proveniente del mar casi siempre logra ventilar a la ciudad, pero incluso las ráfagas más avasalladoras no logran filtrarse en todas las habitaciones. Virginia enciende el ventilador y lo apunta hacia la cama mientras Gael saca el cuaderno viejo de Esteban de su mochila.
-El niño ya lleva tiempo escribiendo –dice Gael.
-No es un niño, tiene quince años –dice Virginia-. Pásamelo. Quiero leerlos en voz alta.
Gael se acuesta y utiliza las piernas de Virginia como almohada. La luz del foco incandescente le lastima la vista; cierra los ojos, se acurruca en el regazo de su novia y se deja llevar por su voz suave. El primer cuento, La niña y el pájaro, cuenta la historia de una niña que se pierde en los jardines de un convento religioso porque decide seguir a un pájaro amarillo. La niña se zafa de la mano de su mamá para perseguir aquella maravillosa ave: sale de los jardines, corre a través del patio principal y se escabulle entre el atrio de la iglesia hasta llegar a una puerta negra que la conduce a otro convento. Ahí pierde de vista al pájaro, pero una niña se acerca a ella y le da la mano, diciendo que es su hija. Después de salir de la iglesia y regresar a casa, la niña se ve en un espejo y se da cuenta que ahora tiene el rostro de su madre. Horrorizada, en dos párrafos se relata el devenir de su vida durante setenta años “rutinarios y aburridos” hasta que un día, a los ochenta años, vuelve a ver al pájaro amarillo. Desesperada por recuperar su vida, decide perseguir al pájaro, esta vez por los pasillos del asilo donde la habían dejado sus hijos. La conduce hasta una puerta negra de nuevo. Al abrir la puerta, se encuentra justo en medio del atrio de otra iglesia. Una anciana con el rostro cubierto le da la mano y le dice ser su madre. La mujer, esperanzada, busca ansiosamente un espejo para poder verse. Consigue uno y logra verse: tiene un rostro tan flaco que “la forma de su esqueleto sin edad traspasa su piel”. El espejo se le resbala de las manos; cuando éste se estrella en el suelo y se hace pedazos, el pájaro amarillo se aleja hacia la noche y la luna.   
            -Me puso de malas este cuento –dice Virginia.
            -Léeme otro.
            El siguiente cuento es más breve y se desarrolla sólo en dos párrafos: narra el amorío entre dos conejos machos, Tim y Jim, que tienen relaciones sexuales todo el tiempo y son más felices que sus amigos heterosexuales porque ellos no se preocupan en cuidar niños. Tim y Jim se la pasan “cogiendo en los campos, a la vista de todos, para que los hijos de sus amigos viesen qué felices eran”
-Hay varias características similares en todos sus cuentos –dice Virginia-. Los títulos tienen la misma estructura sintáctica: El pájaro y la niña, Los conejos y el sexo, Los perros y sus amos… Todos sus cuentos tienen saltos temporales y en la mayoría de ellos la voz narrativa cambia abruptamente.
-Hay un último cuento. Léelo –pide Gael.
El cuento se llama Los niños y la muerta. Se trata de cuatro niños, tres varones y una niña, que encuentran una cabeza decapitada en un bosque. La cabeza es de “una mujer tan bella como las doncellas de patrias extranjeras”, pero lo más insólito es que aquella mujer había muerto con una sonrisa. Los niños observan esa cabeza sonriente durante todo el día; pero de pronto, la cabeza se mueve sola y los niños se asustan al ver que un pájaro amarillo surge de la cabeza como un ave que recién rompe el cascarón.
            -Qué pinche feo, ¿qué niño escribe esto?
            -Lee el último párrafo por favor.
