martes, 9 de septiembre de 2014

Werther: ¿Cursi, romántico, o sentimental?

Si algo he aprendido en esta corta vida, además de que no existen los dueños de la verdad absoluta (ni Jesús, ni Nietzsche, ni Gustavo Cerati), es que el amor es una perra caprichosa… Offtopic, esto me recuerda a una frase de LOST; cuando Benjamin Linus, el otrora antagonista de la historia, se revela como un simple peón de las necesidades de la “isla”, o más bien, de su líder, Jacob… Entonces dice: “Destiny is a fickle bitch”




            Lo mismo se puede decir de los sentimientos. Justo acabo de leer Las cuitas del joven Werther, del escritor-del-cual-nunca-he-averiguado-bien-como-se-pronuncia-su-nombre, Goethe; probablemente hubiera sido mi libro favorito si lo hubiera leído cuando tenía quince años, cuando mi corazón ardía en el fuego del amor no correspondido.  Pero no. Recién lo leí, a los veintidós años, justo cuando he llegado a la conclusión de que, en efecto, el amor es una perra caprichosa, una zorra que maneja los hilos, que nos mueve o nos inmoviliza. Una de mis pinturas favoritas es El amor victorioso de Caravaggio


            ¿Por qué? Véanlo bien: el niño no es un Cupido genérico de los que se venían manejando en el medioevo, cuando todos ellos eran simplones niños de cabellos dorados, piel de porcelana y mejillas rosadas. No; éste es un niño travieso, sucio, no es el más guapo ni mucho menos. Es un niño que en cualquier momento te puedes encontrar en la calle, con la misma sonrisa libertina. Caravaggio sabía bien que el amor es un niño caprichoso, no uno bello ni pulcro; es la clase de niño que, en una lluvia torrencial, prefiere mojarse que esconderse en un techo seguro. El amor nos empuja a mojarnos, aunque no queramos :( (If you know what I mean… :) )

            He visto que mucha gente confunde los términos cursi, sentimental y romántico. Es normal, dado que mucha gente, que no debería tener permitido tener una lugar privilegiado en la televisión y la radio, usan aquellos términos como si fueran sinónimos. Cada término tiene su significado exclusivo, y quien los confunde y los usa arbitrariamente, es que no tiene idea de qué está hablando. Y cuando no sabes definir tus sentimientos con las palabras precisas, entonces puede que tengas un problema.

            De una vez digo que no soy para nada experto en el tema, y que, como dije en el principio, nadie es dueño de la verdad… y mucho menos lo será quien escribe en sus ratos “libres”. Pero a ver… Hablando del Werther, ésta es la novela romántica por excelencia: la pionera, quizás no la primera pero si la más conocida que hable sobre este aspecto trágico del amor: el amor no correspondido, el amor extramarital, la exaltación de los sentimientos amorosos hasta el punto de la exageración… Como dije, esta novela me hubiera encantado a los quince años; ¿por qué? Primero, porque su principal público es el joven enamorado (y me parece obvio que si es joven y está enamorado, es que también sufre), el idealista, el pacifista. Es también una novela que favorece a los desprotegidos: los pobres, los niños, los locos… ¿Es Werther un pobre niño loco? Es un pintor y un artista, ¿y qué características tienen los artistas en común? Lo primero que viene a la mente es aquella idea estereotipada del loco como artista, como persona que ve la realidad desde perspectivas que la gente “normal” no puede verla… Otra cosa: los artistas son como niños, ¿no es esa otra idea estereotipada? Y al último, algo que no es una idea estereotipada, porque es la pura verdad: el artista es pobre. ¿Quiere decir que Werther, al defender a los pobres, a los niños y a los locos, se está defendiendo a sí mismo?

            Quizás son ideas anacrónicas: lo que sí estoy seguro es que me parece que muchos “artistas” tomaron como molde a Werther para desempeñarse en sus disciplinas. Tal vez Goethe es culpable indirecto de aquel lugar común: del artista enamoradizo y pasional, que tiene como musa (o muso) a alguien inalcanzable, y en su dolor, escribe, pinta o compone obras de arte.

            El romanticismo es una corriente literaria, sí; no quiero escribir lo mismo que en mil portales de internet ya se resume, pero para acabar pronto, Werther  es la novela romántica por excelencia: los sentimientos son tan enardecidos que llegan a un nivel hiperbólico, y éstos, ya sean alegres o tristes, se mimetizan con la naturaleza: cuando Werther está feliz, es verano. Cuando está triste y decide suicidarse, es invierno.

Quizás la confusión viene a la hora de etiquetar las películas en géneros (cosa que yo encuentro inútil): “romance movies” o “comedias románticas”. Éstas son historias de amor en toda regla, pero cuando alguien dice “novela romántica”, no necesariamente es una historia de amor (aunque, ¿qué libro no incluye una historia de amor?). El adjetivo “romántico”, en toda regla, significa algo relacionado al romanticismo, o que incluye alguna de sus características… las cuales no enlistaré aquí, porque para eso está Wikipedia.

En cuanto a lo “sentimental”, generalmente se atribuye este adjetivo a las personas que tienden a ser sensibles. La RAE lo define así:

sentimental.
(De sentimiento).
1. adj. Que alberga o suscita sentimientos tiernos o amorosos.
2. adj. Propenso a tales sentimientos. U. t. c. s.
3. adj. Perteneciente o relativo al sentimiento. Educación sentimental.
4. adj. Exagerado en la expresión de sus sentimientos. U. t. c. s.
5. adj. eufem. Correspondiente a las relaciones amorosas sin vínculos regulados por la ley. Experiencias, relaciones sentimentales.

