martes, 4 de diciembre de 2012

Reseña de “El llanto de los niños muertos” de Bernando Fernández, BEF.


Es un mito aquello de que no existe el género de la ciencia ficción en México; existe, y su mejor exponente es Bernando Fernández, BEF. En su recopilatorio de cuentos, “El llanto de los niños muertos”, es donde podemos ver resumida su concepción de la ciencia ficción y su replanteamiento en México; BEF no intenta innovar en el género, sino sólo ubicarlo en un contexto no muy utilizado. Con historias hilarantes como “La virgen ahogada conoce a Frankenstein” y otras que son parábolas interestelares de la conquista española sobre Tenochtitlán en “Las entrañas elásticas del conquistador”, se forma este libro. Otro de los aspectos que resaltan es lo notorio que es la faceta de dibujante de cómics de BEF; las tramas y las escenas de ciertos cuentos parecen descritas como si estuvieren acompañadas de su viñeta correspondiente.
    Entre los temas recurrentes que encontramos en los cuentos de “El llanto de los niños muertos” es aquella mezcla entre fantasía y realidad como en el cuento “Ojos de lagarto”, donde un dragón mantiene a rehén a una chica en un parque urbano si no le entregan cantidades industriales de atún y coca-cola; o como en “El pasillo del azúcar”, donde unos niños sospechan que cierta maestra en realidad es una mutante.
   Otro tema es el absurdo; como en “Los leones”, donde una supuesta plaga de leones invade la Ciudad de México (en tiempos cuando Cuauhtémoc Cárdenas era Jefe de Gobierno, como bien señala el autor) y en otros el tema es el apocalipsis, como en los cuentos “Las últimas horas de los últimos días” y “Siete escenarios para el fin del mundo y un final final”.
   Quizás el tema más predominante es el del contraste entre lo histórico y lo fantástico, como en “Están entre nosotros”, un cuento que sugiere que la causa del terremoto de 1985 y del asesinato de Colosio son los extraterrestres; y en “La bestia ha muerto”, replantea el enfrentamiento entre Maximiliano de Habsburgo y Benito Juárez pero desde el género de steampunk.
   “El llanto de los niños muertos” recopila cuentos (algunos mejores que otros) que revelan la naturaleza literaria de BEF: los géneros de la fantasía y la ciencia ficción, pero sin tomárselos tan en serio. Son un gran antecedente para entrar en sus novelas, “Hielo negro”,  “Gel azul”, “Ladrón de sueños” entre otras, donde deja de lado los juegos literarios que resultan ser sus cuentos (que son bastante buenos la mayoría) y entra de lleno en historias noir, o de ciencia ficción pura, siempre enmarcándolas en un contexto mexicano. 

Reseña de “El paraíso secreto” de Beatriz Escalante.