            -Yo sé que vendrá por mí, piensan los niños, cada quien en silencio, seguros de su muerte inevitable. Detrás de cada paso, ahí estará, aquella ave maravillosa, resplandeciente, la más bella ave entre las aves, dando vueltas como una urraca arriba de sus cabezas. Yo sé que vendrá por mí, piensan los tres niños varones mientras viajan en bicicleta, cada uno en la suya, pedaleando en una carretera poco transitada. Yo sé que vendrá por mí, y aparece frente a ellos como si siempre hubiera estado ahí, el ave del sol; los tres la observan espantados, ahí está ella de nuevo, la dorada sonrisa de plumas. La siguen, pedalean hacia ella como poseídos por su belleza: uno de ellos estira la mano para atraparla, pero es muy difícil. Aquella ave de oro es escurridiza. Otro de los niños también trata de agarrarla y el tercer niño hace lo mismo. Un enorme camión aparece de la nada, casi tan veloz como el ave misma. Se estampa contra los niños, los aplasta tan fácilmente, como si nunca hubieran estado ahí. Cuando se entera de la muerte de sus amigos, la niña, ciega de dolor, entra a la casa de Dios para pedir piedad por su vida. Y sin embargo, cuando se pone de rodillas frente a él, de todos los rincones se escuchan unas risitas, como de niños traviesos, risitas burlonas y ciegas, yo sé que vendrá por mí, yo sé.
            -Gael, ¿qué quisiste decir con ese cuento?
Los profesores que conforman al taller de creación literaria observan al psicólogo como si se tratase de un enfermo terminal. Virginia también lo observa con una expresión disgustada, pues ignoraba que su novio se había propuesto llevar el cuento de Esteban y presentarlo al taller como si él lo hubiera escrito.
            -No lo sé –responde Gael-. Fue algo que soñé, y me dije, ¿por qué no? Vamos a escribirlo. Y me salió esto.
Los profesores siguen con el ceño fruncido, indecisos sobre si decir sus críticas o no. Salazar observa las manos delicadas de Gael y las compara con sus propias manos.
            -¿Qué significa el pájaro amarillo?
            -No sé. No creo que tenga que significar algo, ¿o sí?
            A través de las ventanas se filtra algo más aparte de la luz solar. Gael comienza a sentir cosquillas en sus orejas. Voltea para asegurarse de que no es producto de su imaginación: son las risas radiantes de los niños de primer año de primaria, quienes no tienen clases y han decidido jugar a la rueda de San Miguel.
Al salir del salón donde se realiza el taller, Gael sale con la cabeza en alto, seguida por su novia, quien casi se abalanza sobre él y le susurra:
-¿Por qué hiciste eso?
Gael no escucha la voz de su novia. Las risas de los niños son aún más estridentes; como si se tratase de una balacera de risas que lo siguen por donde quiera que vaya.
-¿Qué quisiste decir con Los niños y la muerta, Esteban?
-No sé.
-¿Cómo se te ocurrió?
-No sé.
La mirada de Esteban sigue fija en la caja del juego de Operando¸ otro de los tantos juegos de mesa que se encuentra apilado en la estantería del consultorio de Gael.
-Quiero jugar eso –señala Esteban.
-Hoy no vamos a jugar –a Gael le cuesta trabajo evadir la mirada afligida de Esteban.
-¿Por qué no? –los berrinches de Esteban suenan exactamente igual que los su hermano
-Yo no creo que a tus padres les guste que nos la pasemos jugando juegos de mesa.
-Pero a mí me gusta –los ojos de Esteban se hinchan como si estuviera a punto de llorar.
Esteban también evade al psicólogo y ahora ambos observan a todas direcciones evitando chocar sus miradas. El tiempo camina a pasos lentos. La iluminación del consultorio cambia, las luces de la mañana de vez en cuando son opacadas por nubes. Gael observa el suelo, las baldosas, la danza del polvo en el aire, el pie de la silla donde el chico está sentado; Gael analiza cada detalle de las partículas hasta llegar a la punta del pie izquierdo de Esteban. Su mirada asciende por la pierna del chico, trepa por todas las partes de su cuerpo hasta llegar a la cima: el chico le devuelve la mirada.
-Hay algo que quiero decirle, señor Gael –la voz berrinchuda desaparece. Esteban consigue una voz madura y seria que Gael no le había escuchado antes.
-No me digas señor –murmura el psicólogo.