            Es curiosa la primera definición: porque ya desde ahí aparece la idea generalizada de la persona sentimental: no necesariamente es una persona que tiene el sentimiento a flor de piel, sino que, al menos, aquel sentimiento casi siempre es de carácter amoroso. Pero, ahora que lo pienso, ¿el amor no nos provoca todos los sentimientos? ¿No el amor también nos suscita, en algun momento, ira, celos, melancolía, euforia?

            Existe también la novela sentimental. No es una corriente, como en el caso del romanticismo: es un tipo de novela que se cultivó en el prerrenacimiento o renacimiento, sobre todo en España, y casi siempre son de carácter trágico. Un ejemplo sería Cárcel de amor (ya desde el nombre suena trágico, ¿no?)

            Lo que sí sé con certeza es que no existe una clasificación de “novela cursi” o así. Porque la cursilería es una palabra que alberga todos los valores negativos del sentimental y el romántico:
          
  cursi.
(Etim. disc.).
1. adj. Se dice de un artista o de un escritor, o de sus obras, cuando en vano pretenden mostrar refinamiento expresivo o sentimientos elevados.
2. adj. coloq. Dicho de una persona: Que presume de fina y elegante sin serlo. U. t. c. s.
3. adj. coloq. Dicho de una cosa: Que, con apariencia de elegancia o riqueza, es ridícula y de mal gusto.

            El cursi es el empalagoso, el zalamero, el afectado: quien es tan fingido y poco natural que es inverosímil y nos produce aversión. ¿Cómo evitar lo cursi?

            Una buena “comedia romántica” es As Good As It Gets. En México le pusieron Mejor… imposible. Jack Nicholson es un escritor de novelas rosas pero que curiosamente es el ser más misógino y maniático que existe; tiene un trastorno obsesivo-compulsivo y el psiquiatra le receta pastillas que él se niega a tomar. However, se enamora de la mesera (Helen Hunt) del restaurante que más frecuenta. En una serie de eventos desafortunados que no escribiré aquí por hueva falta de espacio, realizan un viaje en compañía de un hombre que podría ser la pareja perfecta de la mesera si no hubiera decidido ser gay; y en ese mismo viaje, el escritor confirma lo que no quería reconocer: que está enamorado.

            Tal como lo escribí suena como la historia más cursi posible, con un final predecible y escenas para decir “awww qué pendejo”.  Pero no. Es una gran película, ¿por qué? Porque sus personajes son humanos. Están mejor construidos que todos los personajes de Bajo la misma estrella; porque no, el escritor misógino no es sólo un hombre amargado con la vida, y la mesera, que también es mamá soltera, no es sólo una mujer independiente que se gana por sí sola el pan de cada día: son más que eso. Una de mis escenas favoritas es cuando el escritor está cantando Always look on the bright side of life mientras toca el piano: la canción tiene la letra más optimista (y también pesimista) que se puedan imaginar, y en voz de aquel hombre, parece casi una ironía. Pero luego vemos escenas donde se encariña con un perro que su vecino gay le pide que cuide. El perro le toma cariño al escritor e incluso llega a tener sus mismas manías. El escritor se encariña del perro de una manera que nunca lo vemos con otro ser humano.

            La escena “aaaw” de la película, y mi favorita, es cuando Jack y Helen (no recuerdo los nombres de los personajes, lo siento) deciden cenar en un restaurante. Jack se ve muy nervioso, pero decide soltarlo todo: que la razón por la cual frecuentaba el restaurante, era para verla a ella (a pesar de que ahí la trataba como una mesera cualquiera), y desde que la conoció, ha empezado a tomar las pastillas que él se negaba a tomar; las pastillas que el doctor le recetaba para su trastorno compulsivo. En otras palabras…


            Claro que es una escena sentimental, pero no es cursi; porque durante toda la historia vemos las tribulaciones de ambos, las dificultades monetarias y la soledad que Helen siente, la dificultad que tiene Jack para relacionarse con las personas… Helen ha estado esperando la llegada de su “principe azul”, pero no quiere hacerse a la idea de que ese “principe” es este viejo amargado. Es un “amor” imperfecto; no es un amor juvenil, ideal y tórrido como en las malas comedias románticas. Es un “amor” de dos personas ya en sus cincuentas, con miles de preocupaciones y responsabilidades encima. Pongo entre comillas la palabra “amor” porque, ¿realmente estamos hablando de amor o de enamoramiento? No quiero decir en qué acaba la película, aunque no es difícil suponerlo…  

            Regresando al Werther, cualquier lector casual que lo lea podría pensar que tiene todos los lugares comunes de las historias de amor… ¡Pero claro, es la historia madre de todas ellas! Si tomamos lo mejor del idealismo de Werther, podemos encontrarnos con pensamientos filosóficos y morales que nos pueden acompañar toda la vida. Si tomamos lo peor, si vemos su suicidio como una decisión cobarde más que valiente, entonces podemos acusar a Werther de los suicidios y los enamoramientos idealizados que inundan nuestra civilización occidental :/

Lucho: Pero, ¿cómo puedes insinuar que el suicidio de Werther es una decisión valiente? ¿Estás haciendo una apología del suicidio?