En casi todas las novelas de Beatriz Escalante, la mujer juega el rol más importante. Ese es el caso de “Júrame que te casaste virgen”, “Cómo ser mujer y no vivir en el infierno”, así como también la que me parece su mejor obra, “El paraíso secreto”. En ella, Beatriz cuenta la historia de Magdalena, una mujer que desde su infancia fue comprada por un árabe para ser su aprendiz; éste árabe es un maestro en el arte de la alquimia, y busca realizar el elixir que ha atormentado a todos los alquimistas desde el inicio de los tiempos: el elixir de la inmortalidad. Magdalena llega a sustituir al árabe en la búsqueda de los ingredientes y en la preparación de un elixir que parece imposible. Y es que el elixir de la inmortalidad no sólo depende de ingredientes, sino también de determinadas épocas del año y determinadas fases de la luna. En su búsqueda por comprender los pergaminos falsos que había dejado el árabe como legado después de su muerte, Magdalena se topa con una caravana manejada por Odilón, un ser que gusta de coleccionar seres que tienen deformidades, y exhibirlos a cambio de dinero.
   En aquella caravana se encuentran seres que van desde un hombre doble (un hombre con un solo torso pero dos piernas, dos manos y dos cabezas), una mujer sin esqueleto, un cíclope, un hombre sin labios, y varios enanos e idiotas. De todos ellos, el más importante de la trama es un enano que no es feliz como  los demás parecen serlo en aquella caravana; mientras todos los demás parecen haber encontrado su destino, el enano se siente impotente y se pregunta por qué no puede ser incluso más raro que todos los demás miembros de la caravana; ser más valioso. Magdalena cambia su destino al trazar con una navaja una nueva línea de la vida en su mano, y aquello surte efecto: el enano es elegido por un duque para ser su amuleto de sueños. Posteriormente, en el transcurso de la novela, el enano y Magdalena se vuelven a encontrar.
   “El paraíso secreto” es una novela cuyo eje temático es la mortalidad; la desesperada búsqueda de Magdalena por el elixir de la inmortalidad la lleva a ser considerada una secuaz del demonio según un padre; el enano, al revés que Magdalena, no busca una inmortalidad, sino una mortalidad honorable, digna;  ese es el dilema moral en el que desemboca el clímax de la novela. La persecución de una madre quien afirma que Magdalena la traicionó, los dilemas religiosos de un padre, o el sentimiento de culpa del médico del duque, son sólo otros de los aspectos que refuerzan el mensaje de la novela.
   Con un lenguaje fantástico, metafórico y preciso, Beatriz Escalante nos cuenta una historia entretenida que nunca divaga, donde todo es historia. Quizás su único defecto es su final acelerado, aquella sensación al final de que la historia termina de golpe, sin un final realmente conclusivo. Pero exceptuando eso, “El paraíso secreto” es una novela redonda. 

Reseña de “El caballero inexistente” de Ítalo Calvino.


En sus “Seis propuestas para el próximo milenio”, Ítalo Calvino propone seis nuevas direcciones por donde debería ir, según él, la literatura del futuro: la levedad, la rapidez, la exactitud, la visibilidad, la multiplicidad y la consistencia (ésta última que no explicó, debido a su muerte, antes de poder realizar la conferencia en la que se basó el libro). Todas ellas están presentes en su novela “El caballero inexistente”, que es parte de una trilogía de fantasía medieval que comprende “El barón rampante”, “El caballero inexistente” y “El vizconde demediado”. En todas ellas Calvino envuelve una problemática filosófica-existencial en historias ambientadas en tiempos de caballería, guerras y nobleza. Mientras que “El vizconde demediado” propone un personaje que vive partido a la mitad, y “El barón rampante” nos cuenta sobre otro personaje que sólo vive arriba de árboles, el protagonista de “El caballero inexistente” ya se deduce en el mismo título (igual que los otros). Agilulfo es el caballero de la armadura vacía, que realmente no existe, pero que puede existir sin cuerpo sólo gracias a la voluntad. Es parte del ejército de Carlomagno, en donde también se encuentra otros personajes, como el idealista Rambaldo, la  hermosa Bradamante, y Gurdulú, quien se lleva la novela, pues es la antítesis de Agilulfo: un ser que no sabe que existe.
   Todos estos personajes, (con la posterior adición de Turrismundo, el hijo de los caballeros del Santo Grial) conforman una historia donde se coloca en un contexto banal y burocrático a la guerra, donde nadie se cuestiona la no-existencia del caballero Agilulfo, y los caballeros que componen al ejército se preocupan más por la comida, el vino y las mujeres que por defender la cristiandad. A la vez, todos esos personajes, a excepción de Agilulfo, buscan un destino: Rambaldo busca el amor de Bradamante una vez que se encuentra vacío por haber vengado la muerte de su padre; Gurdulú, una vez designado escudero de Agilulfo, se preocupa por proteger a su amo; y Turrismundo, quien busca a su padre, que resulta ser todos los caballeros del Santo Grial.
   Otro rasgo distintivo del libro es la narradora: una monja encerrada en un convento, quien es la primera en admitir sus limitaciones para narrar las batallas, y que sus elucubraciones generalmente inauguran un nuevo capítulo; su identidad no se revela hasta al final de la novela, como una revelación.
   En apariencia “leve”, “El caballero inexistente” es una novela que dice más de lo que aparente: representa en cada uno de sus personajes ciertos dilemas morales y filosóficos de la posmodernidad: la voluntad de existir de Agilulfo, pero a pesar de ello, vive una vida autómata y robótica, encerrado en una armadura; Gurdulú, que debido a su ignorancia que él Es, se confunde a sí mismo como un árbol, o como una mariposa. O Rambaldo, que una vez satisfecho (o más bien insatisfecho) por haber vengado a su padre y haber llenado ese vacío, busca llenarlo de nuevo con el amor idealizado de Bradamante, y de paso se cuestiona la naturaleza y la verdad del amor. En pocas palabras, “El caballero inexistente” es una novela fantástica que trata temas muy reales, como una fábula para adultos. 