Las manos de Esteban, reposadas en el escritorio, se deslizan poco a poco hacia Gael.
-No le diga nada a mis papás –la voz berrinchuda regresa pero adquiere otra tonalidad: el sufrimiento del chico ésta vez suena más consciente de sí mismo-. Es que… quiero decirle muchas cosas pero no sé por dónde empezar. ¿Puedo confiar en usted?
-No me hables de “usted”, Esteban; y claro que puedes confiar en mí.
El rostro de Gael se endurece. El rostro de Esteban se suaviza.
-Yo no quise… yo no… -a Esteban le cuesta trabajo articular las ideas que en su cabeza aparecen tan sólidas y definidas; a la hora de transportarlas a su boca, las ideas se debilitan y se convierten en titubeos-, me en-enoja mucho, me enoja muchísimo, me da mucha, mucha, mu-mucha rabia…-el susurro de Esteban es casi ininteligible.   
-Tú puedes –dice Gael.
-Me voy a morir sin haber...
La voz de Esteban se hace trizas; Gael sigue escuchando su atronador llanto a las dos de la mañana, en la oscuridad de su dormitorio, con el ruido de los ronquidos de Virginia como fondo. Gael toma su almohada y la abraza para tratar de conseguir calor. El ventilador está en su máxima potencia pero no quiere apagarlo para no molestar a su novia. Gael recuerda el abrazo que le dio a Esteban mientras éste berreaba.
-¿Leíste todos mis cuentos? –repite Esteban y Gael despierta de su trance; el psicólogo estaba distraído observando las manos de Esteban, unas manitas que parecían no tener ni poros ni vellos. Es la cuarta vez que se encuentran a solas en el consultorio.
-Sí, todos y cada uno de ellos.
-Entonces sabes todo sobre mí –el aspecto ausente del muchacho deja intranquilo a Gael.
-Eso me recuerda a algo… -antes de que Gael profundizara en el asunto, Esteban lo interrumpe:
-Quiero hacer muchas cosas antes de irme –Esteban observa el techo raso del consultorio. Gael lo observa de reojo sólo para asegurarse de que nada hubiera allí.
-¿Cómo cuáles? –pregunta el psicólogo.
-Quiero… quiero comer sushi. Nunca he comido sushi –una sonrisa se resbala a los labios de Esteban.
-Si quieres, la próxima vez que nos veamos te invito  –Gael le devuelve la sonrisa.
-Quiero ir a Disneylandia –dice Esteban con una sonrisa más amplia.
-… Eso es más difícil pero hablaré con tus papas.
-Quiero tocar en un piano de verdad. Ya me cansé del teclado y…
-¡No sabía que tocabas! –una sonrisa de genuina felicidad estalla en el rostro de Gael-. Tengo una amiga que tiene un piano en su casa y no creo que a ella le moleste…
-¿En serio? Eso sería genial.
Una sonrisa de auténtica alegría estalla en el rostro de Esteban; pero su sonrisa desaparece pronto y su rostro se ensombrece como si el cielo de sus pensamientos de pronto estuviese cubierto de nubes negras.
-Y quiero… quiero…
-¿Sí, Esteban?
Gael sigue sonriendo para levantar los ánimos del chico. Esteban se toma su tiempo para responder; detiene sus próximas palabras en la punta de sus labios, las saborea, las escucha una y otra vez en sus oídos internos, las revisa y las vuelve a revisar hasta que por fin deja que fluyan:
-Quiero hacer con usted lo que el conejo Tim y el conejo Jim hacen en mi cuento.
La sonrisa de Gael se convierte en una extraña mueca.
-¿Qué?
-Perdón... Contigo. Quiero hacerlo contigo.
La mirada de Esteban cae al suelo. La sonrisa de Gael desaparece.
-¿Qué tienes, mi amor? ¿No puedes dormir?
El susurro de Virginia es como una lucecilla que da vueltas en el dormitorio. La mueca del psicólogo parece haber sido grabada en fuego sobre su rostro para que sea inalterable en el tiempo. Virginia no alcanza a distinguirla. Gael apachurra la almohada contra su pecho.