            Pongámonos en los pies de Werther. Es un hombre cuyo valor más preciado es su libertad. Un hombre libre, ¿no sería preciado para él decidir en qué momento terminar su vida? Podríamos pensar que lo hizo por los motivos equivocados: si ahora nos dicen que alguien se mató por la mujer que ama, entonces podríamos decir que es un imbécil (yo lo diría). Pero, si se lee Werther como una simple historia de amor, entonces la estamos leyendo por encima. La finalidad de Werther es permanecer invicto con sus propias ideas y recuperar la inocencia. Para Werther, enamorarse es una determinación, no un accidente. Decide suicidarse no sólo porque Carlota no la ama; también porque prefiere hacerlo antes de perder su pureza, antes de caer en el amor extramarital, antes de ser el “plato de segunda mesa”. ¿Y qué significa ser el “plato de segunda mesa”? Pues ser uno más en el mundo, un individuo ordinario. Y Werther es un espíritu libre, un hombre que prefiere mojarse en la lluvia antes de protegerse en un techo. Puesto así hasta yo preferiria suicidarme :p

            Hay otras cosas que se pueden decir de Werther: que la historia aparente es su amor a Carlota, pero la verdadera historia es su comunión con la naturaleza. Que para él, la muerte es sólo la recuperación de la totalidad, la verdadera vida eterna. Que Werther también se suicide es porque él, al igual que Madame Bovary y Anna Karenina, son personajes aburridos metafísicamente: personajes que, para ellos, el mundo no basta. El mundo no los merece :(


            Tengo sentimientos encontrados con Werther. Mi lado infantil e idealista leyó encantado el libro. Mi lado más frío y racional no está tan impresionado. Supongo que Werther  es un mejor libro si se lee cuando uno está enamorado (aunque yo siempre lo estoy :p), cuando uno es joven, flaco, ojeroso y sin ilusiones. En el sentido pragmático, me parece aborrecible su suicidio. En un sentido más idealista, su suicidio me parece como el único fin justo para su vida. El mundo podría dividirse en los que simpatizan con Werther y los que no, en los saben distinguir entre sentimentalismo y cursilería y los que no. Aún así,  el amor sigue siendo una perra caprichosa.



PD: ¿Les spoileé Werther? No me importa. 

viernes, 5 de septiembre de 2014

¿Pero qué es esta cosa del infierno?


Pues esto es un blog. Mejor dicho, es blog. Y como es mío, he subido las cosas que me han dado la gana. Pero creo que, al menos durante los dos años que lleva abierto este blog, esto parece más bien un cajón donde pongo las cosas que ya no me caben en otro lado; como una especie de sótano donde escondo los trabajos que me dejan en la escuela y una que otra cosa literaria que tengo por ahí.

            Y como me dí cuenta que para leer ensayos escolares ya existe buenastareas.com (y los ensayos incluidos ahí son de nivel secundaria y prepa, qué estafa), esta vez quiero tener mi propio espacio para poder expresar lo que me dé la gana; sí, el mismo espíritu, pero esta vez sin tanta formalidad. Puede que suba de nuevo ensayos que me pidan en la carrera de Letras, pero, bah, voy a tratar de no hacerlo porque eso de ser tan formal en los escritos sólo aplica en aquellas aburridas y pretenciosas conferencias magistrales que se organizan en las universidades.

            Pero, ¿qué es lo que tiene este blog en este momento? Nunca creí que fuera necesaria una presentación en el momento que lo creé, porque no quise sonar mamón o aburrido diciendo “yo soy fulano de tal y aquí subiré textos míos porque soy intelectual, soy inteligente, ay que bonito soy”; pero sobre todo porque, seamos honestos, ¿quién está leyendo esto? ¿Tú? Ja. También alguna vez me dijeron que los reyes magos leían mis cartas. :(

            Y si las leyeron, se dieron cuenta en seguida que Luis sería un chico muy talentoso jotito, entonces le dieron un juego llamado “Los Sims” que hasta el día de hoy sigue siendo desahogo de sus desesperanzas (tss, está cabrón eso de bautizar a un Sim con tu nombre y a su pareja con el nombre del chico que te gusta y ponerlos a vivir juntos en una casa de dos pisos con un bebé y una mujer arrimada que antes fue novia de uno de ellos [y por alguna extraña razón sigue viviendo con ellos, enferma], y después asesinarlos encerrándolos en un muro donde orinaron y cagaron hasta morir, fin n.n ) y causa de sus procrastinaciones y desvelos (¡saludos Gaspar!). Ya desde entonces me gustaba jugar con la vida de las personas como un Dios, y cuando me dí cuenta que había una “disciplina artística” en la que podías hacer eso sin que nadie piense que seas un enfermo mental rarito mamón, entonces hice mis maletas y me fui a ese país hermoso y desconocido de la literatura.

            Pero descubrí que de todas maneras hay muchos raritos mamones en aquella nación maravillosa, pero pues bueno: si no llueve, llovizna. En las entradas anteriores he subido varios de mis cuentos y también me atreví a subir una novela entera; si me la encuentro algún día en otra página, me lo merezco por no reclamar derechos de autor. …             Pero podría empezar hablando un poco de los cuentos que más satisfacciones me han dado, especificando con qué forma llegaron a mi cabeza:

Sofía Sofía: ¿Y si un hombre es condenado a repetir el nombre de su novia cada cinco minutos para conservar su vida? Ojalá vuelva a escribir con la misma fuerza con la que escribí este cuento. Fue algo así como mi carta de presentación, y el primer cuento que mucha gente leyó de mí. También, para quien me conoce de más, sabrá que este cuento es reflejo de mi vida.

Palabras vivas: ¿Y si un hombre exige a su moribunda novia que grabe todas las palabras del español para así conservar su voz en un software? Alguna vez estuve en un taller literario. Cuando mis compañeros y yo nos presentamos en sociedad, yo decidí leer este cuento con ayuda de una amiga. Cuando terminé, me aplaudieron y vi gente que se secaba los ojos. Ya sé que están pensando: “ay, Luis, te chocan los mamones pero tú eres uno”, pero es que, ¡tuve un orgasmo en ese momento! También quería contarlo para ejemplificar algo: yo no escribí ese cuento pensando que estoy contando una historia de amor. En realidad creo que es una historia de obsesión y de miedo a la vida. O al menos eso creo.