Reseña de “Historia de lo fijo y lo volátil” de Fernando de León.


Es triste cuando libros que cuentan historias breves pero poderosas no son tan célebres como debieran. Este es el caso de “Historia de lo fijo y lo volátil”, de Fernando de León, que retoma el mito del Judio Errante, aquel que fue maldecido a andar y vagabundear eternamente y sin descanso por todo el mundo; maldición hecha por Jesús a sólo unos pasos de ser crucificado. En este caso, Fernando de León agrega al tío del Judio Errante, y completa una historia que se desplaza en lugares como Praga, París y Tlaquepaque, Guadalajara.
   La novela (que es tan corta que es más bien un cuento largo), narra dos historias paralelas: la primera, narrada en segunda persona, es la historia de un sujeto (o más específico, tú, lector) encontrando una catedral gótica hecha de papel, que es la primera pista que lo acerca al inmortal Judío Errante; la segunda, es la historia del Judio Errante contada desde el inicio, mientras juega un antiquísimo juego con su tío, en el mismísimo monte de Gólgota. De ahí son condenados hasta que llegue el Juicio Final, en donde deciden retomar el mismo juego, esta vez sobre la tumba de Jean Paul Sartre. En el trayecto, se encuentran con personajes tan diversos como el Golem, el diablo o la mismísima Lilith, con quien el Judio Errante encuentra un consuelo; una mujer inmortal.
   “Historia de lo fijo y lo volátil” es una novela breve, y que quizás ahí radica su fuerza; no pierde el tiempo en divagaciones y a través de las historias con las que se topa el Judio Errante, es donde Fernando de León se permite reflexionar sobre si la mortalidad es tan bello como se suele soñar. Lo mejor de la novela es aquel hilarante pero significativo final, donde el Judio Errante llega a una cantina de Tlaquepaque y conoce a Lilith; ahí, hay dos frases que debido a su belleza, me parecen lo mejor de la obra: “Para los mortales, la madurez es una forma civilizada de enfrentar el desgaste y la vejez, una estrategia de muerte” y “Llenos de gracia, no éramos sino un cuerpo que luchaba por recuperar sus antiguas individualidades: cuando la unión se ha concretado verdaderamente: también la separación es un placer”. 