-No, mi amor, no te preocupes. Sólo tuve una pesadilla –dice él.
-Tranquilo –el beso de Virginia es una segunda luz que revolotea en las oscuridades de la habitación. Gael la besa con los ojos abiertos.
El calor primaveral llueve sobre Cancún, las tempestades provocan inundaciones en las calles que aún no han sido pavimentadas y una nueva epidemia, ésta vez de dengue, brota en los únicos tres hospitales públicos que hay en la ciudad. La gente camina confundida en las aceras debido a las lluvias que se manifiestan sin necesidad de nubes en el cielo. Los turistas no dejan de visitar las playas sólo por un pequeño cambio de temperatura; el calor permanece y la arena de las playas sigue brillando, a pesar de que el gobierno debe hacer operativos de transportación de arena para que las playas no carezcan de su elemento más distintivo. No hay amenaza de huracanes en el horizonte. Es el mes de junio y Cancún sigue tan soleado como de costumbre.
Los Ramírez siguen escuchando música a todo volumen, los hijos de los Cetina y los Pech siguen jugando futbol bajo el sol, los Alcántara tienen la puerta abierta de su casa para recibir a las inexistentes brisas del Caribe. Un día ideal, un día que los extranjeros anhelan presenciar cuando pisan por primera vez la Riviera Maya; un día tan envidiable que los fotógrafos principiantes han salido a la calle para encontrar la imagen perfecta del atardecer. Colocan sus cámaras en el tripié y esperan las horas que hagan falta para capturar la belleza del beso entre el mar y el cielo. Son las ocho de la mañana. Gael decide despertar tarde, se da ese lujo porque son los últimos días del semestre escolar. Despierta sobresaltado al ver que Virginia está despierta entre sus brazos. Se besan. Ojalá los fotógrafos capturaran también la belleza de aquel beso
            A las diez de la mañana, Gael sale de casa con su corbata anudada por su novia, con su saco negro impecable, sus zapatos lustrados y sus agujetas mal atadas por sus manos; entra al auto con la misma canción en su cabeza, coloca la llave, enciende el motor, observa hacia atrás para salir del pequeño cuadrado reservado para su auto y entra a la calle con la misma seguridad de que será un día rutinario más. Los niños Pech y Cetina se hacen a un lado para que el auto pueda transitar. Desde el umbral, los Ramírez observan al Volvo que sale de la calle Cangrejos.
            Es el día más despejado y caluroso de la primavera. Apenas son las diez de la mañana pero ni en la sombra de los árboles uno puede protegerse del calor. El asfalto parece derretirse pero sólo se trata de una ilusión óptica. Las aves se sostienen en los cables de luz que entretejen una red parecida a una segunda ciudad sobre la ciudad. El intento de sonrisa que Gael mostraba frente a su novia ha desaparecido: ahora mantiene un semblante sereno, seguro de sí mismo. No hay tráfico en las calles de Cancún. Nunca, en sus cuarenta y cuatro años de historia, ha habido. En menos de quince minutos llega a las cercanías del colegio. En vez de girar hacia el estacionamiento, Gael se detiene a unos metros. Vislumbra a lo lejos a una muchedumbre compuesta de familias, niños y profesores; muchas de aquellas personas han pisado su consultorio. Todas aquellas personas observan la comitiva de patrullas policíacas que se aglomeran en la entrada principal de la escuela. Sin salir del auto, Gael puede distinguir los lejanos rostros porque, cuando los rostros están desfigurados por las muecas del temor y la desgracia, son vulnerables para reconocerse a la distancia.
            El profesor Salazar está siendo escoltado por dos agentes policíacos que lo conducen a una de las patrullas mientras otros miembros del personal administrativo también son dirigidos a otras. La multitud de familias observa la escena con la misma extrañeza que si viesen a sus hijos siendo escoltados. Los niños también observan, pero ninguna emoción existente en el rango de las emociones y los sentimientos expresables en el vocabulario humano aparece en sus rostros. No es indiferencia lo que atraviesa sus miradas; es algo más profundo. Es una perturbación que trasciende los límites de la psicología humana.