La cacería: ¿Y si un hombre que quiere infectarse de VIH, se enamora ? Creí que nunca haría este cuento, pero lo tuve que sacar, más por inercia que por deseo. Me sigue pareciendo el único cuento de realismo crudo que he escrito en mi vida; y quizás el único que escribiré en ese tono. Ya mencioné un poco más del tema del VIH y las relaciones homosexuales en mi post “Del amor que no se atreve a decir su nombre”

Ø  ¿Te das cuenta que todos los cuentos hablan de amor y de muerte? Pero, ¿qué cuento no habla de amor y de muerte? Díganme uno. ¿Los asesinos de Hemingway? Muerte. ¿Continuidad de los parques de Cortázar? Simultaneidad, pero al final es muerte. ¿El Aleph de Borges? Es el cuento más sentimental que Borges escribió en su virginal vida. ¿El guardagujas de Arreola? Ok, ganaron. Ese cuento es tan perfecto que se sale de la norma.

Lucho: Ah, ¡entonces esta cosa sí es del infierno, y encima promueve la sodomía!

            Así es, Lucho; yo tengo un lugar reservado en el infierno, y nunca me he preocupado por pecar :)

            ¿Quieren saber una ironía? El post más leído que tengo en este blog es la reseña de El caballero inexistente de Ítalo Calvino (uno de mis autores favoritos), con 875 visitas. Quizás mi reseña le ayudó a algun flojonazo que le pidieron hacer una reseña de ese libro. Quizás mi reseña la leyó algún profesor que no es Oscar de la Borbolla, que fue a quién le entregué ese ensayo (¿lo habrá leído él?). O quizás yo soy un culero que piensa lo peor de la gente, y en realidad ese libro es la onda y quisieron leer casualmente la reseña de un pendejo; léase pendejo con la connotación argentina de mozo o ingenuo, no de imbécil… Bueno, un poquito.

            Ahora trataré de escribir más frecuentamente, y también, más intimamente. Siempre he tenido ganas de hacer reseñas y análisis de las cosas que gustan, pero sin tanta formalidad y salsa en mis tacos. Ahora le voy a bajar a mi desmadre, me soltaré el cabello, me vestiré de reina, me pondré tacones, me pintaré y seré bello. CHOCHO (o XOXO, como quieran).



PD: Aunque les cueste trabajo creerlo, soy homosexual. :O

viernes, 16 de mayo de 2014

El contrapunto del carnaval y el saudade en el Lamento de María La Parda

Probablemente la obra de Gil Vicente más desconocida se trate del Lamento de María la Parda. Sus trabajos más conocidos son sus obras de teatro, ya sea escritas en español o en portugués. Es considerado el padre del teatro portugués, y en parte, también del teatro español, aunque en realidad, no fue el primer dramaturgo portugués. Y sin embargo, su figura sobresalió por encima de otros al escribir obras para ocasiones festivas o religiosas, en otras preponderando a la familia real; y otras, donde se reproducía alguna situación social en la Portugal de la época y fueron representadas en la corte portuguesa, como La farsa das Ciganas, en presencia del rey João III. Otras de sus obras y textos fueron prohibidos por la posterior Inquisición Portuguesa; una de esos textos es el Lamento de María la Parda.
            Portugal en los tiempos de Gil Vicente es un Portugal en crecimiento, un auge que quizás no volvió a tener en su historia. Era el puerto mercantil y cultural por excelencia, y Gil Vicente observó este movimiento de expediciones y viajeros para alzarse con sus obras satíricas, sus autos con personajes místicos y a la vez callejeros: los arquetipos de la sociedad portuguesa. Las obras de Gil se balancean entre lo medieval y lo renacentista, y muchas de sus obras son aún más medievales, como las Cantigas de Santa María. Pero en María la Parda, la línea que divide entre el medievalismo y el renacimiento, es más difusa.
            El personaje, María la Parda, es “inconfundiblemente medieval”[1]. Una mujer vieja, pobre, borracha, flacucha, antigua prostituta, loca, grotesca, irreverente, soez, miserable, carnavalesca y saudosa. Es en estos dos últimos adjetivos donde este ensayo se concentrará para extraer el espíritu que Gil Vicente infundió en esta obra.
            Primero analicemos al carnaval. Es curioso que uno de los tópicos de este Pranto, género literario considerado como expresión poética del dolor, sea el carnaval, pero es innegable que aquí se encuentran alusiones al mundo carnavalesco. María la Parda es una mujer salida de cualquier carnaval: una mujer que ha pasado por todos los excesos, que ha tenido una vida agitada, y que gran parte de esa vida la ha recorrido en las calles de Lisboa. Sin embargo, en la obra se relata el soliloquio triste y mediocre de una María La Parda en decadencia, que vaga por las calles de Lisboa implorando vino. Parece ser que el carnaval ha terminado.
            Es importante regresar a Bajtín y sus ideas principales alrededor del carnaval en la literatura. El carnaval es un espectáculo “sin separación entre espectadores ni actores; se vive, amalgama lo sagrado con lo profano.”[2]  Esta unión entre la profanación y la sacralidad se puede encontrar en el Lamento, en versos como el siguiente:

Oh, bebedores irmãos,
que nos presta ser cristãos,
pois nos Deos tirou o vinho?[3]