Reseña de “Niebla” de Miguel de Unamuno


La vida es una niebla. Con esta frase, tan sucinta y autoexplicativa, podríamos englobar el mensaje central de la novela “Niebla” de Miguel de Unamuno. Pero por si sola, la frase no nos dice mucho; es necesario agregarle un contexto, y ese contexto es la historia de la vida anodina de Augusto Pérez, su azarosa encuentro con Eugenia Domingo del Arco, su azarosa amistad con Víctor (personaje que también “escribió” el prólogo de la novela), y sus azarosas decisiones. Considero que todas las novelas son, por antonomasia, ambiciosas; “Niebla” desde la primera página, se siente tan ambiciosa que uno casi puede ver a Miguel de Unamuno sonriendo mientras escribía la novela, con las intenciones casi “maquiavélicas” de querer decirlo todo en una historia, en apariencia, tan insubstancial.
   En la cúspide de su carrera, Unamuno se siente capaz de superarse a sí mismo y lo logra. Crea la primera nivola, para designar a sus ficciones y predominar sus características: superioridad del contenido sobre la forma, importancia de las ideas encima de la misma trama. Unamuno no tiene necesidad de crear personajes fieles a la psicología, llenos de rasgos y deseos contradictorios; los hace hasta planos, arrebatados por un solo ideal; y a pesar de que esto podría ser contraproducente, en realidad no lo es. Las penas de Augusto Pérez y sus reflexiones filosóficas acerca del amor (“Amor definido deja de serlo”) y de la participación del azar en la vida contrastan con las insignificantes escenas en la trama pero robustecen la novela, que es sólo una triste historia de amor idealizado, de amor no correspondió; de amor, al fin y al cabo.
   Unamuno se ahorra las descripciones espacio-temporales; lo importante es la cabeza, los pensamientos que atormentan no sólo al protagonista, sino a todos los personajes; nos metemos también a las preocupaciones de Eugenia Domingo del Arco sobre sus dos amores, Mauricio y posteriormente Augusto. Todos los personajes tienen algo o que decir o qué no decir, y todos aportan ideas que hacen de “Niebla” casi una novela-ensayo, donde lo importante es no contar una historia, sino contar un mensaje.
   Quizás lo más destacado es aquel enfrentamiento entre el protagonista, Augusto Pérez, y el mismo Miguel de Unamuno, que interviene en la novela sólo porque el mismo Augusto lo va a buscar. Cabe decir que desde que inicia la novela, todos los personajes sospechan ser víctimas o simples muñecos manipulados, o ser simples inventos de ficción; desde el prólogo, donde un ficticio escritor novato presenta la novela, y que después lo vemos presentado como el mejor amigo de Augusto; y en diversas ocasiones, en sus pensamientos románticos, Augusto apela a la idea de la realidad versus la ficción: “¿Por qué ha de haber algo? ¿De dónde ha brotado Eugenia? ¿Es ella una creación mía o soy creación suya yo?” El clímax es aquella pelea verbal que sostienen Unamuno y Pérez, cuando éste viaja a Salamanca para enfrentar a su escritor, a su “dios”.
   A primera vista la pelea pareciera ganada de antemano por Unamuno, pero Augusto remata con un golpe final casi maestro: "– ¿Conque no, eh? ––Me dijo––, ¿conque no? No quiere usted dejarme ser yo, salir de la niebla, vivir, vivir, vivir, verme, oírme, tocarme, sentirme, dolerme, serme: ¿conque no lo quiere?, ¿conque he de morir ente de ficción? Pues bien, mi señor creador don Miguel, ¡también usted se morirá, también usted, y se volverá a la nada de que salió...! ¡Dios dejará de soñarle! ¡Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo quiera; se morirá usted y se morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, todos sin quedar uno! ¡Entes de ficción como yo; lo mismo que yo! Se morirán todos, todos, todos. Os lo digo yo, Augusto Pérez, ente ficticio como vosotros, nivolesco lo mismo que vosotros. Porque usted, mi creador, mi don Miguel, no es usted más que otro ente nivolesco, y entes nivolescos sus lectores, lo mismo que yo, que Augusto Pérez, que su víctima...". Unamuno enfurece y amenaza con matarlo, con la facilidad que es sólo escribirlo; en cambio, Augusto arremete diciendo que él es libre e independiente, y sólo morirá cuando él lo deseé.
   Finalmente, Augusto le pide a su sirvienta comida para una familia entera, y se la traga toda; así muere, en este acto, que no se sabe ya si es suicida, si de verdad fue Augusto Pérez quien se salió con la suya, o fue el autor.
   La nivola finaliza con unas reflexiones últimas del perro fiel de Augusto, Orfeo, quien se apiada de su amo, y por ende, de todos, “meras obras de ficción”. Es  en este mismo momento cuando el lector se pregunta las mismas preguntas que se planteó Augusto en la comodidad de su vida aristocrática y cuasi romántica;  la lucha de un personaje que se enfrenta a un determinismo divino, a su destino; y dado que la obra no está escrita en primera persona, pero sí desde el interior de la mente de Augusto, en cierto momento la obra pareciera que está escribiendo nuestras propias dudas, nuestras mismas preguntas sobre la veracidad de la existencia. En definitiva, “Niebla” de Miguel de Unamuno es probablemente la obra cumbre del autor, y una de las más definitivas acerca de la corriente filosófica del existencialismo. 