            La misma emoción indescifrable atraviesa el rostro de Gael. Sus ojos están fijos sobre el profesor Salazar, quien tiene las manos esposadas y sube a una de las patrullas policíacas. El calor se infla en el interior del Volvo y la ausencia de aire provoca que Gael respire más rápido. Varias gotas de sudor atraviesan sus sienes.   
-Si tu mente se ve como una playa a las dos de la mañana –le preguntó Gael a su novia hace mucho tiempo-, ¿cómo se ve la mía?
-Como un huracán –Virginia no tardó en responder-. No; mejor dicho, como el ojo de un huracán. Estoy segura que ahorita eres bien tranquilo, pero después, uy…
La fuerza de los pensamientos de Gael es tan violenta como la rabia sobrecogedora de las tormentas eléctricas. ¿Cómo se manifiestan estos pensamientos en la cara de Gael? ¿Cómo salen a la superficie los cadáveres?
            En una sonrisa. Primero aparece como un destello. Una pequeña vibración en sus comisuras, un temblor en su mentón. Luego, como si los gestos fuesen autónomos de él, sus ojos van sonriendo también. La sonrisa estalla con todos sus dientes, con toda la alegría contenida: la alegría de quién ha planeado algo con tanto esmero y ahora ve los resultados de su triunfo. Al igual que libera su alegría con aquella sonrisa que nadie a la redonda puede ver, también libera su pánico; y la sonrisa es sustituida, aunque no del todo, por unas lágrimas que sus manos van secando poco a poco. Es inútil, van brotando más y más, el torrente de lágrimas es tan irrefrenable como la potencia de un huracán. 
Salazar está siendo llevado al ministerio público debido a que es acusado por organizar una red de prostitución infantil en aquel colegio junto con otros profesores, que paulatinamente caerán como las fichas de dominó que son colocadas en fila. El movimiento estratégico del juego de ajedrez ha funcionado. La investigación de Virginia, El odio de Dios, tuvo tanto éxito en la blogósfera que alcanzó repercusiones mediáticas. Alguien, un usuario anónimo que se topó con el blog de Virginia de manera casual, leyó el artículo que ella trabajó durante meses mientras asistía a la escuela como simple participante de un taller de creación literaria. Ese usuario anónimo seguramente avisó a la policía.
La investigación fue idea de Gael. Poco antes de que Virginia se mudara con él, Gael le comentó sus sospechas:
-Creo que algo muy feo está pasando en el colegio donde trabajo.
-¿Qué, mi amor?
No solamente hablaban de estupideces cuando se acostaban y se cubrían debajo de las sábanas. Virginia planeó todo con una anticipación meticulosa. Gael le contó sobre la amistad que había forjado con otros profesores durante siete años. Virginia se inmiscuyó en el historial psicológico de los pacientes de Gael con una pasión detectivesca. Encontró relaciones entre pacientes, niños que sufrían los mismos problemas (adultos que se sobrepasaban sexualmente con ellos, moretones en las mismas zonas, miedo a hablar frente a sus padres), trabajadores administrativos que sospechaban de las conductas extrañas de ciertos profesores, directores que renunciaban sin motivo aparente y presupuesto desaparecido en condiciones extrañas. Virginia trazó un mapa que conectaba todas las posibles coincidencias e indicios. Poco a poco se hizo una idea de la situación, una vista panorámica del crimen.
-Creo que esto es más divertido que escribir, mi amor –dijo alguna vez Virginia mientras ambos observaban la cartulina que Virginia había colocado en la mesa del comedor: una cartulina donde Virginia había diseñado una línea cronológica de los acontecimientos más importantes que Gael había recopilado a lo largo de siete años. En ella había fotografías, tanto de los profesores implicados, como de los empresarios hoteleros que contrataban los servicios; pero sobre todo, las víctimas son quienes ocupan el mayor espacio. Niños y niñas de nueve a diez años o adolescentes de dieciséis. 