            Las referencias al cristianismo no son pocas: posteriormente menciona: “não me digan missa seca”, que son aquellas misas donde no hay vino consagrado. Las motivaciones de María para vagabundear por las calles de Lisboa es unicamente el vino; no parece importarle otra cosa, su única dolencia es la sed: la pobreza sólo le duele porque no puede dar nada a cambio del vino que tanto desea. María la Parda no necesita ni desea agua o comida; lo único que limosnea es vino, y es tanta su desesperación que decide morir de sed.
La Lisboa que describe María es una Lisboa en tiempos de sequía. Esto tiene una explicación histórica: en 1521 hubo sequía y hambruna en Portugal. Gil Vicente llevó este suceso a los lindes de la parodia y la comicidad. Fue hasta el año siguiente que la obra pudo ser leída y disfrutada por la sociedad cortesana, que no sufrió los embates de la hambruna.[4] Este Lamento es esencialmente una obra inspirada en las calles de una Lisboa tan sedienta como su protagonista. Primero, María la Parda se encuentra solitaria y mientras llora su sed, va señalando las ruas y las tabernas  donde anteriormente le vendían o regalaban vino, ruas que aún existen en el mapa de Lisboa: “rua de São Gião, rua de Mata-Porcos, Carnicerias Velhas, rua da Ferraria, rua de Cata-que-farás, tavernas da Ribeira, rua dos Fornos, Poço do Chão, Praça dos Canos, rua d´amargura, rua da Mouraria”. En todas las calles va preguntando el paradero del vino, y las descripciones de los lugares no son detalladas, son más sentimentales y nostálgicas: “Oh, rua da Ferreira, / onde as portas eram maias / como estás chea de guaias / como tanta louça vazia!”[5]. En estas descripciones, las preguntas retóricas y las exclamaciones abundan, y el tono de María la Parda es el de un personaje carnavalesco ahora sumergido en la saudade: “Oh, bicos de minha mama!”[6].
María la Parda le pide vino a una galería de personajes estereotípicos de Portugal y en general, de la península ibérica, reminiscencia de que Gil Vicente era un español-portugués que nunca se limitó a escribir en sólo uno de sus dos idiomas. Los personajes son los habitantes de aquella Lisboa hambrienta y sedienta, como la religiosa vizcaína, el castellano Juan Caballero, Branca Leda, Juan de Lumiar, Martín Alho y Falula. Todos los personajes son tacaños, no muestran piedad con La Parda, y la mayoría dice refranes para aleccionarla: “em tempo de figos, não há i nenhuns amigos, nem os busque então ninguém”[7], o “ seu dono d´acenha apela de dar fiado”[8]. Es probable que estos personajes estén también en la pobreza, aunque quizás no en el extremo de La Parda. Ellos, al contrario de María, no son personajes carnavalescos: son personajes civilizados, que cumplen sus roles arquetípicos y cuyas respuestas, refranes o  consejos de sabiduría popular, contrastan con el llanto y la desesperación carnal y burlona de María La Parda: “tão seco trago e embigo / como nariz de judeu”[9]. Si comparamos estos personajes con María La Parda, resulta que estos personajes parecen más “humanistas”, o por lo menos, más acordes a las circunstancias de aquellos agitados tiempos, que la misma María La Parda, quien parece seguir arraigada en el medievalismo, acostumbrada a la fiesta y a la abundancia de vino, incluso en tiempos oscuros: “Eu não sei que mal este / pior cem vezes que a peste / que quando era a trama e o tramo / andava eu de ramo em ramo: / Não quero deste, mas deste!”[10]. Si algo tienen de carnavalescos esos personajes secundarios, es que se trata de parodias de los lusitanos.
Es la saudade la que se manifiesta cuando llora María la Parda. Es, como ya se dijo, una saudade carnavalesca:
Quando eu, rua, pero vós vou,
todo-los traques que dou
são sospiros de saudade.
Para vós, ventosidade,
nasci toda como eu estou.[11]

A raíz de los acontecimientos históricos mientras Gil Vicente escribía la obra, era natural que emergiera la saudade. Aunque siempre ha habido dificultades para definir al saudade, en el caso de La Parda se puede definir como “añoranza del bien perdido, nostalgia de la Tierra distante, anhelo de felicidad ideal”.[12] La Parda añora el carnaval medieval, y deja bien en claro, desde los primeros dos versos, que ella no es la única: “Eu só quero prantear / este mal que a muitos toca”.[13] Así como ella, hay otros borrachos sufriendo por los nuevos tiempos donde se ha dejado lado la “abundancia de la utopía carnavalesca”.[14] La risa de alguna forma se mantiene, en un tono de burla triste, en profanación. La risa no se encuentra en los personajes de la obra, sino en de los lectores corteses que en su tiempo vieron a María La Parda como un motivo de risa en tiempos de seriedad. Ha llegado el pensamiento humanista, y los únicos residuos de carnaval son corregidos y orientados hacia la razón, como en Rabelais
Pero María La Parda es testaruda, y prefiere morir antes de transformar su pensamiento carnavalesco. Encomienda su alma a Noé, el santo patrón de los borrachos, y en un testamento donde brilla la parodia y la redención carnavalesca, lega toda su miseria pero sobre todo, sus deseos y anhelos, a varios lugares de Portugal. Su tono triste mientras recorría limosnera las calles de Lisboa, ahora se convierte en gozoso:

Levar-m´ão em um andor,
de dia, às horas certas
que estão as portas abertas
das tavernas per u for[15]

El tono sigue siendo saudoso, pero es aquel tono saudoso que goza en su sufrimiento, como si se tratase de una victoria. La muerte de María La Parda es el acto más importante del personaje, y hace de su funeral una última fiesta, que es lo único que realmente puede legar: pide que sus misas no se recen, que sean cantadas por curas tan borrachos como ella. Sólo a través de su muerte logra salvar el espíritu carnavalesco con el que vivió su vida.
Item mais, mais mando dar
a quem se bem embebedar
no dia em que eu morrer,
quanto móvel i houver
e quanta raíz se achar[16]