Reseña de “Manual de Creación Literaria” de Oscar de la Borbolla.


Como aspirante a escritor, me he preocupado por leer libros de diversos autores acerca del arte de escribir. Todos y cada uno de ellos son tan distintos entre sí, que uno termina concluyendo que la literatura no es del todo comprensible, que es caprichosa; que cada quien la ve desde su propia perspectiva, desde su propia trinchera, y donde unos ven la inspiración como un don elegido para pocos, otros la ven con frialdad o hasta la niegan.
   Recuerdo algunos: un manualito, muy técnico y muy mal hecho de Paula Arenas, “Curso de escritura creativa”; o  “Sujetos distantes: Discurso del método científico” de Guillermina Baena Paz. También recuerdo las acotaciones de Chejov y Quiroga sobre los cuentos, y los consejos de Cortázar: “Si la novela gana por puntos, el cuento debe hacerlo con un knock-out”. Todos los consejos de estos escritores, aunque a veces contradictorios, resultan muy útiles. Sin embargo, han sido dos libros los que más me han ayudado, los que más me han esclarecido el camino: uno es “Mientras escribo” de Stephen King, y el otro, es el “Manual de creación literaria” de Oscar de la Borbolla.
   Cualquiera podría pensar que estos dos autores, tan pero tan distintos entre sí, discreparían sobre temas cruciales de la literatura: la verosimilitud, el ritmo de la narración, el vocabulario… Lo sorpresivo es que no: que concuerdan bastante, que llegan a las mismas conclusiones sin decir lo mismo, lo cual es un alivio.
   Obviaré el hecho de que Oscar de la Borbolla es un escritor de cuentos “poco ortodoxos”, de ucronías divertidísimas y de novelas filosóficas e irónicas, y que Stephen King escribe novelas de terror y otros best-sellers que han tenido adaptaciones al cine; ambos aman leer y escribir con la misma demencia, y contagian ese amor al lector, lo que es precisamente el mayor logro de ambos libros.
   Los compararé para que se entienda mejor lo que quiero decir. Stephen King comienza diciendo que “si quieres ser escritor, lo primero es hacer dos cosas: leer mucho y escribir mucho”. De la Borbolla da por hecho que el aspirante a escritor conoce esta regla, y comienza contrastando dos posturas sobre el talento literario y la inspiración: que si desciende de los dioses (lo que hace pensar que los primeros hombres de las civilizaciones madre tenían baja autoestima), o que es sólo un cálculo intelectual, tal y como Poe lo expone en su “Filosofía de la composición”. Acerca de esto, King dice que la inspiración viene mientras se escribe, y que genios como Shakespeare, Faulkner, Yeats y Shaw eran “accidentes divinos, personajes con un don que no podemos entender y mucho menos alcanzar”. Quizás esos genios literarios comprendían a la perfección el concepto que Borbolla bautiza: “historia subterránea”, que en las palabras sucintas de Ricardo Piglia sería que “todo cuento cuenta dos historias”, y que sólo con la historia subterránea se puede formar la intriga. King jamás usa el término pero si nos explica algo similar: para él, todas las historias son fósiles que poco a poco se desentierran y que nunca por ningún motivo hay que darlo todo servido al lector.