Gael entra al estacionamiento del colegio. Deja el Volvo a un lado del espacio reservado para minusválidos. Se coloca lentes oscuros y se apea del auto.
-No me vas a dejar nunca, ¿verdad? –le susurró Gael a su novia cuando se encuentran debajo de las sábanas.
Gael sale del estacionamiento y avanza entre los pasillos del colegio, donde los niños caminan sin advertir que un escándalo sucede en las afueras del colegio. Corren y ríen; no les importa. No advierten el rostro de Gael. Tampoco les importa.
            -¿Te pasa algo, Gael? –preguntó una profesora.      
La mirada de Gael es sombría a pesar de que los pasillos de la escuela están inundados de luz. Está enfrascado en los recuerdos. Un recuerdo brilla por encima de todos; un recuerdo que resplandece con el brillo amenazador de una navaja. El cuento que Salazar había leído la semana posterior de que Virginia había leído El odio de Dios. El cuento de Salazar se llamaba simplemente Los niños. Narraba la relación que un psicólogo tenía con uno de sus pacientes. Un niño de doce años. 
-¿Qué estaban tratando de decirnos con ese cuento, amor? –preguntó Virginia aquella noche-. ¿Nos estaba amenazando…?
-No creo.
-¿Seguro?
-O tal vez sí saben que nosotros sabemos, ¿pero eso te va a detener, mi amor?
-¿Y por qué escribió un cuento que te acusa de pedófilo? ¡Si el pedófilo es él!
Gael besó la frente de su novia para tranquilizarla.
Gael llega a la puerta de su consultorio, una puerta ubicada en uno de los pasillos menos transitados del colegio. Esteban está ahí, sentado sobre la puerta, con los ojos cerrados y la boca abierta. Gael tose; Esteban despierta sobresaltado. El chico estira la mano. El psicólogo lo levanta.
-¿Por qué tienes lentes oscuros? –pregunta el chico.
Gael abre la puerta del consultorio. El chico entra despacio pero Gael lo aparta de su camino; el psicólogo se apresura para cerrar las persianas del consultorio. Las sombras se materializan sobre las paredes blancas del lugar. El consultorio se inunda en la más absoluta penumbra.
            A esa misma hora, en la casa de la familia Cruz, Ezequiel termina su desayuno. Ese día le toca descansar de su trabajo como contador. Observa a su esposa, Epifanía, quien lava los trastes en el fregadero de la cocina, con un ceño fruncido. Ezequiel se levanta de la silla, se dirige a la cocina y abraza a Epifanía por detrás.
            -Perdóname –dice él.
            -¿Qué quieres? –dice ella.
            -Que me perdones… Perdóname mi amor.
Ezequiel oculta su rostro en el hombro de su mujer; gime y se queja como si llorara, pero ni una sola lágrima se asoma en el borde de sus ojos.
            -Perdóname tú –Epifanía observa a su hijo, Servando, quien los mira con una cara inexpresiva. El chico observa las manos enjabonadas de su mamá y las manos nervudas de su papá. Cada par de manos estruja la espalda del otro, como si se aferraran a un precipicio.
Las persianas siguen cerradas a las once de la mañana en el consultorio de Gael. Las paredes blancas, el enorme televisor, el baúl de juguetes, la consola de videojuegos, la estantería llena de libros, el tablón con dibujos infantiles, la pila de juegos de mesa; todo ello está cubierto con un velo de tinieblas.
-Quítate –dice Gael.
-No. Quiero estar contigo. Lanza los dados otra vez.
El repiqueteo de los dados sobre el piso de baldosas se escucha como una avalancha en el penumbroso silencio de la habitación.
-Dio seis.
La risa de Esteban suena exactamente igual a las risas que Gael escuchó el otro día.
-Te toca.
Gael está acostado en el piso de su consultorio. Su cuerpo desnudo tiembla. Una mano va subiendo a través de su pecho hasta llegar a su rostro. Aquella mano acaricia sus labios, su nariz, sus párpados, sus orejas, su frente, su cabello. La mano se detiene en sus ojos. La mano los cierra.