La Parda no se olvida de quienes, como ella, siguen ebrios y, peregrinos como ella fue, buscan consuelo y vino como antaño. Y es que, ¿en verdad la Lisboa de María La Parda sufre de escasez, o es que simplemente ha abandonado las costumbres festivas y la ebriedad comunitaria? Quizás simplemente ahora exista una codicia que es contraria a todos los preceptos de la fiesta carnavalesca; la fiesta ahora se ha vuelto “privada y reservada”[17] La sociedad ha dejado de vivir, ahora sólo sobrevive, como en todos los tiempos de crisis. La enumeración de sus ordenes es descrita como si ella se tratara de un importante personaje religioso; y es que, con sus propios preceptos, María La Parda fue un ser religioso; pues ella “celebró un viaje ritual que podemos dividir en tres actos: 1) Presentación, 2)Via-crucis, y 3)Testamento.”[18] Durante su testamento va nombrando a los habitantes de otros lugares de Portugal, la mayoría de ellos seres tan marginales como María; y ella, como martír de la ebriedad, les promete “pão, vinho e candea, e cama, tudo de graça”.[19]
María La Parda, como personificación del carnaval, ha muerto. Pero es en su misma muerte donde el carnaval adquiere más fuerza en toda la obra; se purifica, vuelve al lugar donde le correspondía, a la comunidad. Sólo murió el último personaje carnavalesco medieval portugués; el carnaval sigue vivo, pero en otros términos. Mientras muere, cuando se ha despojado de todos sus bienes materiales, dice:

Assi que, por me salvar,
fiz este meu testamento
com mais siso e entendimento
que nunca me sei estar[20]

Parece que María La Parda ha llegado al pensamiento y la razón humanista a través de su propia muerte, después de un periodo de abstinencia que le hizo recobrar la razón, tras haber conocido a fondo a su Lisboa, sus calles y su gente. Tras haber estado en contacto con la codicia de los portugueses, María La Parda entrega todo lo que acumuló en su vida, y sus últimas ordenanzas son actos de generosidad que, aunque cuestionables, están sujetos a su visión del mundo: un mundo donde la única iglesia es la taberna, y beber es un acto de fé. Las referencias al pasado de La Parda son sólo de añoranza, pero, aunque no se específica en el texto, se puede deducir que probablemente, en sus tiempos de riqueza y copiosidad, María La Parda, era tan avariciosa como quienes le negaban vino; la única pista de ello es el refrán que Juan Caballero le dice: “quien su yegua mal pea, aunque nunca más la vea, él se la quiso perder”. Es probable que María La Parda sólo haya logrado la humildad y la generosidad hasta decidir su muerte. Y aquí se encuentra otro aspecto curioso de la obra: ella está enferma de sed, pero en el tono en el que dicta su testamento, prefiere morir antes de beber agua, prefiere morir antes de abandonar al vino, y el vino simboliza “un importante símbolo cristiano, la bebida de los dioses”.[21] En ese sentido, María La Parda siempre fue más cristiana que profana, y demuestra su fé al decidir su propia muerte.  Para María La Parda, beber era celebrar la vida, estar ebrio es gozar de salud, y la sed y la abstinencia eran la mayor enfermedad: son ideas que también pueden interpretarse como un incipiente carpe diem, pero que sin duda está más del lado del carnaval.
Corporalmente murió María La Parda, pero a través de sus últimos mandamientos, se elevo a la espiritualidad. Con esto dicho, no quiere decir que la saudade es opuesta al carnaval: pues la saudade no es una simple nostalgía donde sólo caben ideas de tristeza. La saudade es, entre otras cosas, el “bem que se padeçe e mal de que se gosta”, como definiría el escritor Manuel de Melo. Los últimos pensamientos de María La Parda no son tristes, son victoriosos, y aquí reside tanto el carnaval como el saudade. Pues, “la saudade, porque es hija del amor, de su naturaleza, vencerá a la muerte con su misma fuerza. Ésa es la alegría de la saudade”.[22]




[1] VICENTE, Gil, Lamento de María la Parda, Versión y lectura libre de Adolfo Castañón, Editorial ALDUS, México, 2000, pp. 68
[2] BAJTÍN, Mijaíl, La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento, Alianza Editorial, 2003, pp. 313
[3] “Oh, bebedores hermanos, ¿para qué somos cristianos, si Dios nos retira el vino?”. Vicente, Gil, Lamento de María la Parda, Versión y lectura libre de Adolfo Castañón, Editorial ALDUS, México, 2000, pp. 20
[4] Ídem, pp. 72
[5] “Oh, calle de los Hereros: / árboles de mayo / Antaño tus puertas eran / hoy te llenan de sollozos / tantas botellas vacías”. Ídem, pp. 14, 15.
[6] “¡Por los pezones de mis pechos!”. Ídem, pp. 17.
[7] “En tiempo de higos nadie tiene amigos y nada debe pedir”. Ídem, pp. 31.
[8] “Dueño de molino: dar de fiado es desatino”. Ídem. pp. 35.
[9] “Traigo tan seco el ombligo, como nariz de judío”. Ídem, pp. 35.
[10] “¿Qué mal será este / peor cien veces que la peste? / En aquellos días bubónicos / iba yo de taberna en taberna / “De este ya no quiero: dénme aquel””. Ídem, pp. 35
[11] “Cuando voy por ti, calle mía, / todos los pedos que dejo / son suspiros de nostalgia / y esa ventosidad / sopló en mi nacimiento”. Ídem, pp. 18-19.
[12] PEREIRA DA COSTA, Dalila L., Introducción a la Saudade, Fondo de Cultura Económica, México, 1989, pp. 79.
[13] “Sólo quiero lamentar un mal que a muchos toca”. Ídem, pp. 12-13.
[14] Bajtín, Mijaíl, La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento, Alianza Editorial, 2003, pp. 317.
[15] “Llevaran mi ataúd de día / a la hora en que estén / de par en par abiertas / de las tabernas las puertas”. Ídem, pp. 44-47.
[16] “Dispongo también que / al que esté más borracho /el día de mi defunción / se dé entera mi fortuna / muebles e inmuebles / mis bienes todos”. Ídem, pp. 48-49.
[17] Ídem, Epílogo por Adolfo Castañón, pp. 75.
[18] Ídem, Epílogo por Adolfo Castañón, pp 74,
[19] “[Tendrán] pan, vino y candelas y cama y todo por gracia”, Ídem, pp. 52-53.
[20] “Asi para mi salvación / hice este mi testamento / con más seso y entendimiento / del que nunca creí tener”. Ídem, pp. 54-55.
[21] CHEVALIER, Jean, Diccionario de los símbolos, Editorial Herder, Barcelona, 1986, pp. 1065.
[22]PEREIRA DA COSTA, Dalila L., Introducción a la Saudade, Fondo de Cultura Económica, México, 1989, pp. 155. 