   Sobre los personajes, De la Borbolla dice: “Conviene recordar que con los buenos personajes ocurre lo mismo que con las personas interesantes: por más que sepamos de ellos no nos da la impresión de que lo sepamos todo”. King llega a la misma conclusión pero de distinta forma: “Sólo hay dos secretos: prestar atención a lo que hace la gente que te rodea y contar la verdad de lo que has visto”. Aquí, en la construcción de personajes, entra en juego la verosimilitud: ambos están de acuerdo en que en este aspecto es piedra angular en la literatura. De la Borbolla nos da el ejemplo de un cuento de Marcel Aymé que narra la historia de un hombre común y corriente que es capaz de atravesar las paredes. King no necesita dar muchos ejemplos, ya que sus novelas lo evidencian: “Carrie”, la novela de una chica que sufre bullying en el high school, y que es víctima de una madre extremadamente religiosa, podría pasar como una historia que sucedería en la vida real, sino fuera porque la protagonista posee la cualidad de la telequinesia. Ambos nos dicen lo mismo (se logra la verosimilitud al establecer una proporción entre el elemento fantástico y los elementos convencionales) pero De la Borbolla nos ofrece una visión más: la verosimilitud también se logra al acumular acciones fantásticas a gran velocidad que no le dan oportunidad al lector de preguntarse: “¿Por qué?” (El mejor ejemplo aquí es “Cien años de soledad”).
   También tienen sus diferencias. King se toma su tiempo en dar consejos sobre las herramientas de escribir; las palabras: recomienda jamás usar la voz pasiva, evitar los adverbios, las dificultades de las atribuciones de diálogo (lo mejor es siempre el “dijo”) y la estructura de párrafos. De la Borbolla se salta esto porque su perspectiva es otra: él analiza el entramado de las historias y cómo se arman. Nos explica los distintos planos de realidad (los tipos de narradores), la anisocronía (la composición del tiempo de la historia y lo que ocupa el lector en leerla), la visibilidad y la economía expresiva. Estas dos últimas también las expone King: a la visibilidad le llama ojo mental, y sobre la economía expresiva, King dice: “Recuerda que la primera regla del vocabulario es usar la primera palabra que se te haya ocurrido, siempre y cuando dé vida a la frase”.
   Al acabar de leer ambas obras, inevitablemente las complementé. De la Borbolla dedica capítulos enteros a conceptos como la ambigüedad y el humor, que King ni siquiera menciona (quizás por su misma naturaleza literaria). No quiero entrar en la polémica sobre si Stephen King realmente escribe literatura o no; por mi parte, disfruté leyendo “Misery” tanto como disfruté leyendo “Las vocales malditas”, así que quizás se trate de “calidades distintas” (si es que existe tal idea). Lo importante es recalcar que, bajo distintas visiones, ambos revelan las técnicas y mañas de su trabajo. Quizás el “Mientras escribo” le sirva más a quienes aspiren a escribir best-sellers con tramas vertiginosas y absorbentes, y quizás el “Manual de creación literaria” para el que quiera crear literatura transgresora y que juega consigo misma. Lo esperanzador es que ambos, siendo tan distintos, lleguen a los mismos lugares: ambos admiran a Lovecraft, ambos se divierten como niños escribiendo, y, como nota aparte, ambos a la hora de narrar escenas de sexo, son muy explícitos… Pero ya sería tema de otra reseña. 

viernes, 5 de octubre de 2012

Palabras vivas


Duele. Duele mucho. Pero duele bien. Tienes cáncer y te morirás en unos meses, o lo que es lo mismo, en unos días. ¿Y qué quieres que haga, ponerme a llorar? Eso es una grosería, y como me diste la razón, te tomé la palabra y te pregunté: ¿Qué quieres hacer? Y me dijiste que todo, ¿y qué es todo para ti? Porque si quieres vamos y matamos a alguien, si quieres vamos y hacemos un trío; si quieres, gastamos todos nuestros ahorros y nos vamos de viaje. Sí, algo así, dijiste, pero también quiero leer todos los libros que nos falta leer… ¡Ah, recuerdas la promesa! Exclamé. Claro que sí, dijiste, tú mismo me prometiste que todos los libros que compráramos los íbamos a leer juntos, tú un párrafo y yo otro… Sí, sí, nos faltan como veinte libros en la estantería, veinte libros y a morir. No seas necio, dijiste, moriré y moriré bien, porque amé y me dieron amor, es más, ni me di abasto, y fue tu culpa. No es nada, dije, pero déjame hacer algo, déjame…déjame algo tuyo. ¿Cómo qué? Preguntaste. ¿Quieres mis manuscritos, mis dibujos, mis pulseras, mis relojes? ¿Quieres un pelito mío, o quieres todo mi cabello? No, yo quiero tu voz, porque si ahora no puedo estar sin escuchar tu voz un día, ¿te imaginas cómo estaré todo lo que me queda de vida?
   ¿Y cómo te doy mi voz? Por mí te la doy, si quieres úsala, agárrala de mi garganta y póntela en la tuya, pero ¿cómo? Es imposible…
   Pero espera, dije, ¿qué será de mí cuando mueras? Tu voz es mi alarma, ¿cómo despertaré ahora? Tu voz es mi mapa, ¿cómo sabré a donde ir ahora? Tu voz es mi historia, ¿cómo recordaré ahora? Mira, mira, se me ocurrió una locura…
   ¿Tú? ¿Tú una locura? ¿Cuál de todas? ¿Cómo la locura de serme infiel y yo perdonarte? ¿Cómo la locura de vivir de la renta que cobramos, de no hacer nada en todo el día excepto leer, comer y coger? ¿Qué nueva locura ahora?
   Me duele lo que dices, pero duele bien. Ésta es mi locura: acercaré una grabadora a tu boca y haré que digas todas las palabras del español, del castellano más refinado, y una que otra del inglés. ¿Qué te parece mi locura?
   Prefiero tomes mi cuerpo, prefiero conserves el ataúd donde descansaré y lo coloques a un lado de la cama, ¿no es más fácil para tu alma? Grabar todas y cada una de las palabras del español, qué cansado, ¿me quieres matar del hastío?
   Vamos, sé que te divertirás, ¿es que ya no recuerdas cuantas palabras bonitas hay? Es para que las sientas por última vez en la boca, los últimos bocados de tu idioma. Vamos, será fácil y rápido, y si quieres, si nos apuramos, viajamos a todos lados.
   ¿Y los libros que nos falta leer? ¿Es que jamás sabré de que va Milan Kundera, es que jamás transitaré las carreteras que recorrió Kerouac, es que nunca más volveré a limpiar el whisky de los labios de Bukowski? Usa mi cuerpo, usa mi voz, haz lo que quieras conmigo, pero déjame leer esas historias y morir en paz.
   Pues agarremos los diccionarios que ya se hace tarde; de la A a la Z, yo quiero todas las palabras, desde los nombres propios hasta las terminologías, desde las locuciones latinas hasta las griegas. Las palabras en desuso también, ¿porque no? Las palabras más hermosas como nostalgia, ojalá y saxífraga, dilas con pasión, como si les fueras a dar un beso. Sí, sí, pasemos horas y horas en esta empresa, yo te grabo con una videocámara, mientras tú comes y comes palabras, y la grabadora las guarda. Después, las pasaré a la computadora, ¿y sabes algo? Serás inmortal.
   Doce horas diarias te la pasas grabando palabas ininterrumpidas, cumpliendo mi capricho. En las noches leemos tus libros pendientes y los pasajes de tus libros favoritos. Ahí me toca leer con mi voz.
   Yo también extrañare tu voz hijo de puta, dijiste, ¿a qué yo no puedo grabarla y llevármela? ¡Para dejarte mudo, sinvergüenza!
   Escucharas mi voz cuando quieras, reclamé, porque mi voz será la música que te guie por los pasillos de la muerte, y de ahí, ¡adonde te quiera llevar! ¿Qué más quieres? Tú te llevas mi paz, la seguridad de tu “Todo estará bien” que murmuras cada vez que me abrazas... ¡Ay, no se te vaya a olvidar grabar aquella oración, que es como un conjuro para mí…!