Del amor que no se atreve a decir su nombre

Son tiempos difíciles para el amor homosexual. Son los tiempos de las redes sociales, y por ende, de la sobreexposición de la vida privada; son los tiempos del amor no correspondido, de las relaciones amorosas breves y del rápido tránsito de parejas; en la vida de un joven de, supongamos, veintidós años, sea cual sea su orientación sexual, sin duda ha encontrado el amor, o una ilusión del amor, por lo menos un par de veces; otros jóvenes son la excepción y han llegado a tener hasta diez parejas en su vida, y otros, quizás los más, no han tenido una sola pareja. Pero, ¿en verdad en todas esas parejas hubo amor?
            En el caso del amor que no se atreve a decir su nombre, como diría Wilde, parece ser que la pauta son los extremos; o se tiene amoríos tan fáciles como abrir una página web para buscarlos, o no se tiene ningún amorío o relación formal, pues están demasiado ocupados escondiendo sus preferencias sexuales.  ¿Por qué tanta dificultad?
            Más allá de las etiquetas sexuales, las tribulaciones del amor aparecen a la orden del día, aunque es difícil de averiguar si siempre han estado ahí desde que el amor formal se convirtió en una norma social, o son actuales síntomas de una sociedad que da la impresión de que cada vez pierde más valores familiares, aunque esto último cada vez suena más a lugar común. El amor de pareja, el eros, siendo tan habitual, jamás se nos enseñó como acercársele. Al adolescente no lo educan para ser un buen amante, ni sobre cómo sobrellevar una vida junto a la persona que decidió como compañera o compañero de vida. Al niño se le educa para que sea cortés, amable y de buenos modales; pero jamás se le educa cómo manejar sus sentimientos amorosos, que ya desde esa edad se manifiestan. La única educación que reciben muchos hombres y mujeres son a través de la cultura, a través de películas y canciones que transmiten la idea deformada de un amor idealizado, un amor del tipo “no puedo vivir sin ti” o “eres todo para mí”, ideas quizás inspiradas en los trovadores de la Edad Media. Puede que yo me encuentre generalizando, y que quizás algunos niños sí recibieron una educación acerca de cómo recibir y dar amor, pero he observado, en la gran mayoría de mis amigos, y en mi experiencia propia, que esto no es así. Al contrario: cada quien se aventura solitariamente al juego de las atracciones y el deseo, y en cada nuevo noviazgo, parece que se sabe menos del amor. Los padres no saben hablar de amor y sexo; quizás porque son tan o más ignorantes que sus propios hijos. 
            El amor heterosexual tiene innumerables representaciones en el arte y la historia: Orfeo y Eurídice, los amantes de Teruel, Píramo y Tisbe, Abelardo y Eloísa, etcétera. El amor homosexual tiene mucho menos representaciones y las más recordadas son: Adriano y Antínoo, y Oscar Wilde y Alfred Douglas. Los primeros eran emperador y esclavo, respectivamente; en la segunda pareja, uno de ellos acabó en la cárcel por su amor. En ambas parejas, la muerte apareció; en la primera, elevó aquel amor a algo divino que perdura en las estatuas erigidas; en la segunda, fue consecuencia de un deterioro emocional y físico que sumió al escritor en la pobreza.  Ambos amores fueron truncados, ambos están marcados por la tragedia; en el caso de Wilde va más allá, pues él, quien en reiteradas ocasiones aprovechó para decir que era en su vida donde radicaba su genio, asumió su papel de víctima que cede a los designios del amor, de su amor personificado en un joven caprichoso y mimado como era Douglas. El amor de Wilde es el amor prototípico homosexual: un amor trágico, donde uno es la víctima y el otro es el victimario, donde uno sacrifica su vida por el otro, y el amor no correspondido es quizás la mayor fortuna de la víctima, quizás porque, como García Márquez dice, el poder invencible que ha movido al mundo no es el amor feliz, sino el no correspondido.
            La aceptación del amor homosexual como una tragedia parece que se ha generalizado hasta límites peligrosos. La tragedia siempre ha estado ahí, sólo que ahora, a través de las redes sociales, he descubierto que es aún más común de lo que yo creía. El rechazo de los padres y la discriminación social ya son sólo los estereotipados componentes de la tragedia homosexual; ahora es necesario agregar la dificultad para hallar al amor; y encima, averiguar si ese amor es en verdad genuino o sólo es una fachada para evitar la soledad. Es hasta cierto punto entendible la difundida idea de que el homosexual sólo se dedica a buscar relaciones pasajeras donde lo único que importa es el placer instantáneo que otorga el sexo; esta tendencia es probablemente consecuencia de un círculo vicioso de corazones rotos que han decidido no volver a prestar atención a sus ansias amatorias, y han preferido el camino fácil de la satisfacción sexual. Las malas noticias son que estos también son los tiempos de las enfermedades venéreas.
            Ese es quizás el trasfondo de aquella subcultura homosexual de los bugchasers y los giftgivers. Hombres que se reúnen en orgías donde no está permitido llevar preservativos, y entre los participantes se encuentran hombres seropositivos. Es una ruleta rusa, el peligro se vuelve un factor de excitación, y el VIH se convierte en un afrodisiaco digno de los tiempos de los tópicos juveniles del you only live once. Otros ejemplos de desenfreno sexual, tanto entre homosexuales como heterosexuales, se pueden encontrar en las llamadas cabinas de las sex-shops, o en la práctica del cruising, el acto sexual con un desconocido en baños públicos u otros lugares clandestinos.  
            Esto por supuesto lleva a una degeneración en la imagen del joven homosexual: los estereotipos que tanto los homosexuales claman que son mentira, en parte son verdad. El internet es el refugio del homosexual que sigue en el closet; solitario y desesperado, decide buscar suerte en las redes sociales. Este homosexual probablemente sea un ingenuo muchacho de quince años o un inocente adulto de cincuenta. Ambos puede que sufran la misma decepción: encontrarse con que la mayoría de homosexuales sólo buscan relaciones pasajeras o destructivas. Es decisión de ellos si deciden seguir el juego o esperar a otro hombre que sí crea en el amor genuino, que no esconda temor a la soledad, que no considere que uno deba tomar un inferior papel de amante y el otro, un papel superior de amado. Esperar a un hombre o a una mujer que sí recibieron educación sexual, o que quizás no la recibieron, sino que nacieron con ella.  
            ¿Y en qué consistirá la educación sexual? En la sociedad actual, donde el amor propio se ve más como un vicio que como una virtud, quizás sea necesario volver a recordar a Oscar Wilde, que durante el juicio realizado en su contra, le preguntaron:
            -¿Es verdad que usted amó con locura a un hombre?
            Y él respondió:
            -El único hombre que he amado con locura es a mí mismo.