Te me moriste. El último día, te supliqué que no te fueras, que te quedaras, ¡qué me importa congelar tu voz, si la voz no me besa, no me toca, no me hace el amor! Y maldita sea, lo hicimos por vez última, de manera triunfal, ¡a ganar, a ganar! Pero luego te moriste, en nuestra cama, y no dejaste ni una nota, ni dijiste adiós;  tan de repente, como si todo este tiempo sólo hubieses sido carne.
   Pero ay, por suerte alcanzaste a grabar todas las miles y miles de palaras del idioma español, aunque al final casi te quedaras afónica, pues bien me di cuenta que cuando hacíamos el amor, para ti gemir era una dificultad. Tus últimas palabras fueron: “Adonde me lleven, me van a cambiar la voz”. Era cierto.
   Organicé todas las palabras grabadas y creé un software para usarlas a mi antojo. Me puse a llorar. Me puse a llorar porque la vi estantería y noté que no acabaste de leer tus novelas pendientes, y todo porque le hiciste caso a mi capricho. Escribí mi nombre para que el software lo leyera con tu voz. Quiero creer que pronunciabas mi nombre con ternura, o por lo menos con ese amor dolido que sigue a la infidelidad. Escuché mi nombre mil veces con tu voz, y mientras era tu funeral, coloqué tu arrullo “Todo estará bien” adentro de mi celular, sólo por si acaso. Pero mientras el ataúd bajaba a la tierra, no la quise escuchar. Porque me hubieses mentido.
   Porque conversaba contigo, enfrente de la computadora; yo te hablaba y yo escribía tus contestaciones; porque sabía de memoria lo que me dirías, así que sólo transcribía tu alma, alargándola. Te coloqué en el GPS del auto, y ahora era tu voz la que me decía a qué calle girar. Te coloqué en mi despertador y ahora eras tú la voz que me decía la hora. Te coloqué en los libros, y ahora eras tú la voz que los leía, y me alivié pues podías leer las novelas que no leíste en vida.
   Y todas las conversaciones que no tuvimos, esas postergadas por “un día de estos”, esas charlas sobre los secretos de nuestras vidas, que sólo se manifiestan debajo de las sábanas, donde dos pieles acostumbradas una de la otra se tocan; esas charlas que le dan sentido a la vida, donde los perdones llueven, las tuvimos. Tarde, pero charlamos así. Claro está que yo escribía en el teclado de la computadora portátil lo que tú decías, ¿pero qué querías?
   Haces bien, dije yo y dijiste tú, porque aún muerta no me quiero quedar callada, y escupiré todo lo que en vida me tragué, y lo haré sólo porque serás tú quien lo escriba, pues todo aquello vivía adentro de ti (vivía adentro de mi), esos remordimientos en el fondo de tu estómago; me tienes adentro, tu voz es mi voz ahora.
   Y tienes razón, te digo, amor mío, que tu voz sigue siendo tuya aunque yo la manipule, que tu amor es tuyo aunque yo lo juegue; y si tu quieres, sólo si tu quieres, hablaremos toda la vida, yo transcribiendo tus palabras desde la vida, y tú transcribiendo las mías desde la muerte, ¡porque sé que tú también escribes las palabras vivas que diré en una computadora! ¿Y sabes una cosa, sabes una cosa? Yo también grabaré todas las palabras del español, las colocaré en la computadora… y cuando me muera, habré creado un segundo software que responda al tuyo. Y aquellos programas, que seremos tú y yo, conversarán hasta el infinito, agotarán todas nuestras charlas posibles, incluso aquellas que no deberíamos tener… Nuestras voces estarán programadas para comunicarse conforme a las reglas de nuestras personalidades: con nuestras muletillas, nuestras pausas, nuestras palabras mal pronunciadas… Sí, sí, y ya hasta deseo la muerte, pero tendré que esperar, y mientras tanto, hablaremos así, combatiremos la muerte así, ¿no es esa una locura más? ¿No era lo que tú querías? Y leeremos juntos, hasta la eternidad, todas las novelas y libros que se han escrito, y los que ni siquiera se escribirán; ¿y sabes una cosa más? Sí, sí, duele muchísimo, duele demasiado, pero duele bien, duele muy bien.