            

sábado, 1 de marzo de 2014

Para gustos, colores.




¿A uno siempre le gustarán las mismas cosas? ¿A uno siempre le deleitarán las mismas canciones, los mismos libros gastados, las mismas películas que nos sabemos de memoria? O, ¿hay acaso una pausa en nuestras vidas donde vemos toda esa parafernalia reunida en un baúl, y de repente nos sentimos golpeados por una nostalgia que ya no queremos que sea nuestra? 
            Una de mis ensoñaciones más utópicas es que exista una computadora que nos permita acceder a nuestros recuerdos como si accediéramos a nuestras listas de reproducción del iTunes, y poder verlos cuando queramos; o mejor aún, borrarlos si es necesario. Yo no borraría ningún recuerdo mío (hasta ahora), pero, ¿borraría el recuerdo de haber visto mis películas favoritas, de haber escuchado las canciones que me han conmovido hasta el alma, y los libros que más me han electrizado para motivarme a ser escritor?
            Por supuesto que sí. Estoy seguro que todos lo harían, porque, ¿quién no reviviría una vez más aquellas catarsis, el mero momento al descubrir aquellos tesoros que sólo adquirieron significado porque les dimos un contexto en nuestras vidas? ¿Quién no volvería a gozar de aquellas poderosas emociones que nos embargaron al ver esas películas, leer esos libros, escuchar esas canciones? Sólo hablo de casos relacionados con la cultura pop; podría también hablar del recuerdo del primer beso, de la primera siesta en brazos de alguien, del primer viaje en avión. Pero, sólo quiero enfocarme en el acercamiento a la cultura; si me acerco al aspecto vivencial, habría decidido escribir un cuento, y no esta divagación.
            Borraría de mi memoria a Michael Jackson, a su voz eléctrica, a su danza sui generis, su porte que rompía la división entre adulto y niño, blanco y negro, hombre y mujer. Borraría a Jamiroquai, su música que es un cóctel de house, jazz y pop espacial. A Yann Tiersen, el Paganini del acordeón. A Björk y por ende, a la voz de Dios. A ese trópico que es la música brasileña. A esa fiesta que es la música eurodance. Al cine de Kubrick, Miyazaki, Terry Gilliam, Spike Jonze y Michel Gondry. A César Vallejo y a su sereno y duro universo. A Mishima y su disciplinado amor a sí mismo y a la muerte. A Wilde, quien, sin querer, inventó la homosexualidad como cultura. A Pessoa, que descifró al hombre con su libro del desasosiego. A Borges, que descifró al universo con sus cuentos. A Whitman, que no descifró nada, pero lo gozó todo. A Rowling y a Stephen King, que me recuerdan que una buena historia siempre puede ser buena literatura. A Bradbury, mi maestro, quien sabe contar una buena historia en el lenguaje de la poesía.
                La cuestión es esta: si yo borrara a todos aquellos, y los volviera a escuchar, a leer, a ver, ¿volverían a gustarme, como volver a colocar las piezas en su lugar del rompecabezas? ¿O comenzarían a desagradarme y me pondría a buscar nuevos horizontes? Como podrán ver, mis gustos son tan pop (o tan homosexuales, como quiera verse), que la humanidad ya tiene toda una lista de sustitutos que tienen los mismos gustos que yo para reemplazarme. Pero, ¿qué fueron primero, los gustos o yo? ¿Los gustos me moldean como persona? ¿O yo, como persona, puedo elegir lo que me gusta o no? Yo no estoy seguro de si sería el mismo si me gustaran bandas como Chumbawamba, Mötley Crue, o la Arrolladora Banda Limón. Pero, quizás en un futuro, próximo o lejano, ¿qué importa? Veré todas las cosas que me gusten ahora y pensaré: “Qué cursi, qué tibio y torpe era, qué cosas tan vulgares y poco estimulantes me gustaban”, y tiraré todo a la basura, sin necesidad de artilugios que me borren la memoria. Lo sé, no dije que me gustaran Dvorak, ni Tarkovsky ni James Joyce. Quizás habrá un día en que los valore como los genios inmortales que dicen los demás que son. Mientras tanto, yo soy feliz revolcándome en mi inmundicia pop.